20 de junio de 2026 - 07:00

Mario Pasik: "El teatro es un lugar de resistencia"

El actor, con más de cinco décadas de trayectoria en teatro, cine y televisión, llega a Mendoza con Adán y Eva, un amor de aquellos, la comedia que protagoniza junto a Patricia Palmer bajo la dirección de Diego Ramos.

Mario Pasik empezó a "jugar" a los 13 años —así llama él a esas primeras obritas de club que ven los amigos y los tíos— y nunca paró. Desde entonces acumuló una carrera que atraviesa el teatro, las tiras de mayor rating de la televisión argentina y el cine. Se instaló en el prime time con Son amores y Trampa para un soñador, pero jamás abandonó las tablas, ni siquiera en los momentos de mayor exposición televisiva.

Este sábado llega al teatro Plaza (Colón 27, Godoy Cruz) con Adán y Eva, un amor de aquellos, una comedia romántica escrita y protagonizada junto a Patricia Palmer, inspirada en el Diario de Adán y Eva, de Mark Twain, y con la dirección de Diego Ramos.

Estilo entrevistó esta semana a Mario Pasik, quien habló sobre la obra y sobre el momento actual del teatro y la cultura.

—Tremenda trayectoria la tuya, porque venís trabajando desde hace décadas en todos los rubros: teatro, cine, televisión.

—Sí, la verdad que estoy muy orgulloso de todo el tramo y de toda la paleta teatral, hice cosas verdaderamente importantes. Son importantes para mí: autores muy prestigiosos y muy significativos. Lo que pasa es que la gente conoce la cosa televisiva o alguna película que pudo haber visto, pero nunca dejé de hacer teatro.

—¿A qué edad empezaste?

—Mirá, a jugar al teatro a los 13. "Jugar" le llamo yo a esas obritas que se hacen una vez en el club, que las ven tus amigos, tus tíos y tus padres. Pero digamos que lo empecé a encarar más seriamente a los 16, más o menos.

—¿Ahí empezaste a estudiar y a laburar profesionalmente?

—Primero estudiar, y poco a poco se fueron dando las oportunidades de trabajo, que no llegaron todas y de golpe. Seguí estudiando, pude hacer alguna película y algún espectáculo infantil. Y después La cocina, de Arnold Wesker: el primer título llamativo para el ambiente, para los productores. Eso de alguna manera me abrió la puerta para la televisión y para estar más presente con el público. Estuve en Un mundo de 20 asientos, que protagonizaba Claudio Levrino. Después hice Trampa para un soñador y me fui instalando. Igual nunca dejé de hacer teatro.

—Me contabas hace un rato que hasta te diste el gusto de trabajar con Alfredo Alcón.

—En dos obras estuve con Alfredo Alcón: en Hamlet y en La muerte de un viajante, donde hacía de uno de sus hijos.

—¿De todos los géneros, en cuál te sentís más cómodo?

—Son motores diferentes. He hecho de todo, pero la comedia me gusta mucho, especialmente para televisión, porque te mete un motor que te obliga a estar vivo todo el tiempo, donde hay un pequeño margen de improvisación. Es como que manejás en segunda todo el tiempo, ¿se entiende? No sé si vos manejás, pero bueno, es el ruido del motor. Y cada disciplina tiene un motor diferente, un andar diferente: son distintos modelos de auto. Pero lo que me gusta, siguiendo con la imagen, es manejar. Así que también dame un tractor, qué sé yo.

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—Has hecho teatro, TV, cine, y ahora aparecieron las plataformas como opción de laburo. ¿Cómo sentís ese cambio?

—Mirá, tuve la oportunidad de hacer alguna miniserie, me fui a filmar a Colombia, alguna otra por acá, pero no es algo que me esté acaparando como energía y como convocatoria. Estaré esperando que aparezca algo que verdaderamente me conmueva; me guío así para elegir los trabajos. Me tiene que agarrar de las solapas.

—¿Y extrañás ese mundo de la TV hegemónica, cuando se hacía mucha ficción?

—Y sí, claro. Extraño eso porque te permitía no solo una vigencia —que de alguna manera u otra la sigo teniendo, pero no es lo mismo— sino que me encantaba visitar la casa de la gente todos los días, porque te encontrabas con ellos y te habían visto el día anterior acompañados de la familia. Vos sabés que en mi carrera hice muchos malos. Sin embargo, había un grado de simpatía en el abordaje —cuando me abordaban, cuando me preguntaban— que me daba la pauta de que primaba el entretenimiento, y eso es lo que yo pretendía con los trabajos que hacía. He hecho también trabajos muy dramáticos, en Mujeres asesinas o en un ciclo que se llamó El hombre que volvió de la muerte, mucha cosa seria, Alta comedia en su momento; pero cuando me tocó hacer comedias o tiras más populares, sentía eso como devolución de la gente.

—¿Y ahora te sentís un poco recluido en el teatro?

—No, no, para nada. Esto que estoy haciendo me llena de satisfacción, a todo el grupo. Estamos muy consustanciados con el espectáculo que estamos llevando, más que digno, más que sensible, más que atento al entretenimiento del público. Y que puedan tener acceso a reírse, que siempre digo que la risa es un modo maravilloso de poder aflojar la emoción. Así que más que refugiado: estoy ahí con todo, defendiendo el teatro. Estamos muy orgullosos.

—Está basado en el Diario de Adán y Eva, de Mark Twain, ¿no?

—De alguna manera, sí. Te cuento rápidamente. Es un matrimonio de más de 40 años de casados; somos los dos únicos actores, Patricia Palmer y yo. (Patricia participó, además, de la adaptación, de la dramaturgia). Hace cinco que se separaron, hace tres que ni siquiera se ven ni hablan. Pero por una cuestión de la historia —que espero que la gente se entere cuando vaya— nos vemos obligados a leer tramos de Adán y Eva de Mark Twain, escrito en 1880, con una pluma fantástica, con una alta poesía, con imágenes preciosas. Y lo dirige Diego Ramos, que es toda una garantía.

—¿Y cómo es la dinámica entre ustedes, no solo con Patricia sino también con Diego?

—Bárbaro. Bárbaro, la verdad. Hace 7 u 8 años que Diego, aparte de trabajar como actor, está dirigiendo. Lo conozco mucho; hemos hecho una obra de teatro juntos, Casa Valentina, y hemos hecho Verano del 98, donde le hice muchas maldades. Lo bañé con ácido a Diego Ramos. Así, entero.

—¿Cómo es esa historia?

—Bueno, son cosas de Verano del 98; quien haya sido público de eso me entiende. Yo me dedicaba, en esa tira, durante los 2 años que trabajé, a hacer maldades terribles.

—Volviendo al tema de las plataformas y la TV, ¿cómo ves la situación actual? La desinversión en el cine, en el teatro, en la cultura en general.

—Muy difícil. Estamos viviendo una crisis que, además, siento que no son errores sino opiniones realmente opuestas a la mía y a la de tanta gente, porque estamos perdiendo identidad en cantidad de situaciones. Específicamente lo que respecta a los actores: veníamos con algunos problemas, pero francamente se han ido cortando las posibilidades de trabajo; por eso hay tanto teatro. El teatro es un lugar de resistencia. Lo fue en el 2001, luego también se creó Teatro por la Identidad, y ahora estamos con no sé cuántas obras en Buenos Aires y en el interior también, buscando el encuentro con la gente. Es nuestra manera de luchar.

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