23 de febrero de 2020 - 00:00

Los wichis y el espanto - Por Jorge Sosa

Lo que vive este pueblo ahora no es pobreza, es una miseria de las más miserables, y está a la vista de todos.

Santa Victoria Este es el lugar del espanto. Hay otros, pero este se ha viralizado de una manera extensa y profunda. Allí viven los integrantes de la comunidad wichi, y es el lugar donde están muriendo muchos niños por desnutrición y otros están en estado delicado.

Uno ve las imágenes y no puede entender cómo podemos permitir que compatriotas nuestros, hermanos nuestros, puedan vivir en tal estado de carencia.

Ni agua tienen. Los reservorios de agua son antiguos tanques que contuvieron nafta y no han sido descontaminados, tanques a cielo abierto,  con todos los peligros que esto acarrea. El agua es salada y posiblemente contenga componentes peligrosísimos para la salud, como el arsénico.

Es una ofensa a la vida: ver las condiciones en las que están, daña a los ojos. Eso no es pobreza, es una miseria de las más miserables, y está a la vista, no se oculta, se deja ver, y así muestra toda la enorme gama de carencias.

No tienen para comer. Antiguamente los hombres salían al bosque a buscar alimento y alguito traían para ir tirando. Ahora los bosques están alambrados y no pueden entrar.

Viven en chozas hechas con palos y hojas, y algún plástico que por ahí pueden conseguir. Adentro se amontonan los colchones para tirar por el suelo cuando llega la noche, porque no tienen espacio, su espacio es el afuera y el afuera suele ser terriblemente despiadado.

Suelen ser familias numerosas, con varios niños que están desnutridos. Yo diría todos, aunque hay casos extremos. Las madres dan de mamar a sus pequeños hasta los dos años para que tengan un alimento al menos paliativo.

Las enfermedades los persiguen y los alcanzan apenas andan, porque no tienen forma de defenderse. El dengue y otras epidemias están en continuo acecho y encuentran un terreno propicio para sus malignas intenciones.

Para ir a un hospital tienen que caminar kilómetros. No hay caminos que los unan con la llamada ‘‘civilización’’. Están a la buena de Dios y a veces la buena suele ser muy mala.

Alguna vez fueron una comunidad importante. Se los llamaba también “matacos”.   La palabra wichi significa “gente o pueblo” y refiere tanto al idioma como al pueblo. Porque fueron un pueblo, con idioma propio que aún hablan los más ancianos. Habitaban parte del llamado Chaco Central o Chaco Austral en América del Sur y comprendía su territorio, parte de la Argentina, de Bolivia y de Paraguay donde ya están extinguidos. Y tal vez es eso lo que se pretenda, que dejen de existir, que dejen de molestar con sus reclamos de vida. Están en estado desesperante y no reciben ayuda o la reciben de vez en cuando y esto no sirve para paliar la infamia. Hay organizaciones que los asisten, todas civiles, pero no logran controlar semejante insensatez con sus escasos recursos.

Hay otros pueblos, como los tobas, que están sufriendo parecidas carencias y nada hace que los encargados de cuidarlos, quiero decir los gobiernos de turno, hagan algo para que esta situación se termine de una buena vez.

Santa Victoria se llama el lugar y parece una paradoja ¿Qué victoria? Ahí es todo derrota. No podemos permanecer indiferentes ante esta situación de gente tan argentina como nosotros. Pidamos, exijamos, reclamemos para que alguna partecita de los presupuestos provinciales vayan a reparar tanto daño.

No hay mucho tiempo, pueden llegar a desaparecer. Por favor, algunos gramitos de piedad.

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