12 de julio de 2013 - 21:32

Mirando al mundo de espaldas

El gobierno argentino vive cada día inmerso en sus propias creencias e interpreta la realidad según su particular óptica, desconociendo aspectos objetivos de la misma que a diario van dando señales de que estamos caminando en la dirección equivocada.

Néstor Kirchner sabía que no tenía crédito externo y, por lo tanto, era imprescindible no solo no tener déficit fiscal, sino que debía tener superávit para poder hacer frente a los pagos de deuda. De todos modos, durante los primeros dos años no se pagaron los bonos en default y luego se renegociaron a largo plazo.

Quedaban en el horizonte los bonos post default, emitidos para compensar la pesificación asimétrica con la cual se salió de la convertibilidad, pero el grueso de esos bonos comenzaban a vencer en 2008, y Kirchner sabía que tenía colchón para aumentar el gasto sin problemas e imponer a su esposa como su sucesora. Lo que no le dijo eran los “regalitos” que le dejaba.

Cristina, después de la crisis del campo, comenzó a escuchar voces distintas y luego de la muerte de su marido, esas voces tomaron más poder por las cercanías con su hijo. Así aparecen algunas personas claves, como Axel Kicillof, mientras mantiene en su puesto a un soldado incondicional como Guillermo Moreno.

Si bien entre ellos las visiones son distintas, la Presidenta los mantiene a ambos por sus condiciones. A Kicillof, por su verborragia y capacidad argumental; a Moreno, por su capacidad operativa. Ambos coinciden en algo: no entienden lo que pasa en el mundo y creen que pueden modificar la realidad con su sola voluntad. Y la Presidenta les cree porque le gustan esas visiones.

El desborde del gasto

El aumento notable del gasto público fue una decisión de Cristina con el aporte intelectual del viceministro. Ya se habían apoderado de los fondos de las AFJP y habían cambiado la Carta Orgánica del Banco Central para asegurarse recursos y financiar el gasto, el cual se sustentaba en pagar fuertes cargas de subsidios al consumo de servicios públicos.

Pero uno de los puntos complicados era la importación de combustibles. La venta a precios subsidiados había desalentado la producción, mientras generaba un aumento descontrolado del consumo. Si bien tenía costos, también tenía beneficios. Con el mundo en crisis, Argentina mantenía fuertes tasas de crecimiento basadas en el consumo interno, y el consumo le abría las puertas a Cristina para pensar en la reelección.

Consumada esta, la Presidenta era consciente de que tenía una posición débil en materia de divisas y que debía bajar los subsidios. La inflación ya se hacía sentir, aunque el “operativo” Guillermo Moreno se dedicaba a fabricar números que decían lo contrario.

Kicillof le arrima a Cristina la “brillante” idea de expropiar el paquete mayoritario de YPF para manejar la empresa y, de paso, hacerle pagar con sus recursos las importaciones de combustibles. Lo que el funcionario no sabía (pero debía saber) era que la gente de Repsol, que ya presagiaba un rebrote nacionalista, se estaba cubriendo. Habían endeudado a YPF para financiar a Repsol. Toda la deuda de YPF iba a parar a la empresa española. Incluso, un mes antes, las calificadoras de riesgo le habían bajado la nota a YPF por su mala situación financiera. La petrolera también se había quedado sin financiamiento.

Así, el gobierno argentino, con un discurso de soberanía hidrocarburífera, se quedó con una empresa muy endeudada, con menor capacidad operativa, menor producción, sin crédito internacional y con exigencias del gobierno que no puede cumplir.

El gobierno no pudo solucionar el problema y pese al cepo cambiario y el dólar atrasado por la inflación, Argentina fue el único país de la región que en los últimos dos años perdió más de 10.000 millones de reservas, cuando todos los demás aprovecharon para aumentarlas.

La torpeza inflacionaria

Guillermo Moreno y todo el gobierno están convencidos de que la inflación no es un proceso del efecto monetario, sino que es producto de conspiraciones contra un gobierno nacional y popular, pero todo lo que hacen se parece a cualquier cosa menos a medidas de carácter nacional y popular.

Mientras el gobierno inunda de billetes el mercado y fogonea el consumo, se prohíben las importaciones, y eso complica muchas líneas de producción, lo que no permite que la oferta de bienes crezca al mismo ritmo que la demanda.

Para controlar los precios de la leche, de la carne, del maíz y de la harina, se prohibieron exportaciones. La conclusión es menos producción y los campos dedicados a la soja. Queriendo bajar los precios, Moreno se aseguró que aumentaran en nombre de la distribución del ingreso y de una política nacional y popular.

Con la subsistencia de un proceso de inflación creciente, renacieron los controles de precios, que no fueron más que medidas para asegurarles rentabilidad a las empresas. Primero, congelaron los precios de 10.000 productos a los que tenían el 1 de febrero, pero no había listas y cada negocio tenía precios distintos.

Como los supermercados se quejaban de los costos que tenían, Moreno “apretó” a las tarjetas de crédito para que cobraran menos y se inventó la Supercard, tarjeta que aún no ha nacido y nadie sabe si nacerá y cómo será. Además, les prohibió hacer publicidad. “Si hay congelamiento no pueden haber ofertas”, razonó el intrépido funcionario.

Pero esto fracasó y, además, se les cayeron las ventas a sus socios. Entonces, inventó un nuevo congelamiento de 500 productos que debían ser elegidos por las empresas. De ellos, más de la mitad no forman parte de la canasta familiar y el resto se aumentan con autorización de la Secretaría de Comercio. O sea, lo que se hizo fue descongelar el precio de 9.500 productos.

Lo mismo se hizo con los combustibles. Fijó un “precio tope”, el cual sería el más alto vigente en la región. En el caso de Mendoza, que integra la región Cuyo, los precios más altos estaban en San Luis en algunas estaciones blancas, lo que les daba margen a todas las petroleras para seguir aumentando.

Hoy Moreno inventa acuerdos para poner un precio del pan hasta las 10 de la mañana y otro para el resto del día, y así acumula una serie de fracasos notables por los cuales es felicitado públicamente por la Presidenta. Por eso se animó y ahora quiere prorrogar el congelamiento tan peculiar más allá de las elecciones, con lo cual sumará un nuevo fracaso.

La Presidenta debe corregir las causas que generan la inflación y sabe exactamente cuáles son. A poco de iniciar su segundo mandato anunció “sintonía fina”, pero la misma no ha llegado y prefiere volver a las teorías conspirativas o una crisis mundial para ocultar las graves deficiencias de su gobierno. Todavía tiene tiempo porque, a su pesar, el mundo todavía nos favorece, y es imperdonable seguir perdiendo oportunidades.

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