En sus comentarios sobre el asesinato de James Foley, el periodista estadounidense decapitado por los terroristas del Estado Islámico, el presidente Barack Obama condenó a sus asesinos, debidamente, llamándolos un "cáncer" del Oriente Medio y del mundo.
Pero también encontró lugar para hacer una condena al más puro estilo de Obama: "Una cosa en la que todos podemos estar de acuerdo", afirmó, es que la sanguinaria visión de lo que aspira a ser un califato "no tiene lugar en el siglo XXI".
La idea de que los enemigos y rivales de Estados Unidos no son solo moralmente deficientes sino que también están mal ubicados cronológicamente, de que son viajeros del tiempo confundidos que necesitan dar marcha atrás a su DeLorean, ha sido un elemento discursivo de este gobierno desde hace mucho tiempo.
Vladimir Putin, Bashar Al Assad y otros tiranos en general han recibido la condena, en diferentes contextos, por estar en el temido "lado equivocado de la historia".
Hace unos meses, el secretario de Estado John Kerry enmarcó la aventura de Putin en Crimea en el mismo lenguaje que usó Obama la semana pasada: "Conductas del siglo XIX en el XXI", condenadas de antemano por su anacronismo.
Esas figuras retóricas tienen una buena dosis de estupidez. Aunque en lo que se refiere al Estado Islámico contienen un pequeño, aunque muy importante, grano de verdad.
La estupidez comienza con el hecho de que la historia de la democracia liberal es inseparable del "constante surgimiento de contra-ideologías que aparecen como reacción contraria", como señala Abram Shulsky en The American Interest.
Ya sean reaccionarias o utópicas, seglares o religiosas, estas contra-ideologías son tan modernas, a su manera, como la proclamación de emancipación o la carta constitutiva de la Organización de Naciones Unidas.
Tanto el nacionalismo anti-liberal como el fundamentalismo islámico son más jóvenes que Estados Unidos. No son solo retrocesos o reliquias del pasado; son contra-fuerzas que la modernidad liberal convoca, al parecer, de manera inevitable.
Así pues, descartar a los oponentes de Occidente como simples resabios del pasado es una buena manera de no entenderlos y de no ver las persistentes características de la naturaleza humana que explotan, a las que apelan y que recompensan.
Esas características no son solo la pasión por la violencia y la ambición de poder, sino también el anhelo de una causa trascendente, cosa que las sociedades liberales tienen dificultades para satisfacer.
Como alega Michael Brendan Dougherty, de The Week, que analiza a los europeos que se han afiliado al Estado Islámico, el "orden demasiado humano" del liberalismo -que privilegia al sobrio, al industrioso y al ligeramente aburrido- simplemente "no es para todo el mundo". Ni tampoco, como es lo más probable, lo llegará a ser, ni en este siglo, ni en el XXII ni más allá.
¿Por qué la actual dominación del liberalismo es más bien contingente y no necesaria, y por qué sus victorias pasadas generalmente han sido muy estrechas?
El arco de la historia, otra de las frases favoritas de Obama, a veces se ha inclinado hacia los pogromos y la esclavitud, el totalitarismo y el genocidio, la aniquilación nuclear (para los cristianos y yazidíes del Oriente Medio, sigue inclinado hacia la aniquilación aun en la actualidad.)
Los ideales de la democracia y los derechos humanos tienen ascendencia en nuestra época pero su avance sigue dependiendo de nuestra agenda, estrategia y auto-sacrificio, sin importar qué fecha muestre el calendario.
Y aun así: a pesar de perpetuar varias falacias reconfortantes, la narrativa de la Casa Blanca sobre los favoritos de la historia señala un punto importante sobre la debilidad central de los enemigos a los que nos enfrentamos hoy.
Eso es porque, aunque la historia en sí no toma partido, mucha gente de todo el mundo comparte el impulso de Obama: quiere sentir que la historia está de su lado.
Así, las contra-ideologías que han tenido más éxito, los rivales más amenazadores del liberalismo, siempre han logrado dar la impresión de que sus ideas están del lado ganador de la historia, y que son los débiles liberales y demócratas los anticuados y obsoletos.
Esto obviamente se aplicó al marxismo-leninismo, pero también al fascismo. Los fascistas fueron reaccionarios, en cierto sentido, por sus llamados al pasado mítico del imperio romano y del teutónico.
Pero ofrecían mucho más que nostalgia. Lo que el difunto Christopher Hitchens llamó "la energía movilizadora del fascismo" era inseparable de una visión de eficiencia, tecnología y desarrollo.
Esa visión contribuyó a que muchos europeos (y algunos estadounidenses) se convencieran de que Mussolini e incluso Hitler estaban a la vanguardia de la historia, de que el futuro se estaba forjando en Roma y Berlín.
Afortunadamente para nosotros, ese tipo de energía básicamente está ausente en las contra-ideologías de hoy, y en particular del sui generis califato, cuya brutalidad quedó de manifiesto la semana pasada.
El término "islamo-fascista", popularizado después de los atentados terroristas de 2001, era impreciso pues les daba demasiado crédito a grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico.
Aunque sepan usar internet para difundir su propaganda, por otra parte carecen del futurismo reaccionario, del matrimonio entre el romanticismo y la eficiencia industrial, que hicieran al fascismo atractivo para tanta gente.
Eso no significa que sus ideas estén destinadas a desaparecer. Su lugar en nuestro siglo, en nuestra era, está asegurado. Podemos aplastarlos militarmente, matar y dispersar a sus adherentes, pero las variantes de Al Qaeda y del Estado Islámico perdurarán en tanto perdure el liberalismo.
Pero para aspirar a la maestría, para que nos amenacen como nos amenazaron los nazis y los comunistas, necesitan hacer más para demostrar, mediante su constante depredación, que la historia no necesariamente tiene un destino.
Necesitarían convencer al mundo de que, de algún modo, el arco de la historia está a punto de inclinarse hacia ellos.