Murieron en su casa, a los sesenta y tantos años, no por la bala de un asesino y en la flor de la edad.
Murieron en su casa, a los sesenta y tantos años, no por la bala de un asesino y en la flor de la edad.
Cuando C.S. Lewis se derrumbó en su habitación de Oxford, la caravana del presidente John F. Kennedy estaba saliendo del aeropuerto de Dallas.
Cuando Aldous Huxley pidió una última dosis de LSD, en la habitación de al lado un televisor estaba propagando la noticia de que el presidente había recibido un balazo.
Y después, la coincidencia de que dos de los más agudos críticos de la modernidad hayan muerto el mismo día de noviembre se perdió en un torbellino de titulares y de dolor público.
Es demasiado pronto para reclamar la fecha del 22 de noviembre de 1963 para Huxley y Lewis y asignar a Kennedy a un peldaño inferior dentro de la importancia histórica, donde algunos sospechan que debería estar su presidencia. Pero hacer una pausa en medio de la cobertura del aniversario de Kennedy para recordar a los dos escritores ingleses constituye una forma útil de reflexionar también en el mito kennediano.
Huxley y Lewis no tuvieron la misma visión del mundo.
El primero era un buscador atraído al espiritualismo, las religiones orientales y la sicodelia.
El otro fue (y sigue siendo) el apólogo cristiano más famoso del mundo contemporáneo de habla inglesa.
Pero sí compartieron la crítica de la civilización contemporánea y ofrecieron una advertencia semejante del rumbo al que acabaría llevándonos su lógica.
En el caso de Huxley, esta crítica se encarnó plenamente en "Brave New World", su célebre representación de una sociedad distópica en la que los objetivos del placer y la estabilidad han desbancado cualquier otro bien humano, enterrando el descontento bajo antidepresivos, ingeniería genética y escapes en la realidad virtual.
Lewis destiló su crítica en "The Abolition of Man", donde imaginó una sociedad de "hombres sin pecho", depurada de cualquier motivación superior al apetito, sin ninguna "plática de verdad, misericordia y belleza" que pudiera perturbar o desestabilizar.
En efecto, tanto Lewis como Huxley criticaron un paraíso del utilitarismo -un mundo en el que están satisfechas todas las necesidades materiales, en el que se intensifica el placer y se elimina el dolor- y señalaron aquello a lo que quizá estemos renunciando para llegar ahí: la dimensión vertical completa de la vida humana, la búsqueda de lo sublime y lo trascendente, del romance y el honor, de la belleza y la verdad.
Hay dos pasajes en sus obras que ilustran el argumento de que la comodidad adquirida a costa de sacrificar la trascendencia podría no valer la pena.
El primero viene de "The Silver Chair", de Lewis en su ciclo de Narnia, en el que el personaje Puddleglum se enfrenta a una reina que confinó a los héroes a un reino subterráneo, arrullándolos con la idea de que ese reino es todo lo que existe, que nociones como la del sol y del firmamento son ideas peligrosas que socavan la satisfacción inmediata.
"Supongamos que solo hemos soñado o inventado estas cosas", le responde Puddleglum. "Árboles, césped, el sol y la luna y al mismo Aslan. Supongamos que así fue. Entonces, lo único que digo es que, en ese caso, las cosas inventadas parecen mucho más importantes que las reales. (...) Si usted tiene razón, solo somos bebés que inventan un juego. Pero cuatro bebés que juegan pueden hacer que ese mundo de juego haga que el mundo real parezca hueco".
El otro pasaje viene del final de "Brave New World", cuando uno de los llamados "salvajes", criado afuera de esa sociedad distópica, se enfrenta al "controlador" que la preside, Mustapha Mond. El salvaje enumera todo lo que ha sido eliminado en nombre del placer y el orden: la memoria histórica, el arte y la literatura, la religión y la filosofía, el sentimiento de lo trágico. Y Mond responde que "esas cosas eran síntomas de ineficiencia política" y que las comodidades de la civilización moderna dependen de descartarlas.
"Pero yo no quiero comodidad", replica el salvaje. "Yo quiero a Dios, yo quiero poesía, yo quiero peligros reales, quiero libertad, quiero bondad. Quiero pecado".
Y esto nos lleva de regreso al conocido pecador que fue John F. Kennedy. Lo que agota a los escépticos del culto kennediano, tanto en su forma elegíaca como paranoica, es que hayan hecho un santo de un adúltero imprudente, que hayan construido un Camelot a partir de una sórdida operación política, que hayan creado a una figura histórica de talla mundial con un presidente cuyo destino fue trágico pero cuya obra no es nada impresionante.
Pero en muchos sentidos, los impulsos que motivan a los nostálgicos de Kennedy son los mismos del Puddleglum de Lewis y del salvaje de Huxley: el deseo de gracia y belleza, de iconos y héroes, de una dimensión de alto relieve en los asuntos humanos que una civilización consumista y materialista puede aplanar y excluir.
Y es posible pensar que JFK es un vehículo inadecuado para esos deseos, y que la política presidencial no es el mejor lugar para satisfacerlos, sin por ello desear que desaparezcan.
"Es algo serio", escribió Lewis refiriéndose a las implicaciones de su concepto religioso, "vivir en una sociedad de dioses y diosas posibles, recordar que la persona más aburrida y menos interesante con la que hablemos algún día podría ser una criatura que, si la viéramos ahora, sentiríamos la fuerte tentación de adorarla".
Desde su perspectiva, obviamente es un grave error deificar a alguien de manera prematura o ingenua, como han hecho demasiados admiradores con Kennedy.
Pero los dos escritores que entraron a la eternidad al mismo tiempo que Kennedy sostendrían que sería un error aun mucho más grave buscar un mundo feliz sin alturas ni profundidades, sin lugar ya para la divinidad o el heroísmo.