No es este columnista quien para opinar si la Ley de Medios es constitucional o no lo es. Si lo dice una Corte que ha emitido fallos memorables y que es prestigiosa para casi toda la sociedad (salvo para el gobierno nacional que hasta el martes pasado la acusó de representar todo el mal imaginable), quizá sea como ella dice.
Pero de lo que sí estamos seguros es que las razones con las que la Corte defiende la constitucionalidad de la ley, son exactamente las contrarias a las razones que tuvo el gobierno para haber hecho esta ley. Se trata de dos concepciones inconciliables de democracia: la republicana según la Corte, la neopopulista según el gobierno.
A las armas las carga el diablo. Los jueces supremos dicen en los fundamentos de su fallo que esta ley no cumpliría ni con el pluralismo ni con la diversidad ni con la libertad de expresión si no se es "transparente en materia de publicidad oficial"... "si por la vía de reparto de la pauta oficial los medios se convierten en meros instrumentos de apoyo de una corriente política determinada o en vías para eliminar el disenso o el debate plural de ideas"... "si los medios se convierten en espacios al servicio de los intereses gubernamentales"... "si el órgano de aplicación no es un órgano técnico e independiente"... "si no respeta la igualdad de trato tanto en la adjudicación como renovación de licencias y no discrimina sobre la base de opiniones diferentes".
Está claro para cualquier observador de aquí, de la China o de Plutón, que el gobierno no cumple con ninguna de esas precondiciones y que con la ley las cumplirá menos aún. En realidad es algo peor: no es sólo que no cumpliéndolas vulnere el espíritu con que la Corte aceptó su constitucionalidad, sino que la ley existe precisamente para incumplirlas, para hacer todo lo que la Corte critica.
Es como darle una bomba atómica al bando que inició la guerra pero advirtiéndole que la use sólo como disuasivo, para conciliar con el otro bando, o sea para lograr la paz. Pero la bomba la van a arrojar para ganar la guerra, no para negociar la paz, porque para eso la querían.
Un mundo sin periodistas. Que la concepción del gobierno sobre el periodismo es exactamente la contraria a la de la Corte se ve en dos opiniones representativas. Una del más servil y rastrero de los seudoperiodistas K, que de tan bruto es el más sincero, y otra del más lúcido y respetado internacionalmente intelectual K. Nos referimos a Orlando Barone y Ernesto Laclau.
Barone dice: "El periodismo es inevitablemente de derecha porque la democracia lo es. El periodismo nace para defender la democracia, dentro de los cánones instituidos de la propiedad privada".
Laclau dice que el kirchnerismo, para superar la democracia "burguesa", debe dividir la sociedad en dos campos opuestos: del lado bueno ubica al gobierno y del lado malo no sólo a Clarín sino "a todos los medios de comunicación".
Vale decir, para el kirchnerismo el periodista o es militante oficialista o es enemigo del pueblo. Sólo se le permite ser crítico cuando el pueblo (o sea el kirchnerismo) no está en el poder. Pero cuando está, el periodista debe dejar de existir para dejar paso a la militancia y nada más que la militancia. Esa es la filosofía de la ley declarada constitucional: una ley de medios contra los medios. Primero vienen por Clarín, luego irán por otros.
Cabecitas lavadas. Además de lo filosófico, también en la práctica son dos concepciones en pugna: una, la de los que creen que la rebelión impositiva del campo o el 13S y las demás movilizaciones populares disidentes las organizó la prensa para apretar o derrocar al gobierno. Otra, la que cree que la prensa comunicó tales eventos después que estos ocurrieran, sin que hubiera tenido intervención en la gestación de ellos. Se podrá discutir el modo en que los transmitió o interpretó cada medio, pero es falso decir que fueron sus causantes. Son dos lógicas absolutamente opuestas.
Como alguna vez dijimos, aparte de los viejos gorilas antiperonistas, hoy el país está colmado de nuevos gorilas peronistas. Son los que creen que el pueblo se equivoca porque los medios le han lavado la cabeza, mientras que los gorilas de antes creían que los cabecitas negras apoyaban a Perón porque este les lavó el cerebro o los compró con un pan dulce.
El gorila antiperonista cree que los pobres votan con el estómago, mientras que los gorilas peronistas creen que la clase media vota por lo que les dice Clarín y Cía. Ninguno de los dos cree en la autonomía de la voluntad popular.
Los que se van y los que vienen. Aparte de sostener una lógica "gorila", el gobierno marcha en sentido contrario hacia donde va la historia: es que la sociedad se "informa" con los medios tradicionales pero no es con ellos con los que "decide" hacer sus protestas, sino que las hace mediante las nuevas tecnologías, que es donde hoy está el verdadero potencial político de la sociedad mediática.
Ciego a esa nueva realidad, el gobierno está en otra cosa: en librar una batalla mortal, cuasi religiosa, contra los modos de comunicación que se van mientras no tiene idea de cómo tratar a los modos de comunicación que vienen.
Todas las voces, una. El fundamento de la ley, supuestamente, es el de pelear contra la concentración excesiva de medios. Pero al gobierno eso ni le preocupa. Por eso en cuatro años creó una concentración de poder mediático oficial que ningún multimedio privado podría tener jamás porque es inviable económicamente, salvo si se usan los dineros del pueblo. Al kirchnerismo más que la concentración le preocupan los contenidos. Lo que quiere es acallar las críticas, no poner más voces sino unificarlas todas en una voz, la oficial.
Una ley que más que sumar, resta. La Ley de Medios fue hecha consultando a un solo sector: aquel que no participa ni menos arriesga en el mercado de la comunicación. Como si la ley de libros se hiciera sin consultar a los editores ni a los escritores que publican, sino sólo a los que quieren publicar y no pueden.
Se trata de sectores que no pueden vivir sin el auxilio del Estado, lo cual no está mal porque muchos de los contenidos que ellos producen son necesarios. Lo malo es que la ley la hayan hecho con la vana ilusión de que estos comunicadores sean escuchados no a partir de su competitividad, sino sacando del mercado a los medios que hoy son escuchados.
En realidad no se trata de un tercer sector, sino de gente que necesita del Estado para hacerse oír, entonces lo que se debería crear es una muy buena estructura comunicacional pública donde el Estado le dé lugar a todas las voces. Hoy para llegar a los medios del Estado o se es oficialista o no se es nada.
En suma, si la ley fue hecha sólo por un sector social que no cree ideológicamente en la competencia comunicacional y por un gobierno que no quiere que haya periodismo crítico, esta ley más que agregar actores busca eliminar los que hoy tienen audiencias porque -no casualmente- los únicos escuchados son los medios críticos.
Los "autoadecuados". La ley atenta contra la libertad de expresión no porque ponga límites a la concentración, sino porque se aplicará selectivamente, primero a uno y después a los demás si hacen lo que hizo el primero al que se le aplicó. En cambio, si bajan la cabeza, a los medios obedientes se les permitirá evadir la ley poniendo parientes o testaferros o seguir siendo concesionarios de servicios públicos.
El gobierno supone que al destruir al mayor grupo crítico, los otros se "autoadecuarán" sin necesidad de que la ley los adecue. Lo cual es posible, pero lo que nunca lograrán, aunque todos se "autoadecuen", es que por eso ganen elecciones o desaparezcan las quejas por las cosas que hacen mal.
Atila-Sabbatella. A pesar de todo, hay que reconocer que desde que Cristina Kirchner inició su mandato del 54%, lo único que le salió bien es la aprobación de esta ley, pero eso es no tanto porque la aprobaron ellos sino porque la Corte se los permitió.
Ellos ahora la van a tener que aplicar, por lo que es muy probable que arruinen el regalo que se les brindó, como hacen con todo. Ya comenzaron con "Atila-Sabbatella", que está convirtiendo la aplicación de la ley en un circo a ver si lo premia su patroncita. Y lo más seguro es que los estropicios no paren. La gula puede mucho más que la sobriedad.
No obstante, el gobierno está contento porque la ley le da un triunfo después de tantos fracasos seriales y porque fortalece a los suyos con esta especie de bandera mediática de ribetes épicos para tiempos de paz, cuando se pelea contra un enemigo muy inferior en relación al poder del gobierno, pero se dice que es muy superior para justificar la guerra. Pelea para la platea y para entusiasmar a la militancia sin que nadie derrame una gota de sangre ni de nada, donde para ascender de categoría sólo basta con decir "Clarín Miente".
En síntesis, la ley no habla ni una palabra sobre los nuevos medios que cada día influyen más en la comunicación de la sociedad, porque su finalidad no es legislar a futuro, sino librar una lucha política en terreno mediático para intentar conducir lo inconducible. Pero a los efectos épicos, en esta época de utopías retroactivas, cuando no se festeja el advenir del futuro (como incluso, aunque mal, se celebraba en los ’70) sino el retorno del pasado, la guerra de medios sirve.