Conforme Argentina absorbe el impacto de la pronunciada caída de su moneda, el joven y voluble ministro de economía de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, un académico con patillas estilo “rockabilly” y una aversión al traje formal, está surgiendo como el rostro de los cambios políticos que hacen temblar a los mercados financieros en todo el mundo en desarrollo.
Kicillof, de 42 años, ejerce influencia en un conjunto de áreas que van desde la industria petrolera de Argentina hasta los intentos del gobierno por desacelerar la fuga de capitales y mejorar las relaciones con los acreedores internacionales, mientras Kirchner sigue estando, en gran medida, alejada de la atención popular tras haberse sometido, en octubre, a una operación en la que le drenaron un coágulo sanguíneo cercano al cerebro.
El ascenso de Kicillof, quien usa conceptos marxistas para interpretar la obra del economista británico John Maynard Keynes en sus ensayos, señala los esfuerzos de las autoridades para imponer mayor control estatal sobre la economía de Argentina, en un momento en el que el crecimiento se está desacelerando en forma significativa y aumenta la inflación.
“Es el ministro de Economía más fuerte que haya tenido Argentina en una década”, notó Ezequiel Burgo, el autor de “El creyente”, un libro sobre Kicillof. “Es polémico, extremadamente seguro de sí mismo y, a veces, se lo percibe como arrogante, lo cual, claro, hace que sobresalga en un momento como éste”.
Antes de asesorar a Kirchner sobre asuntos económicos, Kicillof impartía economía en la Universidad de Buenos Aires. Adquirió prominencia como viceministro en 2012 cuando dirigió la nacionalización de YPF, la compañía petrolera argentina, a la sazón controlada por Repsol, la gigante española de la energía.
En repetidas ocasiones, ha justificado la toma de YPF -la cual adquirió Repsol en 1999- en críticas mordaces a las políticas económicas de fijar la moneda al dólar y vender los activos del Estado, que se aplicaron en Argentina en los ‘90. En noviembre, mientras revisaba la oferta de Argentina para indemnizar a Repsol por su interés en YPF, sostuvo que las autoridades ya antes habían establecido los cimientos “para el saqueo de nuestras compañías”.
Desde que Kirchner lo nombró ministro de Economía en noviembre, Kicillof ha estado bajo los reflectores.
Los “paparazzi” lo siguen por todo Parque Chas, su barrio de clase media, y una revista de celebridades ha descrito su estilo de vida como relativamente modesto, lo que se refleja en el coche que maneja, un Renault compacto 2008, y su decisión de renunciar a tener guardaespaldas durante unas vacaciones con su esposa, una profesora de Literatura, y sus dos hijos pequeños.
Un columnista de la revista Noticias fue tan lejos como para examinar la psicología de las patillas de Kicillof, preguntando si encajan en la tradición rocanrolera de tener roces con la autoridad o en las modas de los dirigentes políticos argentinos del siglo XIX que buscaban exhibir virilidad y poder.
Kicillof ha mostrado un don para chocar con los críticos. En una entrevista publicada el domingo pasado en el pro gubernamental periódico Página 12, advierte en contra de lo que llamó campañas de “desinformación” en las redes de medios sociales que podrían desestabilizar al sistema financiero de la Argentina.
“El fenómeno económico puede tener esta magia”, dijo, refiriéndose a las circunstancias en torno a algunas corridas bancarias. “Son profecías autorrealizables, son resultado de una mentalidad de rebaño que no tiene causa real”.
En un país donde la terapia freudiana y la reflexión melancólica están enraizadas en la cultura popular, Kicillof, el hijo de un psiquiatra y una psicóloga, acusó a sus oponentes de generar una “psicosis”.
Nacido de padres de clase media que valoraban los logros intelectuales, Kicillof creció en Recoleta, un elegante barrio en Buenos Aires. Su padre se suicidó cuando él tenía 22 años, según el libro de Burgo.
Su madre es una prominente psicóloga. Antes de convertirse en elemento habitual en la élite política de Argentina, Kicillof obtuvo notoriedad como dirigente de una organización estudiantil en contra del sistema en la Universidad de Buenos Aires, donde siguió hasta obtener el doctorado e impartió cátedra en contra de las teorías económicas ortodoxas.
Kicillof también se ganó la reputación de estar obsesionado con los números en algunos sectores. Después de que empezó a solicitarles las hojas de cálculo a las compañías petroleras con los detalles de pozos, inversiones y producción, los medios informativos en esta ciudad informaron que ejecutivos de la industria empezaron a llamarlo Excel, como ese programa de Microsoft.
En ocasiones, los oponentes de Kirchner lo critican por sus puntos de vista izquierdistas. También ha encabezado un cambio en las políticas gubernamentales, conforme la Argentina ha buscado volver a tener acceso a los mercados financieros mundiales, después de la moratoria en su deuda extranjera en 2002, durante una grave crisis económica.
Por ejemplo, con Kicillof al mando del ministerio de Economía, la Argentina ha iniciado discusiones con Repsol sobre la indemnización por el decomiso de sus acciones en YPF. La Argentina también está tratando de apaciguar al Fondo Monetario Internacional, que censuró al país en 2013 por la falta de precisión en sus estadísticas económicas y dará a conocer un índice inflacionario revisado el mes entrante.
En un intento por obtener un préstamo por 3.000 millones de dólares del Banco Mundial, la Argentina también ha arreglado disputas, mediante el organismo de arbitraje del Banco, con cinco compañías que reclaman un total de más de 650 millones de dólares. Kicillof viajó este mes a Francia para discutir con los acreedores el pago de la deuda argentina, estimada en 10.000 millones de dólares.
Sin embargo, la Argentina trata de detener la caída en sus reservas internacionales en el Banco Central, mientras que los críticos de Kicillof se han vuelto más abiertos, argumentando que ayudó a crear parte de los problemas que ahora trata de solucionar.
Alfonso Prat-Gay, un ex presidente del Banco Central, se refirió a las maniobras recientes de Kicillof como un “escándalo”, en especial, en relación a los renovados esfuerzos de la Argentina por llegar a un acuerdo con los acreedores extranjeros y la marcada caída del peso. “No resuelves las cosas con una devaluación, sino con un programa económico creíble”, dijo Prat-Gay en una estación de radio local.
Algunas personas en esta ciudad creen que a Kicillof le queda grande el gobierno. Héctor Zumárraga, de 68 años, abogado en derechos laborales, dijo: “No está a la altura del empleo. No comprende que no es suficiente saber sólo teoría económica, y ahora estamos viendo la prueba de ello”.