12 de enero de 2026 - 10:26

Lucía Valentina Rosalez, Reina de San Martín: la menor de 5 hermanos, una "embajadora de barrio" y con sueños claros

Tiene 19 años, viene de una familia numerosa de Ingeniero Giagnoni y combina gimnasio, estudio y formación técnica con la reciente responsabilidad de representar a su departamento. Habla sin estridencias, con claridad y una convicción simple: hacer las cosas bien, paso a paso.

La Fiesta de la Vendimia de San Martín ya pasó. La elección, las luces, el escenario, la coronación y la emoción quedaron en la memoria reciente de la comunidad. Pero el foco hoy no está en el festejo, sino en ella: Lucía Valentina Rosalez, la joven de 19 años que representó a Ingeniero Giagnoni y que desde ese momento quedó en el centro de la escena pública. Sin embargo, la verdadera dimensión de quién es Lucía se entiende lejos del ruido, cuando habla de su familia, su barrio, sus estudios y sus expectativas personales.

Lucía mide 1,67, tiene ojos verdes, cabello castaño y un aire sereno. No necesita impostar nada: la seguridad no aparece como pose, sino como resultado de un camino que viene construyendo desde muy chica alrededor del estudio, la disciplina y el deseo de formarse. Terminó la secundaria en la Escuela Técnica José de San Martín y obtuvo el título de Maestro Mayor de Obras, algo que la marcó académicamente y que todavía hoy sigue impulsando sus decisiones. “Quiero seguir capacitándome y cursar el Pre de Arquitectura ”, dice, como quien habla de algo que no es aspiración, sino rumbo.

Su historia familiar explica, en parte, esa forma de estar en el mundo. “En mi familia somos siete integrantes; yo soy la menor de cinco hermanos”, cuenta. Es una casa llena, con dinámicas intensas, miradas distintas, historias que conviven, y también con un fuerte sentido de acompañamiento. Lucía lo siente. Lo reconoce. Y lo agradece. Ese sostén fue clave tanto en su etapa de formación como en este presente en el que, además de estudiar, representa a todo un departamento.

Su rutina es menos romántica que muchas fantasías sobre lo que es “ser reina” y mucho más humana. “Me levanto, desayuno, voy al gimnasio, estudio y luego hago el almuerzo. No soy muy buena, no me gusta en realidad cocinar, pero hago mi mejor esfuerzo”, dice entre risas. Después vuelve a estudiar. Durante estos últimos meses estuvo realizando un posgrado de verificación sísmica, extendiendo así la base técnica que ya traía. Hay en esa combinación de cosas algo muy revelador: Lucía es una joven común, con días parecidos a los de cualquier chica de su edad, pero con una cuota especial de constancia y orientación clara hacia el conocimiento.

Lucía Valentina Rosalez, la reina de San Martín. (Gentileza Marcelo Roux) 2

Su idea de futuro tampoco se altera demasiado frente a su rol público actual. No idealiza, no dramatiza. “No van a cambiar mucho mis planes. Tal vez mis horarios estén un poquito más divididos, pero la idea es cumplir con todo”, explica. Y ahí aparece un rasgo que se repite: sabe que representa a muchos, pero no está dispuesta a abandonar lo que la define como persona, aquello que le da identidad más allá de la corona: su formación, su esfuerzo y su proyecto de vida.

Respecto a la gente, Lucía se muestra sorprendida y agradecida. “No me piden mucho… pero me acompañan con muchísimo cariño”, dice. Ese cariño lo siente en la calle, en su barrio, entre vecinos, amigos, comerciantes. Y sí, reconoce entre risas que hay una petición recurrente: que vaya por la corona nacional. La acompañan, la empujan, la sostienen. Ella recibe ese afecto sin presión, casi como combustible emocional para transitar esta etapa.

Hoy vive un tiempo particular: el después de la fiesta pero el antes de lo que viene. “Siento felicidad, gratitud y entusiasmo. Tengo muchas ganas de conocer gente nueva, y ya lo estoy haciendo. Me están acompañando y guiando en todo, y quiero disfrutar a full esta experiencia tan linda y única”, resume.

Incluso cuando se le pregunta sobre debates más amplios —como la participación de mujeres de mayor edad en vendimias departamentales— su respuesta vuelve a mostrar su manera de pensar: sin prejuicios, con sensatez y comprensión social. “La edad es solamente un número. Lo que importa es el compromiso, las ganas de aportar a la sociedad y la predisposición”, afirma. Es una respuesta sencilla, pero no menor. Revela una mirada madura para alguien de 19 años.

Cuando habla de expectativas, vuelve a algo esencial: disfrutar, vivir con intensidad pero también con consciencia, sabiendo que este es un momento único que algún día será recuerdo. “Quiero disfrutar a full y quedarme con todos los lindos recuerdos que voy a llevar por siempre en mi corazón”, dice.

En definitiva, más que una figura pública, Lucía aparece como un retrato nítido de muchas chicas de su generación: estudiosas, disciplinadas, afectivas, conectadas con su comunidad, con los pies en la tierra y la mirada puesta en construir su futuro. La fiesta fue el punto de partida visible. Lo verdaderamente importante empieza ahora, en ese cotidiano donde volverá a levantarse temprano, estudiar, esforzarse y seguir avanzando. Porque ahí, lejos de los escenarios, es donde Lucía se vuelve, de verdad, protagonista.

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