5 de enero de 2018 - 00:00

Los Reyes Magos en el devenir - Por Rosa T. Guaycochea de Onofri

La llegada anual de los tres reyes de Oriente a lomo de camellos cargados de regalos es un juego, pero no así el hecho histórico narrado en el Evangelio de Mateo. La adoración de los Magos al Niño que acaba de nacer, la estrella que los guía hasta Belén, son parte del Evangelio de la Natividad.

Estos "magos venidos de Oriente" han sido entendidos como sabios astrónomos, -persas o babilónicos-, que interpretaban los signos estelares. Su ciencia y su sabiduría alcanzan la culminación, junto a la alegría de los pastores, con ese acto de adoración tributado al Rey del Universo que ha venido al mundo. Es su Epifanía. Los nombres, Melchor, Gaspar, Baltazar, son muy tempranos: un mosaico mural de San Apolinario Nuevo (Ravena, Italia) del siglo V pero reconstruido modernamente, sería la primera imagen en que aparecen. Con un aspecto de hombres jóvenes, se diferencian ya por el cabello como de tres edades distintas.

Así se los representó en pinturas y esculturas a lo largo de la Edad Media, como caballeros vestidos a la usanza de la época.

No está dicho en el texto sagrado que los magos fuesen tres, pero el Arca de los Reyes Magos, reliquia principal de la Catedral de Colonia (Alemania), custodia los huesos de tres hombres. El número puede haber surgido de una manera lógica de los dones ofrecidos: oro, incienso y mirra.

Hubo un proceso en la caracterización individual de cada personaje, que nos lleva a identificarlos con las tres edades del hombre: juventud, madurez, vejez y a la vez, con los continentes entonces conocidos: África, Europa, Asia. Hoy podríamos agregar un cuarto rey, niño, representando a América.

La evolución iconográfica ha respondido a las interpretaciones, valores e intereses de cada momento y, desde luego, a la imaginación creadora de los artistas. En este sentido la mayor riqueza se despliega en el Renacimiento y resulta del mismo proceso general de crecimiento de la individualidad que define al Humanismo.

Sin duda una obra crucial en lo iconográfico, lo artístico y lo histórico es el fresco que Benozzo Gozzoli pintó en la Capilla del Palacio de la familia Médicis en Florencia (Italia), conocido más tarde como Palacio Médicis-Riccardi (en la imagen).

Los sucesos que Benozzo fija en esos muros conforman una imagen insuperable de la vida florentina del Cuatrocientos pero además eterniza unos sucesos que, como todos habremos estudiado, marcan el inicio de la Edad Moderna. Sucesos hoy presentes en la vida política mundial.

Lo que ahora corresponde designar en propiedad como el Cortejo de los Reyes Magos se desarrolla en tres de las paredes de la capilla envolviendo el altar de la Natividad.

Mi ponderación de la belleza y el interés de esa pintura no agregaría nada a su fama. Me detengo en aquello que la hace un documento tan particular, a partir de la circunstancia en que se ejecuta y los sucesos y personajes en que se inspira el artista.

En 1439 se había realizado un Concilio en Florencia en procura de la reunión de la Iglesia Oriental y la Iglesia de Roma para unir fuerzas contra la amenaza turca que se ejercía sobre Constantinopla y el Mediterráneo oriental y ponía en jaque a la civilización occidental. El encuentro se hizo en el Palacio de Cosme de Médicis que recibió a sus invitados, el Papa Eugenio IV, el Emperador de Oriente Juan VII Paleólogo y el Patriarca de Constantinopla, José. La unidad conseguida no pudo evitar la catástrofe. Como sabemos, en 1453 el Imperio de Oriente sucumbió ante el asedio turco. Ello dio lugar a una nueva convocatoria a los príncipes cristianos del Papa Pío II, en Verona.

A su paso por Florencia, el Papa y algunos príncipes se alojaron en el palacio de Cosme. En 1459 Benozzo es convocado para decorar la capilla y en ella evoca el fasto de aquellos sucesos, mezclándolos y conformando un multitudinario desfile de hombres, caballos y animales salvajes, en un paisaje de fantasía, donde brillan las riquísimas vestimentas y enjaezados.

De manera maravillosa, en la pintura los magos de Oriente se encarnan en Juan VII y el Patriarca José y, para el tercer rey el artista tomó como modelo a un adolescente Lorenzo de Médicis, hijo de Pietro, dueño del palacio en ese momento.

La notoria diferencia de edades de los magos ya ha aparecido por ejemplo en Massaccio y Gentile da Fabiano, pero queda nítidamente fijada aquí: un viejo (José), uno de mediana edad y un tanto moreno (Juan VII) y uno joven y muy rubio (Lorenzo).

Se trata de un juego "para encantar a los niños de la familia" (Piero Bargellini, Le Palais et les fresques de Benozzo Gozzoli. Roma, 1963).
Pero Benozzo hace algo más: entre las figuras del séquito del Duque de Milán, y cerca de Lorenzo, ubica a un servidor negro. El personaje capta la atención por su exotismo.

Los artistas debieron apreciarlo. En famosas pinturas posteriores (Memling, Durero), un joven rey negro toma el lugar de Lorenzo. Con ello se alcanza la definición completa de los magos como personificación de las razas humanas, es decir, como representantes de la entera humanidad.

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