De pronto suena el despertador, el elemento de tortura más cínico que existe, porque encima tenés que comprarlo para que te haga sufrir y tenés que prepararlo vos mismo para que cumpla con su misión, que va en contra de nosotros mismos.
De pronto suena el despertador, el elemento de tortura más cínico que existe, porque encima tenés que comprarlo para que te haga sufrir y tenés que prepararlo vos mismo para que cumpla con su misión, que va en contra de nosotros mismos.
Suena el despertador y el tipo le pega una patada de coté a las sábanas, de refilón a su mujer, se incorpora con cara de bondiola cosecha 1956, toma impulso para pararse y ¡zas!... le entra un ataque bárbaro en las glándulas de la angustia porque… ¡pisó con el pie izquierdo! Claro augurio de que ese día, aunque sea viernes, ha de ser un día de miércoles.
Porque en el fondo el tipo es supersticioso. Y si bien, por fuera, racionalmente, intelectualmente, desprecia eso que para él son creencias estúpidas, se llega a arrugar aún en partes no televisivas cuando se le cruza por la calle un gato negro, cuando el almanaque decreta un martes trece o cuando chista cerca una lechuza (aunque sea de su familia).
Y si quiere mantener favorable un asunto toca un pedazo de madera que no tenga patas, y si le regalan una pata de conejo se pone chocho y cuando va al campo busca una herradura para llevársela, si es con caballo encima mejor.
Al tipo lo persiguen los atavismos tribales que le hacían temblar el garrote a su abuelo cavernícola. Entonces, cuando camina por la calle y ve una escalera atravesando la vereda, la rodea aunque se caiga a la acequia, alegando que lo hace por razones de seguridad aunque en realidad es por razones chuchísticas. Y cuando inaugura un negocio pone una ristra de ajos por algún lado, para contrarrestar la envidia, y cuando tiene algún bebé le encaja alguna cinta roja en alguna de las extremidades, y cuando derrama la sal se le arruga todo el almuerzo y cuando cree que el que viene es un mufoso se toca el del lado izquierdo de sus órganos genitales (los redondos).
Para que algo le salga bien, el tipo cruza los dedos, como si esta actitud alejara cualquier mufa que pueda alcanzarlo.
Entre los artistas es mufa salir a escena con una prenda amarilla y esto remeda al fin de Moliére, que cuando murió sobre el escenario dicen algunos llevaba una prenda de este color.
El martes trece es un día signado por la mala suerte y esto tiene que ver con la última cena de Cristo. Esta superstición tiene su origen en La Última Cena, en la que Cristo anuncia a sus Doce Apóstoles su inminente crucifixión debido a la traición de uno de ellos. Los comensales eran trece y ese número se le asigna a Judas, quien resultaría el autor de la traición. La maldición del martes viene por el Dios de la Guerra romano: Marte. El refranero español también se hace eco de esta superstición: “En trece y martes ni te cases ni te embarques”.
Tan arraigado está el martes y el trece en la cultura occidental que incluso existe una fobia para designar la aversión a tal fecha: la parascevedecatriafobia (no trate de leerla, yo lo he intentado y es imposible)
En fin, como dice la municipalidad: el que rompe la calle espejo tiene siete años de mala suerte. El tipo le echa la culpa a la suerte sin darse cuenta que suerte es el seudónimo que usa Dios cuando no quiere firmar.
Todos tenemos algo de esto. Todos arrugamos la frente cuando algo así sucede a nuestro alrededor. Menos yo. Yo no soy supersticioso porque trae mala suerte.