Conforme se propagó la noticia de la muerte de Margaret Thatcher el lunes, parecía adecuado que el primer ministro David Cameron estuviera comprometido en lo que se había anunciado como una gira europea para convencer al continente de la forma de pensar conservadora de ella, en particular sobre la relación de Gran Bretaña con Europa.
Thatcher, dijeron muchos británicos, transformó a su país, al abrir el camino para la privatización y la desregulación de gran alcance, legitimando la riqueza y desatando pasiones adquisitivas y de emprendimiento entre sus compatriotas.
Sin embargo, el thatcherismo, como se le llegó a conocer, nunca encontró tierra fértil en el continente, ni siquiera después de la crisis financiera y los infortunios de la Eurozona que han sumergido a gran parte de Europa en una penumbra económica al menos tan oscura como la de Gran Bretaña en los 1970.
No obstante, sus dudas sobre un “súper Estado europeo” y la moneda común parecen ciertas hoy, casi un cuarto de siglo después de su renuncia. Pronosticó correctamente en sus memorias que los temores históricos de Alemania sobre la inflación conducirían a políticas de lento crecimiento que profundizarían los problemas de las economías más débiles y menos eficientes de la Eurozona, las cuales ya no podrían depender de las devaluaciones para resolver sus problemas.
La receta de Thatcher para Gran Bretaña en los ’80 -fe en las fuerzas del mercado, voluntad para imponer la austeridad en el corto plazo en beneficio de la prosperidad a largo plazo, y escepticismo e, incluso, hostilidad hacia los costos fiscales y sociales del Estado de bienestar- prefiguró algunas de las políticas públicas que todavía recomiendan los reguladores alemanes y europeos, equivocadamente según los puntos de vista de muchos economistas, para los países europeos sureños en apuros.
Sin embargo, pocos de ellos, incluso en el duramente golpeado sur, han mostrado la fortaleza o la voluntad política para hacerles frente a las fuerzas arraigadas -sindicatos, empresas paraestatales, élites políticas incrustadas- que Thatcher sí enfrentó, y la crisis se prolonga sin que haya una solución.
Es una parte indeleble del legado de Thatcher que su éxito al rehacer a Gran Bretaña nunca haya acercado al continente a sus primos gruñones del extranjero. No obstante, ella sigue siendo el icono reverenciado del conservadurismo británico, un criterio para los verdaderos creyentes en el libre mercado y la habilidad del capitalismo para propagar la prosperidad en una forma en la que nunca podría hacerlo la redistribución socialista.
Al poco tiempo del anuncio de la muerte de Thatcher a la edad de 87 años, la reina Isabel II y Cameron rindieron tributo a lo que él llamó “una gran dirigente, una gran primera ministra, una gran británica”.
La oficina del primer ministro dijo que, de conformidad con los deseos de su familia, no se le haría un funeral de Estado a Thatcher, aunque se la enterraría con honores militares. Esa ceremonia se llevará a cabo en la catedral de San Pablo y los arreglos serán similares a los que se hicieron por la muerte de Diana, princesa de Gales, en un accidente automovilístico en París en 1997, y cuyo ataúd se transportó en un armón tirado por caballos, entre las multitudes en Londres.
El anterior primer ministro al que se le dispensaron honores similares fue Winston Churchill en 1965, una comparación que habla del sentido británico de Thatcher como un personaje histórico, y, como dijeron muchos de sus admiradores el lunes, como, quizá, la dirigente más grande de Gran Bretaña en tiempos de paz.
Thatcher fue la primera mujer primera ministra de Gran Bretaña, y estuvo en el cargo 11 años, a partir de 1979. Muchos británicos la recordaron como un personaje dominante, que causaba divisiones, cuyo impacto en la vida y la sociedad británicas ha sido duradero, aunque profundamente polémico en su momento, y cuya influencia penetrante en el pensamiento político en cuanto al papel del Estado en las sociedades libres se propagó muchísimo más allá de las costas de Gran Bretaña.
Junto con el entonces presidente Ronald Reagan, con quien ayudó a definir al conservadurismo moderno, Thatcher propagó una fe en el poder redentor del capitalismo que se volvió dominante en todo el mundo, y apresuró la caída del comunismo. Sin embargo, también ayudó a desatar a las fuerzas del mercado y aclarar los contratos sociales en formas que muchas sociedades todavía tienen que resolver.
Hasta el día de su muerte, dirigentes políticos, comentaristas y ciudadanos comunes desde Chipre hasta Grecia y Portugal, y en Estados Unidos, estaban enredados en enconados debates sobre las políticas que definen su legado. Esas contracorrientes siguen evolucionado en su propio país, un laboratorio bajo Cameron para las duras políticas de austeridad.
Desde que se retiró de la política en 1990, derrocada por la élite de su propio partido, Gran Bretaña ha labrado según su escepticismo sobre Europa, si acaso para alejarse más del continente. No fue partidaria de algunos de los principales vehículos de integración, la moneda euro y el acuerdo Schengen sobre el libre tránsito por las fronteras internas del continente. Cediendo a las fuerzas thatcherianas del euroescepticismo en su partido, Cameron prometió para 2017 un referendo sobre la membresía británica en la Unión Europea.
También se opuso al impulso europeo de restringir los bonos de los banqueros, así como a la imposición de impuestos más severos a las transacciones financieras en toda Europa. Esas medidas son anatema entre los conservadores de Cameron y en el sector financiero que está centrado en Londres, que ha fungido como fuente de la prosperidad, hoy asediada, de Gran Bretaña.
Si el lunes hubo algún símbolo del legado de Thatcher, ése fue el de un primer ministro británico que abandonó una proposición para Europa a fin de retornar a su hogar para lamentarse en un templo al euroescepticismo, cuya influencia todavía tironea muchas pasiones ideológicas.
En todo el mundo, la respuesta a la muerte de Thatcher pareció oscilar entre los polos similares. Muchos dirigentes y comentaristas extranjeros hablaron sobre ella como lo hizo el presidente Barack Obama, como “una de las grandes defensoras de la libertad”, y como el ejemplo para las mujeres de que “no hay ningún techo de vidrio que no se pueda hacer añicos”.
No obstante, hubo otros, particularmente en la izquierda política, que hablaron con amargura de la moda que se propagó por todo el mundo en el nombre del thatcherismo y, dijeron, relegó a millones sin recursos a las recompensas de la libre empresa de una vida de pobreza absoluta.