Tomás Vallavanete cambió la ciudad por Solanell, un pueblo abandonado en los Pirineos de Lleida, hace doce años. Tras perder su trabajo y la visión de un ojo, decidió reconstruir una vivienda en ruinas para vivir en soledad. Actualmente es el único habitante de este rincón de montaña.
Al principio, la oferta de su hermano de mudarse a una aldea deshabitada le pareció una locura. Sin embargo, el desempleo y el accidente ocular lo forzaron a replantearse su futuro. Vallavanete se autoconvenció de que la montaña era la salida lógica a su crisis personal en el entorno urbano.
El subsidio de 52 años y la autonomía en la montaña
Su economía actual se sustenta en un subsidio para mayores de 52 años. Recibe 480 euros mensuales que complementa con tareas puntuales en la zona de Lleida. Esta suma le permite cubrir las necesidades de una rutina sencilla, alejada de los gastos y el estrés de la vida moderna.
La vida en Solanell exige una adaptación total a la falta de servicios básicos. Tomás se encarga personalmente del abastecimiento de víveres y del mantenimiento de la estructura de su hogar. El silencio de los Pirineos es su compañero constante en una jornada marcada por los ritmos de la naturaleza.
Por qué eligió vivir solo en un pueblo abandonado
Vallavanete define su estado como una "soledad querida" que le permite reflexionar y desfragmentar el cerebro. Aunque no tiene vecinos físicos, su realidad contradice el concepto de aislamiento total. Mantiene una comunicación frecuente con sus amigos y familiares, integrando su retiro con sus vínculos afectivos.
El pueblo de Solanell representa el envejecimiento demográfico y el riesgo de desaparición que enfrentan muchos núcleos rurales de los Pirineos. Historias como la de Tomás plantean una segunda oportunidad para el patrimonio histórico que parecía condenado al olvido. La soledad en este entorno se transforma en una herramienta de autoconocimiento.