18 de enero de 2020 - 00:00

Movidito - Por Jorge Sosa

Hacía mucho tiempo que la provincia no soportaba un temblor de gran magnitud.

Se movió de manera interesante por, decirlo de alguna manera. Fue un cimbrón de considerables dimensiones que no pasó desapercibido para nadie.

La gente salió de los edificios como catapultada para afuera y todos tenían una cara de susto que era significativa. La mayoría decía “está temblando”, hecho que era una evidencia total porque precisamente todo el alboroto se armó porque estaba temblando.

Yo estaba sentado en la vereda de un café céntrico y la mesa se me movió como si la estuviesen agarrando a las patadas. Digan ustedes que el día estaba fresco y muchos estaban en la vereda porque si no el despelote hubiera sido más grande todavía.

Algunos corrían, no sé para qué, si para donde corrieran el temblor iba a ser el mismo, son muy democráticos los sismos. Otros se protegían debajo de algo que no tuviera arriba. Fueron algunos segundos nomás de un cimbrón mayúsculo que no dejó objeto quieto. Ciertas cosas, debido al movimiento, cumplieron con la ley de la gravedad y comprobaron lo duro que es el piso.

Menos mal que no ocurrió de noche porque hubiera sido mucho más complicado. Recuerdo uno importante que sucedió a las once de la noche en el sur de Chile y que se sintió con intensidad en nuestra provincia.

Yo vivo en un piso séptimo. Lo hago por razones de seguridad, porque si hay un movimiento fuerte seguro que no me salvo. Estaba ya durmiéndome, había cerrado un ojo, cuando empezó el bamboleo. Al principio me dije lo mismo que se dijeron todos en esa situación: “Ya va a pasar, ya va a pasar”. Pero no pasaba el guacho, se extendía. Cuando vi que la araña del dormitorio golpeaba de un lado con la ventana y del otro lado con el placard, cuando aprecié que los zapatos salían del placard y se ponían a correr solos me dije: “Mendocino que huye sirve para otro temblor”.

Bajé del séptimo piso por la escalera sin tocar ni un solo escalón. Detrás de mí venía la del octavo C, por la baranda y con patineta. En el sexto vi, por la puerta abierta, que el vecino había agarrado una imagen del Patrono Santiago y le decía: “¡Laburá, macho, laburá! Los chocos de todos formaban un coro ladrador que hacía más trágico el momento.

Al llegar al hall de entrada pude ver a todos mis vecinos. Yo ya los había visto en pantalón de fútbol, jogging, bermudas, short, pero así nunca, era un desfile de ropa interior no promocionado. Mientras tanto seguían bajando los vecinos. El del cuarto C, bajó con los pantalones a mitad de pierna y el papel higiénico en la mano. A ese el temblor lo agarró haciendo popó, cosa que encontré como coherente. El del quinto D bajó con un toallón envolviéndole el cuerpo pero todavía se le notaba la espuma en las partes visibles. La del tercero A bajó con el chihuahua entre sus brazos y lo acariciaba al perrito, lo zamarreaba, y el perrito pensaba: “Sigue temblando, sigue temblando”.

Nadie se animaba a volver a subir por temor a las réplicas. A los cinco minutos yo estaba caminando por la vereda con el del quinto F, cuando el vago se acordó que él andaba en silla de ruedas. Empezó a gritar “¡Milagro, milagro!” el vago con todo entusiasmo.

Circunstancias que tienen los temblores en Mendoza una tierra que es habitualmente sacudida por estos malos gestos de la tierra.

Hacía mucho tiempo que la provincia no soportaba uno de gran magnitud y el ocurrido nos hizo recordar que estamos sometidos a estas contingencias de la geología que son imposible de predecir y muy difícil de soportar.

Fue un miércoles que le hizo caso a la canción, porque ocurrió “Movidito, movidito”.

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