Es tiempo de guerra en España. Algunos medios lo niegan, diciendo que es una postura catastrofista y, que, en realidad, es sólo una lucha contra una pandemia brutal.
Es tiempo de guerra en España. Algunos medios lo niegan, diciendo que es una postura catastrofista y, que, en realidad, es sólo una lucha contra una pandemia brutal.
Yo pienso que es una guerra. Porque soy de la generación que vivió y sufrió Malvinas. Y el Beagle. Un hermano mío, cuando defendió con su batallón en el sur argentino, padeció episodios de gravedad psicológica y tuvieron que resucitarle una mano antes de congelarse. Y la sacó barato. Ya sabemos el resto. Afortunadamente, el vergonzoso y absurdo conflicto terminó antes de arribar a las ahora “Falkland Island”. Da asco nombrarlas así. Estamos hablando de jóvenes que dormían en sus cuartos calientes, y escuchaban a músicos de rock de los ochenta y, de repente, trasplantados a un paisaje desolador, amanecían entre cabras, y su cortina musical era el sonido de metralla. La prensa nos engañó durante todo ese tiempo de terror.
Aquí, en Madrid, como en las guerras, también hay caos informativo, la realidad se parapeta en los bulos y decir exceso, es poco. No hay claridad sobre el número de muertos: se dispone de una cifra en hospitales pero se desconoce el de los decesos en las casas de familia. Ni hablar de los geriátricos donde el virus parece haberse ensañado como un monstruo invisible que se mete en cuerpos añosos, fulminándolos.
Hay guerra en los hospitales colapsados. Y es esta guerra, la que vivimos en Madrid, epicentro de la epidemia en el país y de una vorágine informativa que desconcierta, alienta y desalienta, por partes iguales.
Es una guerra, como aquella, de desmantelamiento. Sin instrumental, ni equipamiento adecuado, muchos médicos y personal sanitario, han caído, trompeados por el coronavirus. Muchos han muerto al intentar salvar. Los que sobreviven, día a día, con un coraje que ciega al miedo y una solidaridad que sobrecoge, cosen a mano sus trajes o reciclan las bolsas de residuos para poder reponer lo que no llega o no alcanza. Se tiene la sensación que nada es suficiente, pese a los denodados esfuerzos. Por supuesto, derechas e izquierdas -sobre todo derechas- ponen el punto en las íes todo el tiempo, como una marcha fúnebre, apuntando con el dedo los fallos e ignorando su inexcusable culpabilidad en el desarme previo de la sanidad española.
¿Cómo no recordar Malvinas en este escenario de guerra, en estas fechas, cómo, con toda esta carga analógica? Cómo no ponerse otra vez, viendo este panorama tan triste, tan desolador, en el recuerdo de aquellos muchachos de 18 ó 19 años, calzados con zapatillas de tenis y uniformes raídos, pobrísimos, cayendo exterminados ante un enemigo de rayos infrarrojos, sofisticados uniformes térmicos y chalecos antibalas, siendo drogados antes de ir a batalla, violados, decapitados por sanguinarios gurkas…
Siempre estaremos en deuda con ellos. Argentina lo está. Yo lo estoy.
Como estamos y estaremos en deuda con el personal sanitario, con la ciencia, si logramos sobrevivir a esto.
La lucha continúa, exigir, en todas partes, que la dignidad no se negocie y que el coraje de recordar a tantas víctimas, de un extremo a otro del mundo, no sea también un cementerio de almas, sepultadas, en otra guerra infame.