Durante los festejos del Centenario llegaron al país numerosas personalidades, entre ellas George Clemenceau. El médico galo acababa de finalizar su primer mandato como primer ministro de Francia, magistratura que volvería a ocupar entre 1917 y 1920, convirtiéndose en una de las caras del Tratado de Versalles, punto final a la Gran Guerra. Sobre su travesía por estas tierras dejó una serie de notas, entre las que leemos: "No parece que ninguna revolución amenace a la Argentina".
Sin embargo se temía a un movimiento. Se habían tomado precauciones para poner a salvo los depósitos de armas. Y cuando preguntaba sobre la razón de una eventual tentativa de insurrección, se me respondía invariablemente que nadie sabía nada y que había sin duda descontentos (...) Me permitiré decir solamente a nuestros amigos argentinos que, en ningún país del mundo tiene caida el temor al exceso en la vigilancia e intervención de las administraciones…"
Sus palabras nos llevan a palpar ese temor a la inestabilidad gubernamental característico y que toma, en la actualidad, por voceros, a personajes de la talla de Eugenio Zaffaroni y Hebe de Bonafini. Además, en 1910 el movimiento justicialista no existía, por lo que el temor a que caiga un gobierno posee raíces profundas, anteriores al mito de que "sólo un presidente peronista puede garantizar la gobernabilidad".
Esta creencia sobre los "superpoderes peronistas" se construyó a lo largo del siglo XX. Desde su aparición como movimiento, ningún presidente democrático de otra vertiente política logró terminar su mandato en tiempo y forma. Así, Arturo Frondizi hacia 1962 y Arturo Illia en 1966, fueron derrocados por golpes militares, mientras que Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa abandonaron sus magistraturas en medio de crisis económicas y sociales.
Sin embargo, en la construcción del mito, se dejó de lado que el mismísimo Juan Domingo Perón fue derrocado en 1955. Además, Estela "Isabelita" Martínez corrió con la misma suerte en 1976.
Ante semejantes antecedentes históricos las desafortunadas palabras de Zaffaroni, quien la semana pasada deseó al presidente Mauricio Macri "que se vaya cuanto antes", toman un cariz aún más deplorable, configurando una muestra más del compromiso inexistente con el orden democrático y la Nación que poseen los constructores del relato kirchnerista.
Desde estas declaraciones podemos dar un vuelco hacia el pasado. En junio de 1966, en el famoso Patio de las Palmeras, treinta granaderos se atrincheraron para defender la investidura presidencial y nuestra democracia. Aliberto Rodrigáñez Riccheri, al mando del Regimiento, se rindió por pedido explícito de Illia y a continuación, un mar de inadaptados condujeron a Don Arturo y a nuestra Constitución hacia la puerta de la Casa Rosada.
Este tipo de episodios evocados por los Zaffaroni, las Hebe y los D'Elía, son parte del pasado. Muchos argentinos estamos esperanzados en que la historia no se repita. En ser parte de una generación republicanamente próspera, cuando el temor a las interrupciones institucionales dejen de existir por completo.w