6 de julio de 2013 - 22:21

Mandela y Obama

Cuando Barack Obama asumió el poder presidencial en Estados Unidos, muchos pensaron que sería el sucedáneo norteamericano del sudafricano Nelson Mandela. Pero, a pesar de algunas coincidencias conceptuales, sus políticas, hasta el momento, están siendo -s

El otro día, cuando recopilaba material de despedida sobre Nelson Mandela, mientras se consume en un hospital de Pretoria, me topé con un librito titulado “Mandela’s Way” (La forma de hacer las cosas de Mandela). En este ejemplar de 2010, Rick Stengel, el escritor anónimo de la autobiografía de Mandela, extrajo “lecciones sobre la vida, el amor y la valentía” que aprendió de tres años en los que estuvo inmerso en la vida de Mandela.

Stengel, quien es editor administrativo de la revista Time, no pudo resistir comparar a su héroe con otro hijo de África, alto, sereno, portador de esperanza: Barack Obama.

“La autodisciplina de Obama, su disposición para escuchar y compartir el crédito, que incluyera a sus rivales en su gobierno y su creencia en que la gente quiere que se le expliquen las cosas, parecieran una versión de los valores y la imagen pública de Mandela del siglo XXI”, escribió. “Cualquier cosa que Mandela pueda pensar o no del nuevo presidente estadounidense, Obama es, en muchas formas, su verdadero sucesor en el escenario mundial”.

¿Demasiado, no es cierto? Bueno, no se puede decir que Stengel fuera el único en ese entonces en concederle al presidente estadounidense la estatura que apenas si empezaba a ganarse. El Comité del Nobel, que otorgara su premio de la Paz a Mandela por terminar con la obscenidad del apartheid, le confirió ese honor a Obama sólo por no ser George W. Bush.

Hombres distintos, países distintos, épocas distintas. Quizá ni siquiera Mandela –quien tuvo más éxito en liberar a Sudáfrica que en gobernarla– no podría haber estado a la altura de las infladas expectativas con las que se ha sobrecargado a Obama. Sin embargo, es interesante imaginar cómo podría ser diferente la presidencia de Obama si, en realidad, hubiera hecho las cosas al estilo de Mandela.

Mandela, durante su época en el escenario político, fue un hombre de una disciplina casi ascética. Sin embargo, también entendía cómo desplegar su autoridad moral con grandiosos gestos teatrales. Al enfrentar cargos por tratar de derrocar al Estado, que se castigaban con la pena de muerte, en el proceso de Rivonia, entró en el tribunal formal de Pretoria vestido con la tradicional Xhosa o capa de piel de leopardo para dramatizar que era un africano que entraba en la jurisdicción del hombre blanco. Y, luego, en esencia, confesó haber cometido el delito.

En 1995, Mandela, recién elegido presidente de un país todavía profundamente dividido, convirtió solo a la Copa Mundial de Rugby -la contienda deportiva más blanca de Sudáfrica, de tiempo atrás en la mira de los boicots antiapartheid- en un festival de armonía interracial. Fue, en resumen, lo opuesto a “nada de drama”.

El sentido que Obama tiene del teatro político alcanzó su punto máximo en su primera toma de posesión. En raras ocasiones despliega la emocionante realidad de que es el primer negro que está en ese cargo. Como nota mi colega de The New York Times, Peter Baker, “la carga de Obama, como él la percibe, distinta a la de Mandela, es hacer del hecho de que es negro algo intrascendente. Sólo entonces sus logros serán verdaderamente significativos”.

No obstante, creo que Mandela habría buscado una forma de establecer un vínculo cívico más emocionante, a partir del orgullo que sintieron muchos estadounidenses con este hito.

Mandela entendió que la política no es, principalmente, un deporte cerebral. Es un asunto de encanto, adulación, gestos simbólicos, escuchar con entusiasmo y pequeños favores. Por encima de todo, se trata de empatía. Para ayudar a ganarse a los afrikáneres, aprendió su dialecto holandés y les permitió conservar su himno nacional. En el caso de John Boehner, habría aprendido a jugar golf y se habría convertido en bebedor de merlot. “No se dirijan a su cerebro”, aconsejó Mandela a sus colegas, y, de seguro, lo habría hecho con Obama. “Diríjanse al corazón”.

Mandela fue un negociador consumado. Una vez que lograba que te sentaras a la mesa de negociaciones, no se iba a retirar con las manos vacías. Era experto en deducir qué tan lejos podría ir cada lado. Era paciente. Era oportunista y usaba cada crisis con buenos resultados. Entendía que media batalla es convencer a tu propio lado de que una concesión sería una victoria. Y estaba dispuesto a arriesgarse.

No envidio que Obama tenga que lidiar con los republicanos intransigentes o su propia base demandante, pero Mandela negoció con extremistas afrikáneres, nacionalistas zulúes y el gobierno blanco que lo encarceló durante 27 años. En comparación, el Tea Party, bueno, es una fiesta del té.

En general, Mandela parecía divertirse en grande. Quizá ello se debió (tristemente para su familia) a que el movimiento fue su vida. Estrechó cada mano como si estuviese descubriendo una nueva amistad y mantuvo un brillo en los ojos que decía: es divertido. Hemos tenido presidentes alegres, como Bill Clinton o Ronald Reagan. Es más frecuente que parezca que Obama considera al trabajo como una experiencia dura.

Ante todo, Mandela tenía un sentido claro de sus principios centrales: libertad, igualdad, imperio de la ley. Cambió la táctica, modificó las alianzas (un día el Partido Comunista, otro los oligarcas empresariales), pero nunca perdió de vista el objetivo máximo. Con justeza para Obama, Mandela tenía una causa de claridad moral incomparable.

Es raro que el presidente estadounidense sea tan afortunado como para encarar problemas tan, literalmente, en negro y blanco. Y si Obama deja la atención universal de la salud y la reforma a la inmigración –dos iniciativas que derrotaron sistemáticamente a los anteriores presidentes–, no será ningún legado pequeño. Sin embargo, díganme, ¿tienen un claro sentido de cuál es el propósito moral que motiva a nuestro presidente?

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