18 de agosto de 2018 - 00:00

Los gorriones de Vivaldi - Por Jorge Sosa

Hay músicos ambulantes que se ganan el día repartiendo melodías y bien merecerían un teatro lleno.

La ciudad está llena de sorpresas por todos lados; algunas desagradables y otras muy amenas, reconfortantes. No es fácil ser ciudadano, porque existen situaciones de convivencias muy adversas: el lío del tránsito que cada vez se vuelve más caótico, por ejemplo, a tal punto que manejar en el Centro es un albur que puede terminar con alguna chapa doblada. Cruzar la calle en algunos lugares es un emprendimiento que requiere cierta valentía. Por ejemplo, cruzar la calle Colón en horas de mayor tránsito. Uno no sabe si va a terminar ileso en esa incursión de apenas quince metros.

Las veredas de la ciudad esconden sus baldosas flojas o falta de ellas, entonces caminar es andar con el zapato escoriado por las dificultades del terreno.

A veces caminar se hace difícil, porque hay tanta gente en el Centro que uno debe pasar eludiendo semejantes, entonces la línea recta es una utopía.

Pero así como ocurren circunstancias adversas también existen de las otras, de las que renuevan el espíritu y nos sacan una sonrisa entre tanta seriedad de cemento.

Los músicos ambulantes son una de ellas. Bueno, no tan ambulantes porque cada uno encuentra un lugar atractivo para establecerse y entonces vuelven a esos lugares todos los días.

Los hay de todas las calañas: solistas, dúos, cantautores, grupos y de todos los estilos. Están los románticos que sacan a relucir sus melódicas pistas grabadas y sobre ellas imprimen su voz; están los que se acompañan ellos mismos (la guitarra es un lugar común); están los que solamente se valen de un instrumento. Dentro de estos la variedad es enorme: flautas, guitarras, violines, acordeones, instrumentos de viento, y varios etcéteras más.

Se ganan el día repartiendo melodías y si bien hay algunos que deberían perfeccionar un poco sus actuaciones, hay otros que demuestran un virtuosismo que bien merecería un teatro lleno. He escuchado a varios de ellos con atención, porque realmente hacen las cosas bien, que dignifican ese camino de vocación que han elegido.

Los he visto soportar estoicamente los días rigurosos que nos ha regalado este invierno sin mermar en su tarea y me he preguntado cómo hacen para que no se les congelen los dedos sobre el diapasón de una guitarra con las temperaturas bajo cero.

Pero ellos insisten. Vuelve a asociarse con Mozart, Beethoven, Vivaldi, Hilario Cuadros, Luis Miguel o los Beatles. Entonces uno pasa y se siente acariciado por alguna melodía y aunque no se dé cuenta cambia de ánimo, la ciudad es otra. Se le desprenden los sonidos de estos gorriones urbanos que se ponen ahí al frente de todos para reclamar solo unos segundos de nuestros oídos.

Sacan unos pocos pesos de transeúntes con el corazón blandito y con eso se conforman y vuelven a su tarea de todos los días, que para ellos es un trabajo, simplemente un trabajo.

Que se nos desprendan algunos papelitos con la cara de Belgrano para retribuir la atención para agradecerles, noblemente, eso que ellos regalan con tanta nobleza.

Si está apurado por algo, en uno de esos días, engáñelo al apuro y quédese unos minutos, no mucho, dos o tres, bebiendo de esos manantiales que tiene la ciudad para los sedientos de espíritu.

En fin: ¡Otra, maestro! ¡Otra!

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