3 de agosto de 2014 - 00:00

Madagascar, una isla que no es noticia

Con un ecosistema exclusivo, el país isleño contiene el mayor porcentaje de especies vegetales y animales que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta. Su desafío ecológico es paralelo al desafío político del Oriente Medio. Aquí la lucha es por p

Con lo loco que está el mundo, traté de escapar de las noticias. No me dio resultado.

He estado haciendo un sondeo ecológico de Madagascar, el país isleño frente a la costa oriental de África, que contiene el mayor porcentaje de especies vegetales y animales que no se encuentran en ninguna otra parte del planeta. Todas estas especies están, en cierta medida, en peligro de extinción. Mi guía en este viaje es Russ Mittermeier, presidente de Conservación Internacional y uno de los primatólogos más destacados del mundo. El otro día vimos algo que ni siquiera Mittermeier, que ha estado viniendo aquí desde hace 30 años, había visto antes.

Estábamos recorriendo la reserva del Berenty, una de las últimas tajadas del espinoso desierto del sur de Madagascar, un ecosistema caracterizado por plantas cactáceas altas y delgadas, exclusivas de Madagascar. Este bosque es el hogar de los lémures sifaca: primates blancos y vellosos, con unas ancas muy largas que les permiten brincar de árbol en árbol como canguros. Es un misterio cómo estos lémures pueden brincar de un árbol vertical con afiladas púas a otro sin empalarse.

Después de caminar por el bosque durante horas, detectando un lémur por aquí y otro por allá, llegamos a una arboleda particularmente densa y miramos hacia arriba. Ahí, a unos diez metros de altura, había nueve sifacas acurrucados en dos grupos para darse calor -cuatro en uno y cinco en otro- mirándonos fijamente. Parecían como si los hubiera dibujado un artista de Disney: demasiado lindos, blancos y esponjosos para ser algo más que el producto de una fábrica de juguetes. “Había visto dos o tres acurrucados, pero nunca un grupo entero como ése”, comentó Mittermeier esa noche. “Hubiera podido tomar toda una tarjeta de fotografías. No quería irme de ahí”.

Ninguno de nosotros quería irse. Pero no era solo porque nunca antes habíamos visto algo parecido. Era porque sabíamos que jamás íbamos a verlo de nuevo; que nadie más lo vería, en especial nuestros hijos. ¿Por qué? Echemos un vistazo a las tendencias: Madagascar ya ha perdido más del 90 por ciento de su vegetación natural a causa de la deforestación, la mayor parte en el curso del último siglo, particularmente en los últimos decenios, precisó Mittermeier. “Lo que queda está muy fragmentado y no debidamente protegido, a pesar de que Madagascar cuenta con una red nacional de parques y reservas”.

Y eso me lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué hay en las noticias?

Últimamente he visitado y escrito mucho sobre Ucrania y el Medio Oriente. Los trágicos eventos que se han desarrollado ahí son noticias reales, dignas de la atención de todo el mundo. Pero donde fallan los medios informativos es en cubrir las grandes tendencias; las tendencias que en un día determinado no significan gran cosa pero que, con el tiempo, pueden ser más significativas que cualquier cosa que podamos imaginar ahora.

Es una lástima que nunca veremos este titular: “El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió en sesión de emergencia para analizar el hecho de que Madagascar, uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo, perdió otro punto porcentual de sus especies vegetales y animales”. O éste: “El secretario de Estado John Kerry interrumpió hoy sus vacaciones para dirigirse a Madagascar, donde tratará de negociar un alto al fuego entre taladores, cazadores furtivos, mineros y agricultores que amenazan con devorar los últimos fragmentos de los bosques de Madagascar y el pequeño grupo de dedicados ambientalistas que tratan de protegerlos”.

Ya que eso nunca va a suceder, debemos pensar en la forma de proteger este mundo natural único con los limitados recursos que se tienen al alcance. La respuesta la sabemos en teoría: un sistema nacional de parques y reservas naturales bien manejado es esencial pues, dadas las tendencias actuales, cualquier cosa afuera de esas zonas protegidas será devorada por el desarrollo y el crecimiento demográfico.

Para Madagascar, esto es de particular importancia pues sin sus bosques no podrán sobrevivir sus maravillosos animales y plantas, que son un gusto en sí mismos pero que también generan ingresos por turismo en este país increíblemente pobre. Y la gente tampoco podría sobrevivir. Estos bosques mantienen el abasto sustentable de agua limpia y de tierras que requiere la población en crecimiento de Madagascar.

“Tenemos que preservar este ambiente natural”, me dijo en una entrevista Hery Rajaonarimampianina, presidente de Madagascar. “Una de mis políticas principales es fomentar el ecoturismo. Esto puede generar muchos empleos. El problema es que la pobreza de la gente le hace destruir su ambiente. Eso es muy triste”.

El desafío ecológico de Madagascar es paralelo al desafío político del Oriente Medio. Aquí la lucha es por preservar la diversidad natural de Madagascar para que su pueblo tenga la resistencia, las herramientas y las opciones para alcanzar un futuro decente. Un sistema diverso en la naturaleza es mucho más resistente y adaptable al cambio. Los monocultivos son enormemente propensos a las enfermedades. Pueden ser destruidos por completo por plagas y eventos meteorológicos a los que pueden resistir los policultivos.

En el Oriente Medio de hoy en día, empero, están siendo barridos los últimos vestigios de países y comunidades multiculturales. Los cristianos están huyendo del mundo árabe-musulmán. Los yihadistas islámicos de Siria e Irak decapitan a quienes no se convierten a su versión puritana del Islam. Los judíos y los palestinos, los chiítas y los sunitas se obligan unos a otros a vivir en guetos cada vez más cerrados. Así pues, una tierra otrora rica en diversidad humana, tanto étnica como religiosa, se está volviendo un conjunto de monocultivos, enormemente susceptible a enfermedades: a ideas enfermas.

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