Al reconocerse bajaron la vista, incómodas, y buscaron sentarse con una columna de por medio, para evitar el contacto visual. Debían esperar.
Al reconocerse bajaron la vista, incómodas, y buscaron sentarse con una columna de por medio, para evitar el contacto visual. Debían esperar.
La escena evocaba la de un hall de entrada de un hotel por horas, congestionado en una madrugada de domingo, pero sucedía en un edificio del barrio de Bercy, al noreste de la ciudad, sobre el río Sena. Quién iba a decirlo. Ambas de pollera breve, la derecha y la izquierda peronista esperaban turno en el Club de París.
¿Cuál es la diferencia entre ellas? Que al igual que los radicales, la derecha -perdón, la centroderecha- nunca tuvo complejos en subir a las oficinas del señor Mercado. En cambio, la otra... Tan orgullosa ella. Tan autosuficiente que parecía. Mientras espera, se odia: “¿Cómo pudo haberme pasado esto a mí? Yo, que avancé con los derechos civiles como nadie y sancioné el matrimonio igualitario antes que en Francia y Estados Unidos.
Yo, que puse la Asignación Universal por Hijo. Yo, que bajé el desempleo”. Pero el mundo es cruel. Y cuando sube, el señor Mercado no le pregunta por el perrito Simón. Sólo quiere saber cómo hará para devolverle 9.500 millones de dólares que le permitan regresar al crédito internacional (efecto mariposa: cuando la tenaza de Luis D'Elía aletea en 2006 sobre el candado de Tomkins, muy lejos de allí, en 2014, un tsunami de desconfianza afecta a la Argentina, que en el mercado internacional sólo consigue plata a tasas altísimas).
Una de dos: o va con la cadena clásica, caminando al lado de la pierna, o va suelto. Lo peor para un perro es la correa extensible. Le hace creer al bicho lo que no es: un ser libre. El bicho va de lo más confiado en su “modelo de matriz diversificada con inclusión social”, ladrándole al Fondo, a los holdouts, dándole recetas al mundo, y de repente, pif, le llega el tirón. El tirón es el ajuste.
Pero, ¿quién ajustó? ¿Cómo se les explica a los chicos que aplauden en el patio de las palmeras que el carretel nacionalista se quedó sin hilo y hubo que salir a pagar? Con el guión de la temporada otoño-invierno 2014: “El Gobierno hizo hasta donde pudo, pero existen los ‘poderes fácticos y concentrados’, que intentan doblarle el brazo y son muy poderosos”.
Es probable que muchos jóvenes prefieran creer este argumento a quedar ideológicamente a la intemperie. Todavía ninguna fuerza política les habla como el kirchnerismo.
Si se van, sienten que nadie los ampara. Por eso, no importa que después de diez años la versión de izquierda del peronismo no haya modificado en absoluto la estructura productiva, que los índices de pobreza sigan siendo inaceptables, que se haya perdido la soberanía energética y que las pruebas de educación PISA los reflejen en el peor espejo. Para ellos -para muchos- es más cómodo pensar en blanco o negro: kirchnerismo o aula container.
Vaya a decirles, por ejemplo: “¿Vieron qué impactantes son las imágenes aéreas? ¡Miren! Sobre el campo verde, ese enorme tubo blanco guarda en su interior miles de millones de pesos que el Gobierno podría destinar a escuelas, hospitales y caminos. ¿Qué es ese tubo blanco? ¿Una silobolsa? No, el túnel de salida de los jugadores. En 2014, Fútbol para Todos costará 1.800 millones de pesos. ¿Vieron, chicos? Hay gente que se sienta sobre la cosecha. Y otra que se sienta sobre la publicidad estatal y no deja entrar la privada, que permitiría liberar fondos para mejorar, por ejemplo, casi un 50 por ciento la Asignación Universal”.
Pero quizás el ajuste más doloroso sea el de expectativas: pasamos de “el mundo tiene que copiar nuestra receta” a “el mundo se nos cayó encima”. Del orgullo de ser argentinos en el Bicentenario de 2010, a que en 2014 se nos activen los fantasmas de la híper y 2001. ¿Qué se le dice a un hijo? ¿Que Argentina corre con el caballo del comisario o con el del botellero? Otra vez, el péndulo argentino: de la megalomanía a la melancolía.
¿“Década ganada”?
Esperemos mejor el arqueo de caja.