Desde que el ministro de Economía, Axel Kicillof, comenzó a comprender la gravedad que la inflación le había impreso a la economía argentina, comenzó a tomar una serie de decisiones tendientes a solucionar problemas, las cuales no cuajan y requieren de la mano experta del presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega.
El titular del BCRA sabe exactamente lo que hay que hacer pero no avanza más allá de sus funciones, advirtiéndole al ministro que las soluciones no son para siempre y son solo una ayuda transitoria para que desde el poder político se tomen las decisiones correctas en medio de un contexto con cierta estabilidad.
El problema de Kicillof es que todas son urgencias pero no puede solucionar todos los
problemas al mismo tiempo. Fábrega le aportó la devaluación para llevar el dólar a 8 pesos.
Entre esta solución, las liquidaciones de los exportadores y la obligación impuesta a los bancos para que reduzcan sus activos en dólares, ha conseguido tranquilizar el mercado cambiario.
También con la suba de la tasa de interés fue sacando excesos de circulante.
En las últimas semanas, la cotización en el oficial bajó de 8 pesos y en el paralelo la tendencia es a la baja. Con esta tranquilidad, el ministro terminó de redondear el acuerdo con Repsol por una cifra nominal de 5.000 millones de dólares. Por supuesto, también debe hacer malabares con sus propias declaraciones.
El ministro ahora niega haber dicho que no pagaría nada y que les exigiría a los españoles que pagaran compensaciones por daño ambiental.
Después del anuncio, tuvo que reconocer que los bonos que se emitirán serán por mayor cantidad para compensarle a la empresa la depreciación de los bonos y, luego de varios juegos de palabras, reconoció que se pagarán más de 5.000 millones, aunque afirmó que los intereses son más bajos que los que se pagan por comprar un electrodoméstico en cuotas.
El ministro cae en el ridículo con estas comparaciones que intenta para salir del paso. Las tasas que pagará la Argentina son mucho más altas que las que pagan los países de la región por financiamientos internacionales. Ningún país compra electrodomésticos en cuotas.
Tampoco fue feliz la forma en que se desentendió de los problemas actuales al decir que “Argentina sufre dolores de crecimiento”. En realidad, el problema de Kicillof es que está tomando medidas que contrarían su pensamiento más puro. Al principio aceptó la sugerencia de Cristina de “que no parezca un ajuste” y ahora que el ajuste es notorio, la consigna es “que no parezca ortodoxo”.
Los problemas que se vienen
Para el ministro, lo que viene es más complicado y si le sale bien podrá postular para hacer malabares en las esquinas. Porque está intentando hacer cosas en forma paulatina, pero se le mezclan los problemas.
En principio, todos en el gobierno reconocen que es insostenible el nivel de subsidios a los servicios públicos, pero quería hacerlo en un clima tranquilo. Dado que las paritarias están calientes, quiere que se definan las principales antes de marzo para poder hacerlo en ese momento. El gobierno no quiere que se le desborden las paritarias y tiene, en números, un techo real del 27 o 28% como máximo.
Luego de haber sincerado el índice de de precios de enero, el objetivo ideal del ministro sería que se sellen los acuerdos con los sindicatos antes de que se conozca el índice de febrero. Si bien hay una posición firme en torno a no reabrir la negociación, todos saben que si la inflación no puede ser domada, deberán acceder para evitar conflictos.
En el sector privado el problema es más serio. Algunos dieron algunas sumas fijas a cuenta pero no pueden comprometer mayores aumentos por la disminución fuerte en las ventas. Dirigentes con experiencia han llegado a decir que se piensa en posibilidades de despidos o suspensiones, aunque el mejor escenario se lo darían paros gremiales. Esos días no gastarían y, de paso, no engrosarían stocks que no se pueden vender.
Marzo es un mes complejo, ya que todavía no comienza la liquidación fuerte de divisas de exportaciones y el impacto generado por la devaluación y la suba de la tasa de interés ha conseguido frenar el dólar en 8 pesos, pero ha paralizado la economía. Muchos sectores dinámicos, como el automotriz, registran caídas del 20% y, sin crédito, es imposible pensar en una recuperación de corto plazo.
Con menor actividad la recaudación no remonta y por ello es fundamental bajar de la forma más rápida posible los subsidios. Por lo menos gastar menos ya que el año pasado los mismos crecieron un 34% y es insostenible. Los habitantes de la zona de capital y Gran Buenos serán los que tendrán que afrontar los mayores aumentos porcentuales, aunque siguen con la ventaja de que la tarifa sigue siendo la más baja del país. Pero sacar subsidios y aumentar tarifas no lo pueden hacer de repente porque implicaría un golpe al salario demasiado grande.
Pero en este juego de malabares, los funcionarios saben que el dólar a 8 pesos lo podrán sostener por poco tiempo y esperan que terminen las paritarias para volver a un esquema de flotación administrada, como funcionaba antes, evitando que se vuelvan producir tiempos de atraso cambiario.
Es que el gobierno necesita dólares y estos solo provienen del superávit comercial, que es imposible asegurar si el tipo de cambio está atrasado. También de los ingresos de capital, que no se producirán mientras la brecha entre el mercado negro y el oficial esté cercana al 50%.
El mayor desafío será atravesar el segundo trimestre en el cual se deberían sincerar muchos precios relativos y luego, en teoría, vendría un clima de mayor estabilidad, si es que el gobierno decide actuar con convicción para disminuir de manera significativa el déficit fiscal y bajar de forma importante las expectativas de inflación.
Si se dan estos escenarios, y más allá del folclore discursivo, Cristina podría retirarse con cierta paz en el gobierno y dejarles a sus sucesores un peronismo que no parezca impresentable ante los electores.