Al comenzar estos renglones, me parece conveniente comprender acabadamente el concepto de ‘esperanza’ porque, reiteradamente, se confunde ‘la esperanza’ con el verbo ‘esperar’.
Al comenzar estos renglones, me parece conveniente comprender acabadamente el concepto de ‘esperanza’ porque, reiteradamente, se confunde ‘la esperanza’ con el verbo ‘esperar’.
Esperar es, prácticamente, una actitud pasiva: esperar el micro, esperar que me atiendan, esperar que llueva. Mientras que ‘tener esperanza’ o vivir esperanzado, es la actitud de quien realiza una labor o trabajo, poniendo en ello todo su saber, experiencia y querer para que lo comenzado continúe su desarrollo y llegue al buen fin de quien se lo propuso: el/la que cultiva un viñedo y lo cuida diligentemente a fin de obtener una buena cosecha; quien -con sus pequeños ahorros- comienza a levantar la casa familiar y la va viendo crecer al ritmo de su esfuerzo; quien -con dedicación- comienza un estudio y persevera tenazmente en él, anhelando que llegue el día en que será el/la profesional que siempre quiso ser.
Existe una realidad que nos expresa mejor el sentido de la esperanza: papá y mamá que desean con mucho amor la llegada de un hijo/a y que a medida que va creciendo el vientre materno -con todos los cuidados y esfuerzos del caso- van anhelando y soñando qué llegará a ser ese hijo/a que es continuador/a de sus vidas.
Precisamente en este hecho relevante y contundente de la llegada de un hijo, se enmarca la Navidad y todos los deseos y sentimientos que la acompañan.
Nuestra Navidad
Cuantas veces -en nuestros pensamientos, conversaciones y anhelos- hemos manifestado la necesidad de que “alguien” o “algunos” nos ayuden a iluminar y transitar este difícil momento global en el que, prácticamente, son mayores los desafíos y los peligros que rodean nuestra existencia y la existencia misma de nuestro planeta.
Meditamos con “la fe del corazón y de la vida cristiana” la llegada de Jesús de Nazaret con la finalidad precisa de “ser uno de nosotros”: transitando una existencia sencilla y austera, ayudando a los más necesitados -corporal y espiritualmente-; llevando paz consuelo y esperanza con su serena, bondadosa y penetrante palabra; denunciando todo tipo de abusos por parte de los “importantes de este mundo”, y -finalmente- siendo fiel hasta el fin de su vida en la tarea de mostrar que “otra humanidad es posible”, aunque esto significara el desprecio o la indiferencia y la muerte infligida por aquellos/as que no quisieron unirse a esta “nueva luz” y a esta “nueva manera de vivir”.
Siempre lo digo y lo repito: es bueno tener presente una sola frase de Jesús. Palabras que trasuntan toda su vida y que -sin lugar a dudas- cambiarían totalmente nuestro modo de ser y de actuar, mejorando exponencialmente la calidad de vida de todos, destruyendo toda grieta y haciéndonos más felices: "Haz a los otros todo lo bueno que deseas para ti. No hagas a otros lo que no deseas que te hagan". Sabiduría reveladora de que es posible una convivencia superadora, menos costosa y menos complicada.
Además, una esperanza que no defrauda cualquiera de nuestros sueños y anhelos. Pero claro… debemos poner manos a la obra, saliendo de nuestro egoísmo y de nuestros intereses que atenazan día tras día lo que somos y lo que hacemos.
Nuestra Patria en Navidad
Los abrazos -que considero sinceros- entre Fernández y Macri en la Misa por la Paz el día 8 en Luján, las actitudes de Alberto en el día de su juramento y posesión del cargo -considerándose un ciudadano más, pero con mayores responsabilidades- ayudando a la vicepresidente saliente, renovando su abrazo con el presidente ya emérito y sus porfiados y repetidos llamados a la unidad de “todos los argentinos” por sobre ideologías, discursos y actitudes, han quedado muy grabados en mí como “hechos de convicciones profundas” del nuevo Presidente.
Soy consciente de que muchos argentinos tienen una opinión distinta respecto de Alberto Fernández. A rajatabla, respeto esas opiniones.
Sin embargo digo que, tanto en sus actitudes corporales como en sus palabras, creo haber descubierto “algo nuevo” que se inicia en la Argentina, después de tantos años de frustraciones y desencuentros. Ojalá algo nuevo para los que siempre han sido excluidos del plato de la vida, algo nuevo para nuestra economía y para nuestra justicia social pero, sobre todo, “algo nuevo” para sentir que todos estamos embarcados en la esperanzada, no fácil y hermosa aventura de construir una “Patria de hermanos”, una ciudadanía social (no egoísta) y un pueblo que sepa avanzar en todos los aspectos, más allá de quienes -temporalmente- tengan la responsabilidad del servicio a los ciudadanos.
Obviamente, aquí hay un llamado para todos y cada uno, empezando por el ejemplo que deben dar “los que tienen autoridad”. Autoridad moral, autoridad de honestidad, autoridad de sinceridad, autoridad para reconocer desaciertos y enmendarlos, autoridad para sentirse queridos y apoyados.
Bien cierto es que con la democracia (¡de la buena!) se educa, se come y se cura. Pero más cierto y fundamental es que con la democracia podamos realizar, esperanzados, un porvenir de gracia, de bondad y de efectiva solidaridad.