Pocas veces una semana trajo aparejadas tantas malas noticias para la política argentina. Se trata de hechos que descubren la concepción del poder que tienen quienes nos gobiernan; también de episodios donde la violencia aparece de alguna u otra forma y, a la vez, de situaciones que desnudan que mientras los partidos y los candidatos pujan por ganar las elecciones del domingo 27, el tejido social presenta signos de deterioro. Es pertinente entonces hacer un repaso de estas noticias por todos conocidas.
"Porque yo soy hijo de desaparecidos, porque yo pongo huevo. Porque yo tengo que estar donde tengo que estar bancando a los hijos de puta que quieren arruinar este país (sic)", le dice el primer candidato a diputado nacional por el Frente para la Victoria en la Ciudad de Buenos Aires, Juan Cabandié, a una agente de tránsito de la Municipalidad de Lomas de Zamora que le hizo una infracción por circular en su vehículo sin el último comprobante del seguro.
Esto es lo que se puede observar en un video filmado en febrero que "explotó" en las redes sociales el viernes de la semana pasada. Cabandié luego pide a un colaborador suyo -con quien habla por teléfono- que le diga a Martín Insaurralde, intendente de Lomas de Zamora y actual candidato K a diputado por la provincia de Buenos Aires, "que le apliquen un correctivo (a la agente de tránsito) porque es una desubicadita".
Las dos frases proferidas por Cabandié en un momento de enojo le jugaron una mala pasada porque desnudan que quien fue víctima de la dictadura -que le robó su identidad y asesinó a sus padres- exige un trato privilegiado ante la ley debido a su condición de hijo de desaparecidos, y no sólo eso: pide a sus amigos en el poder un "correctivo" para la empleada municipal, como si le fuera imposible borrar las enseñanzas que le inculcaron sus apropiadores, en este caso un oscuro comisario de la Federal.
Desde las filas de la oposición, otra hija de desaparecidos, Victoria Donda, le recordó que los niños -hoy adultos- nacidos en centros clandestinos de detención como Cabandié y ella misma, "no transpiramos agua bendita". El consejo es apropiado: Cabandié se negó a firmar la boleta de la infracción que le hizo la agente de tránsito y aseguró que pagará la multa "porque no soy como la vieja clase política", pero así y todo nunca la pagó, según informó la Municipalidad de Lomas.
El episodio Cabandié arrojó también luz sobre las divisiones que hoy son moneda corriente en el oficialismo nacional, que quedó envuelto en el desconcierto tras la derrota en las PASO y que tiene a su única líder, Cristina Kirchner, recuperándose de su reciente operación y alejada forzosamente de la política.
El dirigente de La Cámpora fue separado bruscamente de la campaña porteña del kirchnerismo. Primero Jorge Taina (candidato a legislador porteño) hizo mutis por el foro y luego Daniel Filmus (candidato a senador nacional) admitió que no fue correcta la reacción del joven camporista. Filmus está hoy en un brete porque pelea voto a voto con el opositor "Pino" Solanas la banca de la minoría en el Senado (el PRO tiene garantizada la victoria).
Cabandié debió aguantarse también que el propio Insaurralde demuestre su madera peronista-pragmática y reciba a la agente de tránsito que su municipio echó en agosto, le ofreciera reincorporarla y con sólo seis palabras tomara una distancia abrumadora de su futuro compañero de bancada: "Yo nunca maltrataría a una mujer".
Así, por unos días, Cabandié recibió el trato que el peronismo, que necesita cuidar los votos, le dispensa al vicepresidente de Cristina Kirchner, Amado Boudou, un hombre encapsulado por el círculo áurico presidencial para evitar que les haga pagar costos políticos a diez días de los comicios.
Pero esto no es todo. Cabandié adujo que fue inducido a pagar una coima por los gendarmes que el Gobierno sacó de las fronteras y dispuso en el conurbano bonaerense para combatir lo que hasta hace dos meses era sólo "sensación de inseguridad".
Sin embargo, no realizó una denuncia por el delito del que dice haber sido víctima y se demoró cinco días desde que estalló el affaire del video en pedir al Ministerio de Seguridad que tome medidas contra los uniformados que en plena campaña electoral difundieron el video registrado en el verano con un teléfono celular ("Es una operación contra el Gobierno o La Cámpora", dijo confundiendo ambas cosas como si realmente fueran lo mismo).
Así, Cabandié metió de lleno en el conflicto a Sergio Berni, el coronel que Cristina Kirchner designó como secretario de Seguridad y el hombre que maneja todas las fuerzas, entre ellas la Gendarmería, que el año pasado se rebeló por cuestiones salariales y suele darle dolores de cabeza al Ejecutivo.
Berni ya había protagonizado, a su pesar, el último tramo de la campaña previa a las PASO cuando acusó a Sergio Massa de tener vínculos con el prefecto que entró a su domicilio en Tigre a robarle, pese a que se trata de un oficial que depende de su órbita. Algunos encuestadores señalaron en aquel (hoy lejano) mes de agosto que fue ese hecho lo que terminó de catapultar a Massa a la victoria en las primarias.
Las disputas intra-kirchnerismo son cada vez más feroces. La última novedad es la operación político-mediática de parte del poderoso Carlos Zannini y de La Cámpora para instalar la candidatura de Sergio Urribarri (gobernador de Entre Ríos) para 2015 y su llegada, luego de las elecciones, a la Jefatura de Gabinete para relevar a Juan Manuel Abal Medina. Así, el cristinismo más rancio busca limitar a Daniel Scioli -a quien buena parte de los gobernadores y del gabinete ven como sucesor natural de la Presidenta- para conservar algo de poder en la transición o incluso después de ella.
La violencia también se coló en este final de campaña. El gobernador de Santa Fe, el socialista Antonio Bonfatti, recibió un fuertísimo mensaje mafioso: su casa fue atacada a balazos mientas él cenaba con su familia y llamados anónimos llegaron a la Justicia de su provincia advirtiendo que podría ser asesinado mientras recorría la autopista que une Rosario con la ciudad de Córdoba.
El socialismo relacionó inmediatamente dichas amenazas al accionar judicial que impulsa Bonfatti contra bandas narcos que pelean por el control de Rosario, un fenómeno que golpea no sólo a esta ciudad sino también a Córdoba y el conurbano bonaerense.
¿Qué pasó en los últimos años que el narcotráfico se anima a amedrentar al poder político? ¿Cuál es precisamente la línea que se cruzó? ¿Deberemos acostumbrarnos a la muerte de políticos como pasó en la Colombia de hace dos décadas?
¿Por qué la Argentina pasó a ser un país exportador de cocaína cuando siempre se lo consideró un país de tránsito y consumo? ¿Por qué no se termina la radarización de las fronteras y se deja a los gendarmes haciendo su trabajo en lugar de ponerlos a combatir la inseguridad ciudadana, tarea para la que no han sido preparados?
Otro tipo de violencia, de muchísimo menor calibre, también apareció estos días. El ex gobernador de Chaco Ángel Rozas, quien busca llegar al Senado de mano del radicalismo, fue atacado por una patota vinculada al PJ en un paraje de su provincia mientras estaba de campaña. La situación fue más dramática que los piedrazos que recibió al inicio de esta campaña la caravana de Sergio Massa en La Matanza pero tuvo menor difusión pública.
También en Córdoba fueron atacados militantes radicales y en Mendoza hubo pequeños incidentes de similares características.
¿Luego de treinta años de democracia es posible quedarse tranquilo frente a este deterioro de la convivencia política? ¿No debería ser al revés? Preguntas, éstas, que alarman todavía más por el grado de apatía con que las malas noticias comentadas son procesadas (como normales) por la dirigencia y la sociedad en su conjunto.