15 de abril de 2013 - 21:47

El mito del hombre sencillo

Una opinión acerca del modo de comunicarse que tiene el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica. ¿Su estilo campechano es auténtico o es pose? ¿Y es positivo o negativo mostrarse así?

Existe en la cultura política occidental un poderoso mito. Entiendo aquí al mito no en su acepción más vulgar y difundida, es decir, como mentira, sino como una creencia que da explicación y sentido a determinada realidad. Es el mito del hombre sencillo que accede, por voluntad propia o ajena, a las esferas del poder.

Este mito se ha convertido en una de las creencias fundamentales que sostienen al régimen liberal democrático: cualquiera puede ser elegido. Si en cambio se pensara que sólo una pequeña minoría detenta al poder político, su legitimidad desaparecería.

La Antigüedad miró con preocupación la posibilidad de que un hombre sencillo, sin preparación alguna, asumiera el poder político. Sófocles sostiene que "es propio del hombre miserable, siendo hombre de pueblo, en nada tener por justo escuchar a los que están encima". Plutarco por su parte escribe un breve pero profundo opúsculo destinado "A un gobernante falto de instrucción".

Pero esta creencia tampoco es de origen liberal o democrático. Es mucho más antigua. El mito del hombre sencillo aparece con el Cristianismo, que es, como se sabe, la religión de los sencillos, de los humildes, de quienes no poseen ni la sabiduría del mundo, ni el poder temporal ni las riquezas materiales. Toda exaltación del sencillo, en definitiva, es una idea de origen cristiano, quizá precedida por esa moral de élites que fue la filosofía estoica.

El mito del hombre sencillo sostiene que es precisamente su sencillez, su sentido común, su conocimiento cercano y directo de las realidades humanas lo que lo habilita para tomar las decisiones más trascendentes de la sociedad a la que pertenece. Este mito opera de diversas maneras: una de ellas, nada despreciable, es la del recelo/reproche de las clases subalternas hacia la enajenación y la artificiosidad de los poderosos.

Sería interesante rastrear la presencia y la variaciones de esta creencia en la tradición política occidental de los últimos siglos. Eso excedería con mucho los límites de esta columna. Prometo volver en algún momento a ocuparme del tema. El caso es que a pesar de su presencia constante en el imaginario, muy raramente ha sido confirmada en los hechos. El hombre sencillo, que a veces se encarna en algún arquetipo cultural o nacional determinado -para los argentinos de hace un siglo era Juan Pueblo, ahora es Doña Rosa; para los norteamericanos es John Doe- casi nunca llega al poder (pongo "casi" por pura cautela).

Hace falta mucha preparación, mucho empeño, esfuerzo y compromiso de energías vitales para acceder a los ámbitos supremos de la decisión política.

Es precisamente este mito del hombre común el que ha dado fama y celebridad internacional al presidente del Uruguay, José "Pepe" Mujica. Pero esos hábitos domésticos, de andar por casa, quizá no sean verdaderamente ilustrativos de su trayectoria vital. En general la gente común no se hace guerrillera ni se enfrenta a tiros con las fuerzas del orden; no se pasa quince años en los calabozos del régimen ni es elegida diputado y senador, ni ocupa cartera de ministro en gabinetes presidenciales. Hace mucho tiempo que Mujica forma parte de la élite dirigente uruguaya. Tener hábitos de vida sencillos no te convierte automáticamente en un hombre común.

Es preciso tener en cuenta las particularidades de la idiosincrasia oriental y su cultura política. El Uruguay es un país pequeño, con escasa densidad demográfica, un alto porcentaje de su población de origen europeo, clase media dominante e ilustrada y hábitos sociales igualitarios: probablemente los más igualitarios del ámbito hispanoamericano. Mujica es exponente de esa idiosincrasia y esa cultura.

Pero ¿qué función concreta desempeña esta imagen propagandísticamente resaltada del hombre sencillo? Existen dos respuestas posibles.

La primera es que constituya una estrategia de marketing político. Margaret Thatcher explotó deliberadamente su condición al conceder en 1978 una entrevista al "Birmingham Mail" sobre sus hábitos domésticos y también al fotografiarse en ademán de lavar los platos.

Poco después de resultar electa como primer ministra sostuvo que "cualquier mujer que entienda los problemas de llevar una casa está muy cerca de entender los de llevar un país".

Sin negar las importantes capacidades de gestión que demandan a la mujer actual las tareas domésticas y la combinación de responsabilidades familiares con trabajo profesional, es difícil que Thatcher haya expresado una convicción auténtica. Más bien jugó la carta propagandística de la mujer sencilla y hogareña, segura de que le rendiría, en términos electorales y de popularidad, mucho más que el más brillante discurso en el Parlamento.

La segunda posibilidad es que con formas simples y cercanas a la sensibilidad del hombre común se oculten sustanciales carencias estratégicas o de capacidades para el gobierno. No como propaganda, sino como ocultamiento, que no es lo mismo. Como el jardinero simplón de "Desde el Jardín", la novela de Jerzy Kosinski.

Y es que sólo la permanente turbulencia en la que vive la Argentina hace del Uruguay un país próspero, ordenado y bien administrado. Aquellos implacables diagnósticos que Alberto Methol Ferré volcara, hace más de medio siglo, en "La crisis del Uruguay y el Imperialismo Británico" y "El Uruguay como problema" parecen más actuales que nunca.

El gobierno del Frente Amplio -que afirma públicamente seguir el ideario de Methol- no ha hecho sino agravar cada día más los problemas estructurales que en su momento explicara. Es cierto que los problemas del Uruguay se derivan en buena medida de sus grandes y frecuentemente abusivos vecinos, pero en un mundo cada vez más interrelacionado esto va dejando de ser una excusa.

Hay que poner en contexto el incidente protagonizado por Mujica, al referirse con términos poco respetuosos y de forma aparentemente inadvertida a la presidente argentina y su difunto esposo. Sólo los aspavientos farisaicos del tardokirchnerismo pueden hacer de este episodio una cuestión de Estado.

Pero el asunto pone en cuestión la engañosa vigencia del mito del hombre común instalado en el poder. Si se trató de un mensaje a algún interlocutor desconocido para nosotros, es decir, de un uso comunicacional deliberado, claramente falló el cálculo de costo/beneficio. Si en cambio fue un simple descuido, el episodio en sí y su ambigua y tardía reacción posterior se parece más al gobernante torpe que oculta sus limitaciones con gestos y actitudes campechanas. Ni es oro todo lo que reluce, ni es razonable buscarlo donde no existe brillo alguno.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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