La naturaleza nos dotó de dos ojos y salvo que uno tenga algún problema, los usa todo el día a destajo, solo les da descanso por la noche, aunque no del todo, porque están los sueños, y los sueños, aun con los ojos cerrados, se ven y a veces se ven en colores, que no es poca vista.
Así también aparecen los problemas con la vista, que son muchos, a tal punto que hay varias ramas de la medicina que atienden estos problemas, con precios tan convenientes que uno tiene ganas de hacerse operar aunque no tenga nada.
Los pueblos del Lejano Oriente hablan de un tercer ojo que estaría en el medio de la frente por el cual, aquellos dotados para la tarea, pueden vislumbrar el futuro. No sé si enterarse del futuro es bueno, por lo menos eso estarán pensando los del gobierno de Macri. Un amigo mío dice que la naturaleza debió ser más previsora y habernos dotado de un ojo en la nuca, así uno no solamente puede controlar lo que está al frente sino lo que nos queda atrás. Entonces uno no tendría que darse vuelta para observar en su totalidad a esa señorita que pasó y que como drugstore, es chiquita pero tiene de todo, porque podría observar sin que nadie se dé cuenta de que está observando.
Uno de esos problemas es la presbicia, que viene con el tiempo. De tanto usar los faros los faros van perdiendo nitidez y no alumbran bien el camino.
Entonces aparecen los lentes. Los lentes es un nombre que deriva de las lentes, adminículos transparentes que aumentan la capacidad de visión no para que leamos el prospecto de algún medicamente, porque para tanto no les da, pero mejora bastante el panorama que uno tiene enfrente.
Los lentes o las lentes son antiquísimos /as, dicen algunos escarbadores de pasados que ya los faraones egipcios los usaban. No es posible preguntarles a los faraones porque al parecer no quedó uno ni para momia, pero puede que sea cierto.
Tienen algunos inconvenientes que no me es dable soslayar porque me ocurren a mí, diariamente. Primero: se ensucian. Se ensucian de una manera abultada, casi diría prepotente. Entonces uno mira a través de sus lentes y ve que su amigo Carlitos tiene una nube en la pelada, pero no es que le estén lloviendo las ideas, es la mugre de los lentes.
Segundo problema: se pierden. En algún momento uno tiene que sacárselos porque no le son necesarios. El problema es acordarse en dónde se los sacó. Si uno no ve es muy difícil encontrar donde está lo que no ve. No es como el teléfono celular cuando se pierde, porque uno marca el número del celular en el fijo y la alarma botona ubica al perdido. Con el lente no hay caso, no es cuestión de chiflarlo para que aparezca como uno hace con el perro. Tiene que encontrarlo, y es tarea difícil ver sin ver.
Ahora los hay de distintas formas y tamaños. Hay lentes prolijos, adustos, que son los que usan los profesores de filosofía, por ejemplo, y los hay de formas juguetonas, con colores que llaman la atención a cuadra y media. Se da la contradicción de que el principal motivo del gasto que uno hace en la óptica no es el objetivo de mayor valor. Porque lo importante son los cristales, y a veces ocurre que el marco cuesta mucho más que lo que es más útil.
Agradecidos debemos estar a la nariz y a las orejas que nos permiten sostenerlos sin que se nos escapen. No sé qué haríamos sin estos adminículos carísticos.
Los lentes, una habitualidad de los días de muchos, tal vez con el tiempo se inventen que nos hagan ver la realidad más linda de lo que es. Tal vez, y ojalá.