Cuando se insiste en "profundizar" lo que -en el mejor de los casos- necesita reajustarse, repararse, mejorarse, actualizar en sus desactualizaciones, etc., etc., se corre el riesgo de caricaturizar aquello que se defiende. No es normal, no es sano que frente a cualquier problema la única respuesta sea la de pegar un salto hacia adelante, en vez de intentar resolver el problema.
La única respuesta que tiene el gobierno cristinista cuando alguna dificultad campea en su horizonte es la de apretar el acelerador al máximo en la misma dirección de la dificultad. Como si "dificultando" de manera más acelerada acabara con la dificultad.
El engañador engañado. Quien esto escribe supo conocer en sus años mozos a un estudiante universitario que cada vez que lo aplazaban en una materia, enojado, decía que para la segunda vez estudiaría la mitad de lo poco que acababa de estudiar.
Por supuesto, lo aplazaban de nuevo y a cada aplazo respondía estudiando aún menos. No obstante, llegaba, casi siempre, un momento en que de tanto presentarse a rendir -ya sea por hartazgo de los profesores o porque de tanto presentarse al examen el muchacho ya sabía, no la materia pero sí las respuestas básicas- terminaba aprobando, raspando con un cuatro. Eso sí, aún aprobándola, el joven jamás en su vida sabría de qué se trató la materia que jamás estudió. Hasta que pensó más en estudiar que en aprobar.
El salto hacia adelante, profundizando el error que llevó al fracaso, siempre es un salto hacia la nada, aunque al principio la insistencia en el error le permita al insistente -precisamente por insistente- disimular el error por un tiempo. Hasta que todo estalle peor que nunca, cuando la voluntad subjetiva choque contra la pared objetiva, que nunca dejó de estar ahí aunque se la haya ocultado o disimulado a través de un falso relato con el que más que engañar a los demás, se engañó a sí mismo el relator.
La inmadurez de Maduro. Si Hugo Chávez era histriónico, al menos conocía el latir del sentimiento popular y los suyos le creían, ya sea por agradecimiento, por carisma o por fe, pero le creían. Con cero de carisma o talento, su heredero Nicolás Maduro decidió multiplicar hasta lo payasesco el ya bastante caricaturesco estilo de Chávez, pero los chavistas cada vez le creen menos. Ni siquiera le creyeron lo del famoso "pajarico".
Y no por ateísmo o escepticismo, sino porque para los creyentes verdaderos en Chávez -sobre todo la gente más humilde a la que él reivindicó- la fe en el líder muerto es algo demasiado serio para que se la tome a la chacota. O sea, los que menos le creen a Maduro son los que aún creyendo que Chávez pudiera reencarnar hasta en un pajarito, se dan cuenta que Maduro los está cuenteando, porque no son tontos y saben que este presidente no cree en la fe popular, sino que cree que el pueblo es estúpido por tener fe.
Chávez se burlaba de todo el mundo, cayendo mil veces en el agravio, pero no se burlaba de sus seguidores, con los cuales estableció un gran lazo afectivo. Sus herederos, en cambio, sí se burlan. Por eso Maduro comete la locura de decir que sabe quiénes son los chavistas que no lo votaron, con lo cual admite que la elección fue fraudulenta porque se eliminó su condición de secreta.
Sin embargo, lo más seguro es que Maduro no tenga esos datos, pero diga tenerlos para así asustar a los que no lo votaron y que nadie más los tome de ejemplo. Otra vez pensando que el pueblo es estúpido, y que se lo puede manejar con la mentira, el miedo o el falso uso de la fe. Y eso es porque en el fondo, son ellos, los herederos de Chávez, los que están aterrados con el pueblo. Incluso le tienen más miedo a los chavistas que se les están dando vuelta por sus imposturas, que a los opositores de siempre.
En vez de poner el freno e intentar un cambio, la única respuesta que tiene el presidente es la de profundizar el error. En vez de moderar o llamar al diálogo en una sociedad que además de dividida se está tornando ingobernable (no tanto por la oposición, sino cada vez más por la oposición interna que se está gestando dentro del partido oficial) saca el ejército a las calles para supuestamente luchar contra la inseguridad, cuando lo que quiere es controlar a sus adversarios. Pero cuando se da cuenta que el ejército le responde más a otros jefes chavistas que a él, amenaza al propio ejército con sacar milicias obreras armadas a la calle.
O sea, convoca a la violencia de todos contra todos con la inconsciencia propia del delirante. Algo que no se convierte en tragedia porque esta caricatura de Chávez que es Maduro tiene demasiados problemas con la incapacidad de proveer papel higiénico a la población como para dirigir una guerra. Hasta ahora todo parece más chiquilinada que otra cosa, pero la farsa, cuando se está en el poder, siempre puede devenir tragedia.
Los garca-populistas. En la Argentina cosas similares vienen ocurriendo en el sentido de un populismo que cada vez desconfía más del pueblo, en la medida que la sociedad ya no le responde igual que antes. Es en ese preciso momento en que los populistas que dicen representar al pueblo se vuelven aristocratizantes, mejor dicho oligarquizantes y empiezan a tratar a la gente común como a estúpidos manipulados por sus enemigos, frente a lo cual ofrecen como única respuesta la de intentar manipularlos ellos. El problema no es dejar de manipular al pueblo, sino el de ver quién lo manipula mejor.
Así, el gobierno, convencido de que el éxito del programa dominical de Jorge Lanata tiene que ver con la estupidización general producida por los medios de comunicación lavadores de cerebro, la respuesta que ofrece es la competir en el mismo horario cambiando la hora de los partidos de fútbol, creyendo que la gente caerá en la estúpida maniobra.
Hasta uno de los más talentosos escritores argentinos -el Alejandro Dolina que nos regaló, entre otras maravillas, la sabiduría de su Ángel Gris- se mete en esta estéril pelea y le aconseja así a Lanata:
"Cuidado con la televisión Jorge, porque la gente cree todo lo que escucha". Otra vez la mirada elitista, pero esta vez en un hombre que supo auscultar como nadie el alma popular y su sabiduría intrínseca. Ahora Dolina se convence de que los que lo critican al gobierno que él defiende, son manipuladores que engañan a un pueblo fácil de engañar con sólo ofrecerles algunas mentiras por tevé. Exactamente lo contrario de lo que nos decía en sus escritos. Es triste que quien nos enseñó a amar el sentir de la gente sencilla, ahora, por defender a un gobierno, crea que el pueblo es estúpido o estupidizable.
En un extensísimo documento a favor del gobierno, el colectivo de intelectuales llamado "Carta Abierta" intenta deslegitimar toda denuncia sobre corrupción con enrevesados argumentos, entre los cuales uno de los más patéticos es el de considerar al programa de Lanata como el "aliento fétido de la regresión neoliberal que sale de la pantalla impúdica los domingos por la noche". Pero considerar neoliberales o golpistas a los críticos del gobierno no es casi nada, en comparación con lo que Carta Abierta sugiere después: que Lanata es la expresión mediática de un proceso que ocurre en la Argentina de hoy parecido al del nazismo en la Alemania de los años '30, cuando se comenzó atacando a los judíos por avaros y corruptos, de modo equivalente al que se intenta hacer acá con Lázaro Báez o Néstor Kirchner.
O sea, la sociedad argentina -por criticar cada vez más la corrupción- se estaría nazificando y las principales víctimas serían el gobierno y los capitalistas amigos del gobierno. El documento agrega la siguiente singular frase, donde ubica en una parte del pueblo "el huevo de la serpiente", el origen del mal: "Estas porciones no siempre pequeñas de la población... son multitudes disconformes de su propio lenguaje democrático, que no dudamos que lo tienen, pero como posesión particularista, sin animarse a definir lo democrático como lo justo y lo justo como la contingencia donde hay que decidir a favor del bien público siempre".
La frase, como todo el documento, es ininteligible para alguien no entrenado en la sociología o filosofía crípticas, pero lo que quiere decir es que los sectores del pueblo que se oponen a este gobierno sólo lo hacen desde la defensa de sus intereses particulares (con lo cual son presa fácil de las corporaciones, de los golpistas y de los aspirantes a nazis), mientras que los que defienden al gobierno (en particular los de "Carta Abierta") no piensan en sus intereses sino en "favor del bien público".
Otra vez un grupo de élite que en nombre de sus saberes intelectuales -pero sobre todo en nombre de su cercanía al poder oficial- se tapa la nariz y desprecia al pueblo, que de seguir amaestrado por Lanata y los medios, terminará gritando Viva Hitler. Y contra eso puro circo, meta fútbol nomás, que se juegue a la madrugada si es necesario, con tal de que el pueblo deje de ver lo que no le conviene.
En síntesis, extraña paradoja esta conversión -que ocurre a la vez en la Argentina y Venezuela-, donde las élites gobernantes, pese a considerarse orgullosamente populistas, se van convenciendo de que el pueblo es estúpido y por eso quieren luchar contra la supuesta estupidización ajena con la estupidización propia. Nada Maduros, muy inmaduros.