17 de agosto de 2013 - 21:32

Las mujeres como fuerza de cambio

El analista de The New York Times cree que, pese a los avances, la igualdad de géneros sigue siendo en el mundo algo aún no logrado, porque la mujer continúa discriminada en muchos países, y también en los Estados Unidos.

A medida que el “empoderamiento de las mujeres” se ha convertido en una frase que circula ampliamente en los últimos años, algunas personas están devolviendo el empujón. Resienten esto como la moda más reciente en corrección política, una misión liberal para ir en pos del apoyo de votantes del sexo femenino de mentalidad confusa.

Sin embargo, unos cuantos incidentes han puesto de relieve por qué un impulso a la igualdad de sexos no es tan sólo una pasajera moda sin sentido y por qué no tiene que ver principalmente con la corrección política.

Consideremos a Marte Dalelv, mujer noruega de 24 años de edad que informó de una violación en Dubái. siendo condenada después a 16 meses de prisión bajo cargos que incluían relaciones sexuales fuera del matrimonio. Eso fue, destacó, tres meses más que la condena en prisión del presunto violador.

Después de un clamor de indignación, las autoridades “indultaron” a Dalelv (y también, según informes de prensa, a su presunto violador). Esa es la primera razón por la cual el “empoderamiento” no es solo un lema para sentirse bien: persisten profundas injusticias de género; no solo en Dubái sino también, aunque en menor medida, en Estados Unidos.

Las fuerzas armadas de Estados Unidos tienen un deplorable registro de violencia sexual dentro de sus filas, con una cifra estimada en 26.000 miembros del servicio que experimentan contacto sexual no deseado cada año.

Sin embargo, el presidente Barack Obama se ha negado hasta ahora a darle su apoyo a la sensata propuesta, bipartidista y con amplio apoyo, de la senadora Kirsten Gillibrand para mejorar las investigaciones de violación en las fuerzas armadas y reducir conflictos de intereses.

Súmese eso a la tóxica mezcla de violencia sexual, el caso de violación de Steubenville, tráfico sexual generalizado y leyes en muchos Estados que les dan a violadores derechos de custodia de niños a los que procrean. Ariel Castro, el hombre de Cleveland que retuvo a tres mujeres en su casa durante aproximadamente una década, ya solicitó derechos de visita para un menor que procreó mediante violación; aunque un juez rechazó la petición.

El telón de fondo político es la frustración de que las mujeres no sean representadas plenamente en decisiones que les afectan, y esa es la segunda razón por la cual reverbera este tema. Es por eso que la senadora estatal de Texas, Wendy Davis, electrizó a los medios sociales cuando obstruyó una legislación de aborto restrictivo.

No es que los hombres favorezcan leyes de aborto más duras que las mujeres (ese es un tema con una brecha de género insignificante), sino que bastantes mujeres se sienten intimidadas por legisladores varones que han perdido el contacto.

Cualquiera que piense que el empoderamiento de las mujeres es un tema lateral tampoco estuvo prestando atención cuando Malala Yousafzai, baleada en la cabeza por el talibán paquistaní por defender la educación de las niñas, habló ante Naciones Unidas en julio, en su cumpleaños 16. Malala puso de relieve la tercera razón para centrarse en darles poder a mujeres y niñas. Es, quizá, la mejor influencia que tenemos para combatir males sociales.

Como notó Malala, una poderosa fuerza por el cambio en el mundo es la educación, particularmente la educación de las niñas. Estados Unidos ha invertido miles de vidas y cientos de miles de millones de dólares en Afganistán y Paquistán desde el 11 de setiembre de 2001 y logrado muy poco; quizá deberíamos haber invertido más en la caja de herramientas de la educación. Vehículos aéreos no tripulados (VANT) y patrullas militares a veces refuerzan el extremismo, en tanto la educación de las niñas tiende a socavarlo.

El cambio puede venir no solo de una bomba sino también de una niña con un libro de texto, estudiando bajo un árbol o en una mezquita. En promedio, ella tendrá menos hijos, mayores probabilidades de tener un empleo y ejercer mayor influencia; sus hermanos y sus hijos tendrán menores probabilidades de unirse al talibán.

De manera similar, los programas de salud para la mujer no son una caballerosa dádiva sino un paso rentable hacia una sociedad más saludable. El Instituto Guttmacher informó la semana pasada que sin los programas de anticoncepción con financiamiento público en 2010, la tasa de embarazos no planeados entre adolescentes habría sido 73 por ciento más alta. ¿Y los legisladores quieren cortar ese tipo de programas?

Un entendimiento final sobre las mujeres como influencia para el cambio llegó durante mi travesía anual de ‘gane un viaje’, en la cual llevo conmigo a un estudiante en un viaje como reportero. La ganadora de este año, Erin Luhmann de la Universidad de Wisconsin, y yo ahondamos en la desnutrición, que contribuye con 45 por ciento de todas las muertes por todo el mundo.

Entonces, ¿cómo salvamos a esos millones de vidas? No solo tiene que ver con transportar más comida a los hambrientos o con mejorar la producción de cosechas en África. También tiene que ver con -¡sí!- darle poder a las mujeres.

En el Chad rural, acompañamos a World Vision y conversamos con mujeres de la localidad sobre las razones por las que los niños estaban malnutridos. Un factor ahí, como en buena parte del mundo: los hombres comen primero, y las mujeres y niños toman lo que sobra.

“Sabemos de la malnutrición”, dijo una de ellas, pero la mayoría de la carne no llega al hombre, agregó, “hay problemas en casa'”.

Un grupo de investigadores ha descubierto que darles a las mujeres títulos de propiedad, derechos de herencia y cuentas bancarias no solo son gestos simbólicos. Más bien, son estrategias para incrementar la influencia de las mujeres en las decisiones del hogar y salvar las vidas de los hijos.

Así que, aquellos de ustedes que se molesten ante los “derechos de la mujer” por considerarlo corrección política vuelta loca, recapaciten. Este no es un tema femenil o un tema varonil, pues Malala está exactamente en lo correcto: “No podemos tener éxito todos si la mitad de nosotros se queda atrás”.

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