1. Trump. No nos dejemos llevar por las primeras impresiones. No se trata meramente de un tipo impulsivo, que no planifica sus pasos y que no cuenta con un objetivo claro. Que no nos confunda la caricatura que se ha ido trazando a fuerza de archivos de reality shows, frases petarderas y peinados imposibles. Todo lo contrario; él es, de alguna manera, un mandatario que procede maquiavélicamente, que sabe bien quiénes lo apoyan y quiénes no, y que en pocas horas, le tildó el "visto" a buena parte de sus metas: determinar un enemigo, separar a los aliados de los marginables, y dejar un mensaje rotundo.
Nada es lo que aparenta ser. El que luce y se comporta como un payaso, muchas veces, es el dueño del circo.
Otro ladrillo en la pared. El símbolo del muro es mucho más que un muro. Su propuesta ya es un mensaje trepidante que se alza en cada comentario de Facebook, en cada foro de medio digital, en las discusiones del bar. El paredón de Donald Trump ya se levantó, y fue construido por políticos pragmáticos (comandados por el hombre del jopo limón) que saben que la mejor manera de acumular poder para sí es disparar un concepto y dividir al resto. Y nada mejor para segregar que el uso y abuso de las grietas y los muros.
No importa si es una estupidez gastarse 25 mil millones de dólares en una pared innecesaria; sirve como símbolo, como declaración de intereses, como una manera de responderle a buena parte de esa USA vetusta, discriminadora, pero también necesitada que acompañó al magnate con su voto.
Una medida que será inútil como barrera de contención de los inmigrantes. Se imaginarán que en los sectores donde podían colarse mexicanos en tránsito ya hubo, en estos últimos 100 años, algún presidente o un alcalde que decidió evitarlo con una medianera.
De los casi 3.200 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, ya existen 1.100 kilómetros de bloques y chapas infranqueables.
En el resto de la frontera, las montañas, las quebradas y los desiertos funcionan como obstáculos naturales. De hecho, algún analista ha arrojado una visión perversa sobre esta situación: “Al obligar a los migrantes a cruzar por desiertos y montañas -sostuvo Jonathan Lee, profesor en la ciudad de Tecate, en el diario El País-, quienes logran sobrevivir a una prueba tan dura, demuestran ser físicamente fuertes y laboralmente válidos para el tipo de mano de obra que EE.UU. requiere”.
Teléfono, latinos. Trump ha decidido que ni uno de los 55 millones de hispanos que viven legalmente en Estados Unidos tenga un lugar en su gabinete. En una movida para nada menor, levantó de un plumazo la versión en castellano de la web de la Casa Blanca (el 18% de los habitantes de Estados Unidos habla español. A este ritmo, en 2060, Estados Unidos será el país con más habitantes hispanoparlantes del mundo después de México. Si Trump lo permite)
Dijimos que el muro ya se levantó: este tipo de anuncios políticos le ponen el cartel de enemigo a un grupo definido de personas. Y basta con hacer este enunciado para que la población se "auto-regule" y se autoinflinja el daño. El presidente mexicano Peña Nieto advirtió a sus 50 consulados en el Gran País del Norte que estén atentos a posibles actos de violencia contra los inmigrantes. Porque el odio es más contagioso que el bostezo. Y casi tanto como la estupidez.
Por otro lado, con todo este sainete, Estados Unidos corre el riesgo de, por primera vez en mucho tiempo, salirse del discurso de ser “el bueno de la película”, “el policía del mundo” y situarse en la posición de villano, políticamente incorrecto ya no sólo para gran parte de Medio Oriente (que hace rato lo tiene rotulado así) si no también para Occidente.
Trump ha calculado muy bien los réditos que obtendrá por parte de sus allegados al elegir a México, y a los latinos, como sus enemigos.
Con estos ladrillos sobre ladrillos, Trump gana. Nosotros, los latinos, Estados Unidos y el mundo, no.
2. Nuestros muros. "Un muro divide un barrio de policías con otro de chorros", dice el tipo en la parada del micro mientras estira la mirada hasta el titular del diario: "Los vecinos del barrio Covirpol (personal que estuvo en la fuerza policial y ex penitenciarios) reconstruyen una pared que separa todo el predio de un asentamiento vecino".
El que lo escucha entrega apenas alguna cuota de atención. Tras unos segundos de silencio, responde de un tirón: “Los mismos que se rasgan las vestiduras porque los canas piden un muro, los mismos que hablan de la libertad, de los chorros discriminados, de los derechos de transitar y todo eso, son los mismos hipócritas que cuando juntan unos mangos se van a vivir a un barrio privado”. El primero sentencia como apurando la charla (es que allá lejos asoma el 10): “Es que hay muros de primera y muros de segunda”.
“Sí”, remata el ocasional tertuliano, mientras estira la mano rebuscando la RedBus en el bolsillo.
Alguna vez un político alemán, Willy Brandt, refiriéndose al muro de Berlín, sostuvo que las barreras mentales son más duras de derribar que el hormigón. Por eso, dijo, los muros son derrotas. Que tanto los que quedan de un lado, como los que quedan del otro, están -en realidad- encerrados. Y contra la pared.
Un muro es un símbolo de algo que hicimos mal. Un muro es, por sobre todo, un error que continúa.