25 de enero de 2015 - 00:00

Mitos: el mejor amigo del hombre

La actitud ciudadana respecto de la vida social de estos amigos del hombre ha ido evolucionando pero no mucho. Si bien ahora se ven más personas que antes levantando los residuos que dejan sus perros durante la salida diaria o nocturna, hay muchos otros que no lo hacen y hasta de una forma deliberada, es decir, salen de sus casas con la mascota sin llevar la correspondiente bolsita.

Así nuestra sociedad aún no ha llegado al punto en que la conducta correcta y habitual sea la recolección, porque esto forma parte de varios principios que, como conducta social, deben ser cumplidos; no ensuciar el espacio público es norma de buena convivencia y recoger esos residuos es ayudar al medio ambiente evitando un posible foco de infección. No reconocer esto podría ser un problema de insuficiente educación ciudadana, o de algún tipo de desinterés por asuntos tan “insignificantes” como ese, o por interpretar que algo así es un proceso natural.

Pero lo cierto es que entre nosotros abunda una generalizada desinformación acerca de los riesgos que representan los excrementos caninos para la salud pública y su impacto en nuestro medioambiente.  Frente a tal situación, es bueno abocarnos a la tarea de desmitificar cuatro creencias que parecen haberse apropiado de la imaginación colectiva en dueños y amigos de estas mascotas explicando los riesgos del fecalismo al aire libre que en los últimos tiempos se ha convertido en un grave problema ambiental con fuertes repercusiones en la sanidad ciudadana.

Mito 1: El excremento canino es abono natural. Popularmente se dice que el excremento de perro contribuye de buena forma al medioambiente porque es materia orgánica y biodegradable. Esta declaración está colmada de errores y posiblemente proviene de saber que cierto estiércol, el equino, por dar un ejemplo, se utiliza en ocasiones como abono natural. Pero, el excremento de caballo y el de perro no están compuestos de lo mismo. La clave está en la dieta de cada animal.

Por lo general, el excremento que es apropiado para uso como abono contiene materia verde que ha sido digerida. De manera que el excremento de los herbívoros puede ser un buen abono natural, pero los excrementos de los carnívoros no tienen esa aptitud.  Existen, por cierto, maneras en que los excrementos de los perros pueden utilizarse como abono, pero esto requiere de un tratamiento previo.

Mito 2: ¡Mi perrito solo hace tres pelotitas al día! Consideremos que un gramo de excremento de perro tiene acerca de 23 millones de bacterias coliformes que pueden causar diarrea y otros problemas de salud de indefinida duración. Si se estima que un perro de tamaño mediano (de aproximadamente 11 kilos) evacua un promedio de 600 gramos de excremento al día, y que esto representa un total de 18 kilos al mes, estamos hablando que ese mismo perro mediano aporta al medio ambiente miles de millones de bacterias coliformes al mes.

No es fácil saber cuántos perros hay en nuestras ciudades, pero a juzgar por lo que se ve en las veredas son bastantes para alarmarse por la cantidad de materia fecal presente en nuestros lugares de uso público. No olvidemos que, además de bacterias, hay  presentes en el excremento, parásitos, hongos y amebas; y por supuesto, que no sólo los perros contaminan con materia fecal, sino también los gatos y ni qué decir de las aves de las ciudades, verdaderos agentes patológicos cuyo número crece año tras año.  
 
Mito 3: Los excrementos desaparecen. Se secan o se integran al suelo. Conviene que nos acordemos de aquel concepto que nada se pierde sino que todo se transforma. Pues más o menos lo mismo ocurre con los contaminantes en el medioambiente que no desaparecen sino que se mueven entre sistemas, es decir, entre los planos de suelo, agua y aire. En muchas ocasiones y lugares el impacto es tan grande que se plantea la tarea compleja y multidisciplinaria de reducirlos por partes, comenzando por evaluar los riesgos y luego determinando en qué plano se va a atender cada caso.

Los excrementos de perro al aire libre se secan y se convierten en polvo que respiramos o ingerimos al consumir alimentos preparados o servidos en la calle. Lo más común es ver que las heces comienzan a degradarse en el suelo hasta que cae la próxima lluvia. Esto representa un problema ambiental, porque esa agua de escorrentía, si no logra llegar al desagüe pluvial para luego ser limpiada en una planta de tratamiento, termina contaminando ríos y demás cursos de agua.

Al tener niveles altos de microorganismos, la posibilidad de usar esa agua para consumo humano sin tratamiento previo disminuye, tanto como su potencial para ser disfrutada en zonas recreativas. Además, las lluvias fuertes a veces hacen que los desagües pluviales se sobrecarguen. Tal situación provoca que en algunas ciudades se combinen las aguas negras con las aguas de escorrentía y que ocurran descargas accidentales que suelen contener niveles extraordinarios de materia fecal. O sea que, mientras más excremento haya disponible en el suelo para ser transportado por el agua, menor es la calidad del agua de uso y consumo en una ciudad. Naturalmente que en los lugares muy secos el proceso de contaminación avanza más por el plano aéreo.

Mito 4: No conozco a nadie que se haya enfermado por esto. Es cierto que una eventual diarrea dura poco y desaparece de la memoria en unos días. Vale la pena mencionar, sin embargo, dos puntos importantes.  Primero, que sí existen enfermedades más serias provocadas por el contacto con los excrementos, por ejemplo, la giardiasis y la cryptosporidiosis.

En segundo lugar hay un impacto económico en la sociedad por estas enfermedades por su afectación a los costos de salud pública, como por ejemplo los reportes de enfermedad que quitan fuerza de trabajo a las organizaciones en general. A nivel poblacional, la diarrea tiene en ocasiones un impacto económico más alto que otras enfermedades más serias y de larga duración.

El problema de las heces callejeras frecuentemente es presentado como un simpático proceso natural que involucra a nuestros fieles y queridos amigos, y cuando no es controlado sanitariamente se convierte en un problema de salud pública.

Hasta el momento, ha habido esfuerzos de concientización e iniciativas tales como colocar dispensadores de bolsitas, multar a los irresponsables o crear parques para perros. Aun así, quedan personas que no levantan los excrementos y estos descuidos van en perjuicio de todos, además de ser causa de conflictos cuando son advertidos por su conducta.

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