jueves 1 de octubre de 2020

Luciana Aymar, la argentina que a base de talento se transformó en la número 1 del mundo. / Claudio Gutiérrez
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La historia de la última selfie que Luciana Aymar regaló como jugadora: fue conmigo

Luciana Aymar, la argentina que a base de talento se transformó en la número 1 del mundo. / Claudio Gutiérrez

Quizás peco de atrevida escribiendo esta líneas, pero más pasa el tiempo y más siento la necesidad de hablar sobre la mujer que cambió la historia del hockey argentino: Luciana Paula Aymar. De rendirle una especie de homenaje -aunque también es mucho decir- a esa leona que logró lo que nadie dentro de un campo de juego e hizo que hoy miles de chicas y chicos nos enamoremos del palo y la bocha. La excusa es que este 10 de agosto está cumpliendo 43 años y, a casi seis de su retiro, su figura y su recuerdo se hacen cada vez más grandes. Porque no se si a nosotros nos va a tocar volver a ver lo que ella hizo o si alguna vez en la historia va a volver a pasar.

Por eso, con un poco de pudor y una gran admiración, me animo a escribir sobre ella. Y aunque podría haber elegido uno de los tantos momentos relevantes de su carrera -que no son pocos- me voy a quedar con uno que me tocó muy de cerca. Porque se hizo acá, en Mendoza.

En una cancha en la que yo también había jugado, pero que después de que la pisó ella no volvió a ser la misma. Hablo del Champions Trophy del 2014, el torneo en el que Lucha se retiró del hockey profesional. Y hoy, casi seis años después, puedo inflar un poco el pecho y decir “Yo estuve ahí”. Yo estuve en la última función de “La Maga”. Yo la vi tirar ese penal imposible en una final para el infarto. Y hasta me di el lujo de sacarme la última foto que le regaló a un fanático dentro del campo del juego, justo antes de tomar el título de ex jugadora, algo que para nada le hace justicia, porque las leyendas como ella siempre quedan vigentes.

Pero vamos al principio. Ese 2014 no había sido un año fácil para ella. Con el final cada vez más cerca, cada torneo del que participaba podía ser el último. Y a mediados de ese año, el mundial de La Haya podría haberlo sido. ¿Qué mejor que irse como bicampeona del mundo y dando la vuelta olímpica en Holanda? Pero los planes para Luciana sin dudas eran otros.

En el tercer partido de la zona sintió una molestia en la pierna derecha. Salió y no volvió a entrar. Algo totalmente desconocido para ella. Por primera vez en su carrera profesional se fue lesionada. Le tocó mirar desde afuera, pero volvió como pudo para jugar las semifinales, justo contra el dueño de casa. Sin embargo las cosas no salieron muy bien. Y uno pensaba que ese no podía ser el desenlace de la leyenda que construyó durante toda su carrera. Lucha merecía despedirse a lo grande, como lo fue su historia. No sentada en el banco de suplentes por obligación y viendo a su equipo perder 4 a 0 frente al clásico rival y de visitante. O llorando como una nena en una conferencia de prensa que desnudó una fragilidad que nunca se le vio dentro de la cancha. No, definitivamente ese no podía ser el final para la mejor jugadora del mundo.

Aymar tenía que despedirse en casa, campeona, brillando, como la mejor jugadora. Y ahí apareció Mendoza y un torneo que hoy ya está extinto, pero que se extraña y mucho. Tras la frustración de La Haya para Luciana y todo el hockey argentino se presentaba esta revancha. Pero había que ser cautelosos. Nadie podía decir que ese Champions Trophy era un torneo ya ganado para Argentina y que por fin Lucha iba a tener la despedida que se merecía. Porque los fantasmas de la lesión aún estaban presentes. Porque Paumen y compañía estaban en un gran momento y muy dispuestas a arruinar la fiesta. Porque Australia también se anotaba en la pelea y podía complicar los planes.

Si me pongo a hablar de las jugadas o los goles de aquel 7 de diciembre, cuando Argentina y Australia se vieron las caras en la final creo que les mentiría un poco. La adrenalina de ese momento era tanta que gran parte de las memorias de ese partido fueron reconstruidas partir de los videos que vi después. Pero sí les puedo hablar de los que se sentía, eso todavía lo tengo muy presente. Porque es difícil olvidar ese tipo de emociones, el sentir que todo lo que estás viviendo está quedando para la historia.

Los que conocen Mendoza saben que el verano puede ser sofocante y en pleno diciembre, el calor seco y sol potente se hacían sentir en las tribunas del Estadio Malvinas Argentinas. Pero el calor pasó a segundo plano cuando los equipos salieron a la cancha, se entonaron los himnos y la bocha comenzó a rodar por última para Lucha.

Más allá de los nervios lógicos de una final, en el ambiente se respiraba un aire legendario y que el partido haya terminado empatado 1 a 1 y todo se tuviera que definir desde los penales australianos -irónicamente frente Australia-, no hacía más que agregarle el dramatismo que necesitaba el capítulo final de la historia de Aymar. ¿Más suspenso? Lucha tiró el primer penal y tuvo que pasar por el video ref antes de festejar, es que su tiro pegó en los dos palos y terminó fuera del arco, pero finalmente todo terminó en sonrisa.

Bien se sabe que en todas las historias, los héroes o heroínas no se encuentran solos. Siempre aparece un fiel escudero dispuesto a dar la vida por su amigo y ayudarlo a llegar a la gloria. Y en la leyenda de Lucha, quien se puso en ese papel en el episodio final fue Belén Succi, la arquera argentina que contuvo tres de los cuatro penales que tiró el conjunto oceánico y provocó que una marea celeste y blanca se le viniera encima para festejar un nuevo título.

Desde la popular norte, donde estaba con amigas y compañeras de mi club, nos tocó ver la entrega de medallas, con Argentina en lo más alto, relegando a Australia y Holanda a conformarse con subirse al podio y ser espectadoras de lujo de la historia viva del hockey mundial, y ver a Luciana levantar por última vez un título con esa camiseta y la cinta de capitana en su pierna.

Lo que siguió después fue todo emoción, imágenes que después se transformaron literalmente en una película -Lucha, jugando con lo imposible-. De la platea bajaron las “vintage”, ese grupo de jugadoras que estrenaron el título de Leonas en el año 2000 de la mano de Sergio “Cachito” Vigil, familiares de Luciana y un gran número de periodistas de todo el mundo.

Justo cuando el gran homenaje que le brindaron a Aymar ya había terminado y ella comenzó un lento camino hacia la zona mixta, a todos en las tribunas se les vino a la cabeza la misma idea: entrar al campo de juego y unirse al tumulto de gente que acompañaba cada uno de los últimos pasos de Luciana dentro de esa cancha.

Yo no soy de las que se arriesgan demasiado, mucho menos teniendo en frente una fila de guardias que con cara de pocos amigos nos miraban sospechando lo que inevitablemente iba a pasar. Una de las chicas con las que estaba fue la valiente, tomó impulso y saltó la valla de más de un metro que nos separaba del campo de juego. Cuando algunos de los guardias salieron detrás de ella -aunque no la atraparon-, supe que ese era el momento y me largué.

Salí corriendo hacia la mitad de cancha y a la altura de los bancos de suplentes me frené. Creo que el tumulto de gente que avasallaba a una Lucha que a esa altura ya abanzaba como podía rodeada de guardias y algunos de los suyos fue lo que me paralizó. Miré a mi alrededor y conociendo el estadio sabía que la única forma de que Aymar iba a poder subir al sector de prensa esa una escalera que tenía a unos metros. Entonces me quedé parada, esperando. Por algunos minutos pensé en ir a sacarme una foto con el resto de las jugadores argentinas, que habían quedado dentro del campo de juego en el banco de suplentes contenidas por un par de cadenas de seguridad. Pero no, si me iba de esa posición estratégica todo se podía arruinar.

Así esperé por unos minutos, con la ansiedad comiéndome por dentro, mientras la espera se dilataba con cada foto para la que se detenía Lucha. Pero cada vez la tenía más cerca. Y Así fue que me animé y me metí -quizás en el momento justo- cuando los guardias empezaron a despejar el camino porque los periodistas del mundo se impacientaban ante la última nota de ella como jugadora. Pero justo antes de que aceleraran el paso me metí y casi sin mediar palabra ambas posamos para una selfie.

A decir verdad, no fue la mejor foto del mundo. No fue de esas que elegirías para perfil de Facebook o para compartir en el feed de Instagram, pero segundos después de haberla tomado con un viejo smartphone que ni siquiera tenía cámara frontal me di cuenta que esa había sido la última foto que Lucha se había sacado dentro del campo de juego, porque después comenzó a subir las escaleras a toda prisa y nunca más volvió a pisar ese sintético que la extraña todos los días.

Lamentablemente para mí, la imagen se perdió en un viejo teléfono del que nunca alcancé a rescatar todas las fotos. Pero sin dudas, ese día y ese momento van a quedar guardados para siempre en algún rincón de mi memoria y ahora en esta publicación.