22 de marzo de 2015 - 00:00

Mendoza, laboratorio político nacional

Como tantas otras veces, la riqueza institucional de Mendoza -aunque su dirigencia no se dé cuenta o la subvalore- nos pone a la vanguardia del nuevo país que poco a poco va surgiendo de los escombros del viejo. Mendoza es hoy un laboratorio político perf

El modelo que se va: las relaciones carnales con la Nación. Todo indica que estamos en las vísperas de la caída del mito político que domina la política mendocina desde hace diez años: la de que las relaciones carnales con el Gobierno central, la pertenencia plena y subordinada al "proyecto nacional" nos permitiría pegar el gran salto adelante, ése que -según esta versión- fue demorado desde inicios de la democracia por las ideas más o menos autonomistas de casi todos los gobiernos peronistas y radicales anteriores a Julio Cobos.

Se cansaron de insultar al autonomismo de aislacionismo, de calificar a Mendoza como una isla sin destino si no se entregaba enteramente a las fauces del gran Gobierno central, fuera éste menemista o kirchnerista o lo que venga, quien se encargaría de sacarnos de nuestro provincialismo enemigo de lo nacional.

Y así les fue. Los datos políticos son concluyentes. A partir de la mitad de su mandato, Julio Cobos tomó la decisión estratégica de iniciar las relaciones carnales con el gobierno de Néstor Kirchner metiendo en el brete también al resto de los gobiernos radicales de provincia.
¿Resultados? El radicalismo perdió la provincia a pesar de la alianza Cobos-Kirchner. A los pocos meses Cobos se dio cuenta de su enorme metida de pata y volvió raudamente a la casita de los viejos. Hoy, ya casi no existen gobiernos radicales de provincia, y los que sobrevivieron son más obsecuentes del kirchnerismo que los propios peronistas. Un fracaso estrepitoso se lo mire por donde se lo mire.

Luego vendrían los nuevos gobiernos peronistas locales que, aún siendo los herederos del viejo justicialismo mendocino de los 80 y los 90, continuaron la tesis cobista de las relaciones carnales con la Nación. Tanto Celso Jaque como Francisco Pérez, por motivos distintos, fueron exultantes defensores de ese modelo. Y también así les fue.

Jaque, a través de un meritorio esfuerzo personal, llegó a la gobernación habiendo derrotado al pacto Cobos-Kirchner y se fue dejando un gobernador del mismo signo, más aún, miembro de su propio gabinete. Con esos inmejorables logros, en cualquier otra provincia bastaría para conformar un caudillo perenne; hasta en Mendoza bastaba. Pero la subordinación absoluta de Jaque a la Nación lo perdió políticamente en la intrascendencia y hoy ha desaparecido enteramente de la escena pública. Esos triunfos electorales le hubieran servido para proyectarse en el futuro provincial si hubiera hecho algo para devenir en un líder de Mendoza, o incluso nacional, en vez de ser una voz más, y enteramente acrítica, del gobierno de Cristina, cosa que en Mendoza no gusta, porque aún acordando con la totalidad de las políticas nacionales, los mendocinos quieren gobernadores que sepan poner límites a los presidentes.

Paco Pérez, a diferencia de Jaque, llegó al gobierno sin poder propio pero siendo, quizá precisamente por eso, el mandatario provincial más apreciado por Cristina Fernández cuando ella estaba en la cúspide de su poder. Eso le permitió tener un gabinete enteramente suyo, desde el cual imaginó convertirse en el gran jefe del peronismo mendocino o en el mayor referente K local.

Pero tampoco pudo ser porque es imposible crecer políticamente ni siquiera en la propia aldea si uno está tan pegado a un gobierno central que no deja crecer nada, excepto la sumisión. Tanto fue así que apenas Pérez -con buen criterio- apoyó a una lista de políticos elegidos en Mendoza sin el dedo nacional, alcanzó y sobró para que Cristina Fernández le quitara hasta el saludo al que alguna vez imaginó uno de sus hijos políticos. Roma no paga traidores, pero Cristina no paga ni siquiera leales.

Por lo tanto, es difícil que luego de estas tres fallidas experiencias, los nuevos gobernadores sigan con la misma pretensión de incluirse en un proyecto nacional como variables subordinadas, porque eso no genera el menor beneficio político al que lo intenta y, al parecer, tampoco beneficios económicos diferenciales para la provincia.

En fin, a la vista de los resultados, el modo de hacer política de la última década en Mendoza parece estar llegando a su fin, a la vez que un nuevo modo parece estar construyéndose en los distintos partidos.

El modelo que ojalá venga: la difusión nacional de la cultura institucional mendocina. Sin embargo, no exageremos. Nada parece estar edificándose en Mendoza a través de la rebeldía contra un gobierno centralista o mediante la formación de una nueva élite dirigente más contestataria y más propensa al federalismo. Ni una cosa ni la otra sino que, ante el fracaso de las relaciones carnales, hoy se busca un camino intermedio entre la rebeldía y la sumisión.

Algo así como establecer una relación igualitaria donde el presidente sea un primun inter pares y los gobernadores conformen una coalición federal que controle o hasta cogobierne en la Nación. Eso es lo que bastante bien expresan Alejandro Bermejo frente a Scioli y Alfredo Cornejo frente a Macri.

El peronismo mendocino nunca buscó diferenciarse de Cristina por cuestiones ideológicas ni siquiera federales, sino por mera sobrevivencia. Es que el poder real en el PJ local son los intendentes, los que manejan los territorios y ellos no están dispuestos a entregar sus feudos para ayudar a un gobierno nacional en decadencia que, además, los desprecia. Por eso primero adelantaron las elecciones y luego pusieron sus propios candidatos locales y nacionales ubicando a los kirchneristas mendocinos en la incómoda posición de competir en las PASO.

Ni lerda ni perezosa, Cristina aprovechó el desplante, defensivo pero desplante al fin, para poner a Mendoza como el enemigo interno a fin de que sirviera como ejemplo: de ahora en adelante cualquier provincia que haga lo de Mendoza será dejada fuera del proyecto nacional. Aunque lo cierto es que la pobre Mendoza jamás se fue, lo que quieren es echarla. Esto, paradójicamente, no le vendría nada mal, porque el peronismo local tiene suficiente identidad e historia como para conformarse con ser el mejor alumno de un proyecto que ahora lo reprueba pese a haber rendido bien casi todas las materias, demostrando la inmensa arbitrariedad del supuesto maestro.

Ojalá el peronismo mendocino aprenda que las instituciones locales son un soporte infinitamente más útil que los caudillos nacionales a los cuales Mendoza les importa muy poco, porque electoralmente no es demasiado grande pero tampoco es lo suficientemente pequeña para "caudillizarla". Por eso Cristina la usa como laboratorio para hacer tronar el escarmiento a quien siquiera mínimamente ose desobedecerla.
También, entre los radicales, Mendoza está deviniendo un laboratorio político para el resto del país.

La alianza que se impuso a nivel nacional (sin rupturas manifiestas gracias a la hábil muñeca de Ernesto Sanz, el primer jefe partidario radical que trasciende después de fallecido Raúl Alfonsín) es una alianza marca “Carrió”, ya que fue Lilita la que determinó quiénes son los buenos y quiénes son los malos y casualmente compiten sólo los “buenos”, mientras que los “malos” fueron dejados afuera o directamente se fueron (Cobos, Morales, Binner, Stolbizer, Solanas, Massa, entre otros).

Sin embargo, en Mendoza se construyó otra cosa que está dando tela para cortar ya que todo lo que no se pudo unir en la Nación sí se pudo lograr juntarlo en la provincia: desde el PD hasta los socialistas, desde los massistas a los macristas. Una respuesta no ideológica pero sí institucional frente a la disgregación partidaria de las últimas elecciones nacionales que, más que una coalición de gobierno, proponen una reconstrucción político-partidaria luego de la hegemonía kirchnerista que tiene como modelo al partido único subordinado a un líder arrasador de instituciones. Mendoza es, por su cultura histórica, el ambiente político más propicio para que las fuerzas políticas busquen reconstruirse partidariamente luego de haberse evaporado en 2001.

En síntesis, así como Cristina buscó poner a Mendoza como el ejemplo de lo que no debe ser, es bueno que tanto peronistas como radicales locales y junto a ellos el resto de las fuerzas políticas mendocinas, estén intentando gestar pruebas de laboratorio para reconstruir institucionalidad, lo que puede servir como ejemplo a un país que la ha perdido casi toda. Es que Mendoza sigue siendo Mendoza, a pesar de los que la hayan querido convertir en otra cosa.

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