18 de junio de 2013 - 23:10

Mejorarnos y mejorar la sociedad

Algunos consejos espirituales para aprender a vivir mejor a partir de ayudar a también vivir mejor a los que nos rodean. Las estrechas conexiones entre la bondad y la felicidad.

"Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano".

Eduardo Galeano

Sobre el tema han corrido ríos de tinta, desde que el mundo es mundo y seguirán corriendo. El asunto ha sido abordado desde todas las disciplinas: científicas, humanistas y religiosas. Y, desde las diversas angulaciones, se han sugerido modos y recetas para lograrlo.

Abrigo la esperanza de que todos acordemos en el deseo de superarnos y de hacer más vivible y bella nuestra convivencia. Lo que sigue no desean ser modos o recetas para un mejor vivir sino lo que experimento y lo que muchos llevamos dentro.

1- Aprender a ser buenos y felices. Casi infaliblemente, la felicidad nos hace buenos? la auténtica felicidad, la profunda felicidad, la de adentro. La felicidad integral, casi automáticamente hace buena a la persona. No nos hacen buenos las leyes de piedra ni las doctrinas aprendidas, repetidas, creídas. La felicidad, nada más, te hará bueno, te hará buena. La felicidad te hará humilde y manso, misericordioso y pacífico.

La felicidad, hará de ti, consolador/a de quien llora y te dará verdadera hambre y sed de justicia. Cuanto más feliz seas, más humilde serás. Cuanto más feliz, más misericordioso. Cuanto más feliz, más dador de felicidad. Y aun cuando llegue la tribulación y la persecución (y es seguro que llegará) la felicidad hará que te mantengas sano y en pie, firme en la bondad a pesar de todo.

Sí, pero ¿qué es lo que nos hace y nos hará felices? ¿Qué es lo que nos hace buenos?

Es la misma pregunta y la misma lógica. La humildad te hará bueno/a, no la grandeza, no la arrogancia, no el saber, no el tener, no el poder. La misericordia con los que lloran te hará feliz, no la indiferencia, no la severidad. El deseo de paz te hará feliz, no el odio, no la fuerza, no la violencia. En vano, te empeñarás en ser bueno sin ser feliz y, también, en ser feliz sin ser bueno. En vano nos empeñaremos en ser buenos a fuerza de leyes civiles, a fuerza de leyes morales y de dogmas. Igualmente, no podremos ser felices a fuerza de grandes títulos de poder, de saber, de tener.

¿Y cómo se logra eso? Intentando ser buenos desde adentro. Diciéndonos a nosotros mismos lo que decimos, o diríamos, a alguien que obra mal o que es corrupto. Pero, además?

2- Curar y sanar heridas. Evoquemos a Jesús de Nazaret. De él podemos decir que efectivamente curaba: acercándose, imponiendo las manos, contando sus maravillosas parábolas, parábolas sanadoras. Él curaba acercándose a los proscriptos y pronunciándoles palabras llenas de calor y de belleza.

Curaba con su mirada, con su palabra, con su acogida cordial. Curaba infundiendo ánimo, devolviendo la confianza, transmitiendo paz, restaurando la autoestima de los despreciados por los demás y por sí mismos.

Entonces es eso, para quienes nos consideramos seguidores del nazareno. Ser cristiano no consiste en creer dogmas, ni tampoco en cumplir de manera intachable los diez mandamientos, del primero al último. Ser cristiano es "seguir a Jesús". Y seguir a Jesús es, fundamentalmente, ayudar y curar, como el buen samaritano de la parábola.

Sanar a quienes se sienten heridos en sus corazones y/o en sus cuerpos y amar a Dios, no son cosas distintas. Porque, ¿qué otra cosa es el Dios de Jesús sino la infinita compasión con todos los seres heridos?

La gloria de Dios -ya lo dijo en su momento Ireneo de Lyon- es que los seres humanos vivan sanos y felices. Porque el Padre que nos ha revelado Jesús no posee otro bien que el bienestar de sus criaturas ni otra dicha que la dicha de todos los seres.

3- Ir más allá de la culpa y del castigo. La lógica y la primacía de la curación, Jesús la aplica también a esa dimensión fundamental de la vida, que las religiones y, en especial el cristianismo, han gestionado en clave de culpa y de castigo.

¿Fue ésa realmente la clave de Jesús?

Ciertamente no. Jesús no se movió en el registro de la culpa ni del castigo. Estuvo más allá de ese registro y me parece que la ruptura de estas categorías y de ese registro de la culpa y del castigo es fundamental para renovar la sociedad, nuestras relaciones, la Iglesia ? Desde que se hizo cargo de su servicio, el Papa Francisco lo viene repitiendo casi a diario. Y Jesús: "No necesitan de médico los sanos sino los enfermos".

Los maestros de la ley y los fariseos, hablan de pecado. Jesús habla de sanos y de enfermos y de médicos. Y a quienes murmuran les dice: "Lo que necesita un enfermo no es un juez sino un médico, no es el castigo sino una medicina, un remedio".

4- Trascender todo confesionalismo. Y toda frontera, y todo celo del bien ajeno. La fama de sanador de Jesús se extendió rápidamente y a más de uno le dio por imitar a Jesús e intentaron expulsar malos espíritus, es decir, desatar los oscuros y enredados nudos del alma y del cuerpo que amarran a todos los seres humanos.

En una ocasión, algunos discípulos de Jesús se encontraron con uno de esos aprendices sanadores imitadores de Jesús y sintieron celos. Y Juan le dijo a Jesús: "Éste no es de los nuestros, no tiene derecho a utilizar tu nombre para expulsar demonios..." Jesús le respondió: "Nadie puede hacer el bien si no está inspirado por Dios". Es triste que nos duela el bien ajeno. Es un auténtico mal de nuestros ojos que no seamos capaces de ver y agradecer y gozarnos en el bien ajeno.

Hay muchas personas buenas, y que hacen el bien, más allá de las fronteras de grupo, de religión, de partido, de raza y nación. ¿Por qué sentirnos mal porque otros son buenos? Donde está la bondad, allí está Dios, con cualquier nombre y también sin nombre alguno.

5- Resistir e imaginar. Evoquemos, nuevamente, a Jesús de Nazaret. Él era bondadoso, claro que sí, pero también apasionado. Jesús era poeta en su palabra pero también un gran profeta en su accionar. Tanto como poeta bondadoso y tierno, Jesús fue un profeta apasionado y subversivo (en el mejor de los sentidos).

Anunció una auténtica revolución de valores e hizo un llamamiento a trasponer y a invertir? a subvertir la realidad de su época: la miseria y la pobreza de los campesinos y de los pescadores, campesinas y pescadoras. Promovió, e hizo realidad en su vida, la inversión del orden religioso de su época caracterizado por la dureza, la severidad, y la rigidez. Jesús, ciertamente, anunció una auténtica revolución y la llevó adelante.

¿Y hoy qué? Difícilmente, puedo imaginar a Jesús en esta sociedad como ciudadano dócil, como siervo sumiso. Seguro que volvería a arriesgarse con pasión por otra realidad hecha de justicia y de belleza. Seguro que provocaría conflictos en nuestra sociedad. Seguro que algunos lo tacharían de idealista iluso; otros, de provocador insolente; otros, de peligroso hereje?

Sí, estoy imaginando, y casi escuchando, los comentarios: Todo esto es un desafío y una tarea. Pero, ¡qué bien nos sentimos cuando somos capaces de llevar adelante algo bueno y valioso que nos hemos propuesto!

Está en cada uno/a de nosotros el desearnos mejores y experimentar una mejor vivencia colectiva.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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