Durante más de un siglo, la interpretación fue siempre la misma: los arcos, flechas, dagas y mazas encontrados en las tumbas de algunas princesas del antiguo Egipto eran objetos ceremoniales, símbolos de rango, ajuares funerarios pensados para acompañar a la difunta hacia la otra vida. Científicos ensayaron un nuevo estudio bioarqueológico y desarma esa idea con una precisión casi quirúrgica.
La historia de estos restos empieza en Dahshur, una gran necrópolis ubicada a unos 40 kilómetros al sur de El Cairo, donde se alzan la Pirámide Acodada y la Pirámide Roja, construidas para el faraón Sneferu durante el Reino Antiguo. El sitio siguió recibiendo entierros durante siglos, y es de esa etapa posterior, hace unos 4.000 años, durante el Reino Medio, de donde provienen las princesas de este estudio.
Los huesos sugieren un entrenamiento intenso compatible con el uso del arco y el manejo de armas.
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Momias perdidas durante más de un siglo
En la cúspide de la fiebre por el antiguo Egipto de la década de 1890, el arqueólogo francés Jacques de Morgan descubrió estos cuerpos de 4.000 años de antigüedad dentro del complejo piramidal de Dahshur, entre 1894 y 1895. En 1895 se realizaron las primeras investigaciones científicas sobre los dos miembros de mayor rango del complejo funerario: el rey Hor y la princesa Noub-Hotep.
- En 1915, los cuerpos de Dahshur fueron trasladados al Museo Egipcio de Tahrir, donde quedaron guardados en una caja de madera y olvidados durante más de un siglo. No fue hasta 2020, durante un proyecto de reorganización de las colecciones del museo, que estas momias reaparecieron y pudieron finalmente estudiarse con tecnología moderna.
- El estudio, publicado el 17 de julio de 2026 en la revista Frontiers in Environmental Archaeology bajo el título "Reevaluación bioarqueológica de los restos esqueléticos reales de Dahshur del Reino Medio tardío (c. 1850 a 1700 a.C.)", reexaminó los restos de seis miembros de la realeza: el rey Hor y cinco mujeres de la élite, cuatro de ellas identificadas como hijas del faraón Amenemhat II (las princesas Ita, Khenmet, Itaweret y Sathathormeryt) además de la princesa Noub-Hotep.
Qué revelaron los huesos
Aunque el tejido blando de las momias se había convertido en polvo con el tiempo, y los cráneos se perdieron a comienzos del siglo XX, los huesos restantes se conservaron en buen estado, lo que permitió a los investigadores estimar la edad de muerte, la altura y el sexo de cada individuo, además de detectar enfermedades y lesiones.
- Los investigadores observaron en varias de estas mujeres inserciones musculares muy desarrolladas en hombros, brazos, antebrazos y manos, precisamente en las zonas donde los músculos y tendones se unen al hueso, lo que evidencia movimientos repetitivos, esfuerzo prolongado y años de actividad física sostenida.
- La bioarqueóloga Zeinab Hashesh, de la Universidad de Beni Suef y autora principal del estudio, describió los casos individuales con precisión: "La princesa Ita era una mujer joven de entre 28 y 34 años con fuertes inserciones musculares en la parte superior del cuerpo, lo que sugiere que usaba habitualmente armas como mazas o dagas. La princesa Khenmet era una mujer de entre 30 y 40 años que mostraba signos de adelgazamiento óseo, pero tenía inserciones ligamentosas muy robustas." En el caso de Itaweret, ciertas zonas del brazo y el antebrazo sugieren movimientos compatibles con el uso regular del arco.
Los investigadores planean, a futuro, realizar un análisis de isótopos estables para entender mejor las deficiencias nutricionales detectadas en los huesos.
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De símbolos funerarios a evidencia de entrenamiento
En las tumbas se encontraron objetos tradicionalmente asociados a pertenencias masculinas: arcos, flechas, dagas, mazas y bastones. Uno de los ejemplos más conocidos es la daga de la princesa Ita, una pieza exquisita que durante décadas se interpretó únicamente como símbolo funerario. Ahora esa interpretación cambió por completo.
"Los miembros de la familia real, especialmente las mujeres, eran participantes activas en actividades hábiles y físicamente exigentes como el tiro con arco y la caza", afirmó Hashesh. "Esta conclusión está respaldada por cómo se desarrollaron sus huesos para sostener un uso muscular intenso, que se corresponde directamente con las armas descubiertas en sus tumbas."
Durante más de un siglo, los arcos y dagas hallados junto a estas princesas se leyeron como una convención funeraria más, sin conexión real con la vida de quienes los llevaban a la tumba. El análisis óseo de 2026 cambia esa lectura de raíz: los cuerpos de estas mujeres guardan, todavía hoy, la memoria física de años de entrenamiento con esas mismas armas.