28 de febrero de 2020 - 00:00

Los voceros del inconsciente K - Por Héctor Ghiretti

Notable ha sido el indisimulado regocijo de referentes y militantes del kirchnerismo por la muerte del juez Claudio Bonadio, a cargo de las causas que más complican a la vicepresidente de la Nación. Más notable aún si se considera que como sector político se consideran integrantes y herederos del movimiento político que asumió, con justa razón, la infame pintada “Viva el cáncer” como un agravio imperdonable.

Parece inevitable alegrarse por el revés sufrido por el adversario. Sobre todo si es irreversible. Conservo el recuerdo vívido del relato que mi padre hiciera del momento en que su padre se enteró por radio de la ejecución de Benito Mussolini. Otra cosa es hacer pública y notoria esa alegría. ¿Es esto una pura exteriorización o cumple alguna función?

Durante los años que viví en una región sometida a la influencia del nacionalismo vasco aprendí varias lecciones políticas valiosas. Entre su intenso activismo y el bombardeo propagandístico destacaba siempre la opinión y las declaraciones estridentes de Xabier Arzalluz, presidente del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en dos ocasiones.

Contra lo que podía parecer, las declaraciones de Arzalluz, que iban del más crudo cinismo a la completa desvergüenza y parecían casi siempre imprudentes, no despertaban rechazo entre sus militantes y simpatizantes, sino una cálida pero discreta aceptación.

Diciendo a voz en cuello lo que los nacionalistas pensaban pero no se atrevían a confesar, Arzalluz cumplía varias funciones: oficiaba como válvula de escape de tensiones internas en la opinión pública; entraba en sintonía con las bases del partido y provocaba la reacción airada y escandalizada del adversario.

Al concentrar en sí el rechazo opositor, liberaba el proceder de los verdaderos tomadores de decisiones de su partido y representaba a sectores radicalizados, que operaban como factor de presión adicional sobre sus adversarios.

Arzalluz explicaba la relación entre el nacionalismo moderado del PNV y los asesinos de ETA del siguiente modo: “No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas”.

Existe un plano más profundo de explicación, que sirve para enlazar estas funciones diversas. Para explicar el punto me valdré de algunos elementos del psicoanálisis. Asumo conscientemente el riesgo de provocar la reprobación de los expertos, que muy probablemente verán en este ensayo una teorización “a la violeta”.

Para el nacionalismo vasco, de carácter emotivista e identitario, Arzalluz cumplía un rol valiosísimo: era el portavoz de su “ello”, de su inconsciente colectivo. Un enlace con lo más profundo. Según la teoría psicoanalítica en el ello se encuentran “los instintos, deseos y experiencias traumáticas. Es el enlace entre lo somático o corporal y lo mental.

El principio que rige su actividad es el principio de placer y los mecanismos o procesos que dominan en él son los procesos primarios.” (Del Diccionario de Psicología Científica y Filosófica)

Todo movimiento u organización política requiere de heraldos y voceros de su inconsciente colectivo: es una concesión imprescindible a la necesidad de que afloren las pasiones reales por debajo de los discursos principistas, altamente formalizados, concebidos según la corrección política.

El kirchnerismo posee una mayor necesidad de estos voceros. Ha tenido varios a lo largo de su evolución como fenómeno político. Hoy es Dalbón, el excéntrico abogado de Cristina. Antes fueron Luis D’Elía, Aníbal Fernández, Guillermo Moreno, Dady Brieva y Hebe de Bonafini, entre otros.

¿La razón? Muy sencilla: la enorme distancia que existe entre su “superyo”, que contiene el ideal de sí, su conciencia moral y crítica, su autoproyección, y su “ello”.

El kirchnerismo es un relato aspiracional relativamente ambicioso con unos resultados concretos extremadamente pobres.

Es un estrepitoso fracaso: una de las formas de la frustración nacional.

La conciencia de esos resultados, que en caso de poseer una entidad suficiente podrían constituirse en el “yo” -tercer elemento de la teoría psicoanalítica de la personalidad, que da equilibrio y síntesis al superyo y el ello- es demasiado débil para cumplir su función: no puede aportar lo que Freud denomina “principio de realidad”.

Sin un contrapeso que lo balancee, el superyo colectivo del kirchnerismo deviene declamación hipócrita y vacía, puro “relato”. El equilibrio lo provee la externalización del ello, que compensa con cinismo la ausencia del yo y, en consecuencia, del principio de realidad.

La distancia que existe ente cinismo y realidad, en el caso del kirchnerismo, se parece bastante a la que existe entre voluntad de poder y proyecto político. Para realizar el segundo hace falta la primera, pero no tiene entidad para sustituirlo.

Nos sobran cínicos. Nos faltan realistas.

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