A las 3 de la mañana del 27 de diciembre de 2013, Axel Kicillof despertó con un llamado telefónico a Juan Carlos Fábrega, presidente del Banco Central. "Disculpame la hora", le dijo, "pero necesito que hoy me juntes, como sea, 300 millones de dólares para cancelar atrasos en los pagos a Bolivia. Si no, Evo (por Morales, el presidente boliviano) nos cortará el envío de gas.
Fábrega, que se había puesto la modesta meta inicial de llegar a fin de año con el mismo nivel de reservas con el que había asumido, se pasó ese viernes raspando ollas (recurrió, principalmente, al Banco Nación, que había presidido hasta hacía un mes) para evitar un corte de provisión que hubiera agravado la crisis energética.
¿Hasta dónde habían llegado los atrasos para que Bolivia amenazara con un corte? Fábrega no lo sabe. Le solucionó la urgencia a Kicillof e igual llegó a fin de 2013 con la sensación de haber parado la sangría de reservas.
Pero ese logro se deshizo en las primeras semanas de enero, cuando los dólares que el BCRA cuenta como suyos (pese a que unos cuantos miles de millones son depósitos de particulares en el sistema bancario y otra porción es la contraparte de deudas en divisas duras) cayeran por primera vez en ocho años por debajo de los 30.000 millones de dólares.
Para curarse en salud, el titular del Central ya avisó que en abril las "reservas internacionales" podrían ser inferiores a los 27.000 millones. Recién entonces podrían empezar a repuntar, con el ingreso de los "agrodólares".
¿Por qué, entonces, Kicillof está negociando en Francia el pago de la deuda al "Club de París", justo cuando las divisas más escasean? Porque, más que pagar, lo que el crisnerismo busca es reabrir la puerta al crédito internacional y usar a éste de muleta para atravesar los próximos dos años sin que una crisis macroeconómica se lo lleve puesto.
La negociación se enmarca en el "Decreto de Necesidad y Urgencia" 1394, anunciado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) el 2 de setiembre de 2008 y publicado al día siguiente en el Boletín Oficial con su firma y la de su entonces jefe de Gabinete, Sergio Massa.
Cuando anunció el DNU, en un acto por el día de la Industria en la Casa Rosada, CFK hizo un silencio expectante. Los asistentes (gobernadores, funcionarios, sindicalistas, empresarios) tardaron unos instantes en reaccionar, luego empezaron a aplaudir. CFK estiró su silencio y escudriñó el salón con la mirada.
Entonces todos se levantaron de sus sillas para aplaudir de parados y más enfáticamente. Más de cinco años después, la "necesidad" y la "urgencia" siguen tan vigentes como la hipocresía y la sobredosis de obsecuencia de aquel montaje escénico.
La excusa oficial por la que no se pudo realizar la operación fue la crisis financiera que se desató diez días después, con la quiebra de Lehman Brothers. Pero el nudo que nunca se pudo desatar tenía que ver con cuestiones caras al "Relato". Para acordar un plan de pagos, el Club exigía la auditoría del Fondo Monetario Internacional (FMI).
El entonces embajador en Washington y hoy canciller Héctor Timerman, hizo creer a CFK que podía salvar esa condición gracias a los oficios de Michael Froman, un contacto suyo de la comunidad judía norteamericana y "sherpa" de Barack Obama en las cumbres del G-20, pero no llegó lejos.
Cinco años después, el kirchnerismo está más urgido que antes por normalizar las relaciones con la "comunidad financiera internacional". Hace ya un rato EEUU y algunos países europeos le votan en contra en la concesión de préstamos del Banco Mundial, y ya hay pedidos para recortarle poder y crédito también en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), del que el gobierno recibió un promedio de 1.300 millones de dólares anuales de crédito en el trienio 2011-13 y proyecta recibir otros 3.000 millones entre 2014 y 2015.
Kicillof corre contra el tiempo y la reputación y debe suplir la falta de credibilidad pagando contado y caro. Por eso se habla de una cuota inicial del 20% del total a refinanciar y de garantías reales, como la constitución de un fideicomiso. Una muestra de la desesperación oficial por evitar un desmadre es el canje que ofreció a los bancos locales para cambiar los bonos Bocan (que vencen a fin de mes) por otro bono en pesos, con vencimiento en 2019.
A cambio, claro, de una tasa que hoy, aun con las tasas activas por debajo de la tasa de inflación, llega al 24% anual. Léase bien: el Gobierno está dispuesto a pagar ese costo (que en el futuro será mucho mayor si, como es muy probable, aumentan las tasas activas) para patear el pago de un bono en pesos. Ni hablar de dólares.
En medio de la urgencia, el chiste. Jorge Capitanich no quiere que se hable del dólar "blue" porque es "ilegal" y "existen serias sospechas" de que por allí se blanquea dinero malhabido, hasta del narcotráfico". Lo dice el jefe de Gabinete del gobierno que instrumentó el blanqueo de capitales más amplio de la historia y, de yapa, una "exteriorización de activos", todavía vigente, por la que creó tres formas (Cedin, Baade y Pade) de dólar trucho.
El mismo bajo el cual prosperó como nunca la "industria" del juego y que castiga con inflación de dos dígitos y tasas de interés negativas (inferiores a la inflación) a quien mantenga sus saldos y ahorros en pesos, por no hablar de corrupción y enriquecimientos inexplicables de gobernantes y amigos.
No son casuales dos noticias recientes: 1) con una recaudación fiscal del 37,3% del PBI, la Argentina es ya el país con mayor presión tributaria de América Latina; y 2) La Justicia Federal de EEUU inició un proceso por lavado de dinero con billetes de cien dólares provenientes de la Argentina.
Del juicio, de nombre extravagante ("US vs 4.245.800 in Mutilated United States Currency") y en el que declaró el cambista Alfredo Piano, surge no sólo que el nuestro es uno de los países del mundo donde más se acumula moneda norteamericana (casi el 11% del total de la que circula fuera de los EEUU) sino el campeón de los dólares "mutilados" o en mal estado.
Cuando un gobierno le saca cada vez más a la sociedad, le da poco y mal en contrapartida y se dedica a destruir su moneda, llegando incluso a institucionalizar la mentira estadística. Cualquier refugio es preferible a lo que cada vez valdrá menos.
Si el crisnerismo no lo entiende, la negociación de Kicilllof en París será en vano, y Fábrega seguirá recibiendo llamadas a mala hora.
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.