Los duelistas: dos políticos, a los sablazos 

Incluso antes de ser independientes el duelo fue una práctica común entre nuestros dirigentes.

Los duelistas: dos políticos, a los sablazos 
Los duelistas: dos políticos, a los sablazos 

El duelo es la civilización de la venganza", escribió con sabiduría Leopoldo Lugones. Lamentablemente esta práctica fue común y atravesó nuestra historia durante más de cien años. Los hombres se batían no por valentía, sino más bien por miedo a parecer cobardes. "¿Tiene coraje quien se expone a morir en un duelo? Más coraje demuestra quien se niega a batirse", afirmó la revista "Caras y Caretas" en 1932.

Domingo Faustino Sarmiento los consideró como "el arte caballeresco de practicar a mansalva un crimen honorable". Y tuvo la valentía de rechazar uno cuando Nicolás Calvo -hermano mayor del diplomático Carlos Calvo- lo desafió públicamente. Mandó de inmediato a sus padrinos notificando al maestro. Sarmiento los recibió con cortesía, pero no les respondió. Esa misma tarde lo hizo a través de la prensa. Escribió: "Señor Calvo: acepto el desafío a que usted me provoca. Hora: doce del día. Lugar: la plaza 25 de Mayo. Padrinos: el jefe de policía y el señor arzobispo. ¡No sea zonzo!". 

En definitiva se debía poseer una fuerte personalidad para no aceptar un duelo y no dejarse llevar por el "qué dirán". Algo verdaderamente poco frecuente. En su libro "Honor y duelo en la Argentina Moderna" Sandra Gayol contabilizó un total de 2.417 duelos de honor en nuestro país. Todos ocurridos entre 1869 y 1971. Sin embargo la práctica es muy anterior. 

El general José María Paz dejó testimonios al respecto en sus memorias. Hacia 1812 Juan Carreto y el coronel José Moldes se retaron. Ambos eran subordinados del general Manuel Belgrano quien impidió que se llevase a cabo. Pocos años más tarde Juan Galo Lavalle y Juan O’Brien se batieron a sablazos en Mendoza. Eran parte del Ejército de Los Andes y San Martín sí permitió la práctica. O’Brien fue herido en una de sus muñecas.

Finalizando el siglo XIX el duelo mutó en una experiencia bastante común entre los políticos. Tal fue el caso de Hipólito Yrigoyen y Lisandro de la Torre que se enfrentaron.

Don Lisandro era por entonces un joven cercano a los treinta años. Harto del ya latente personalismo yrigoyeniano renunció a la Unión Cívica Radical. Antes de dar el portazo no se guardó nada:

"El Partido Radical -señaló- ha tenido en su seno una influencia hostil y perturbadora, la del señor Hipólito Yrigoyen, influencia oculta y perseverante que ha operado lo mismo antes y después de la muerte del doctor Alem, que, destruye en estos instantes la gran política de la coalición, anteponiendo a los intereses del país y a los intereses del partido, sentimientos pequeños e inconfesables".

Ante semejantes declaraciones su contrincante lo retó a duelo. Durante el amanecer del 6 de septiembre de 1897 se encontraron frente a frente en los galpones portuarios de las Catalinas, al Sur de Buenos Aires.

El arma seleccionada fue el sable. De la Torre era excelso esgrimista. Yrigoyen -que jamás había utilizado el sable- sólo lo superaba en obesidad y años. 

Practicó algunas horas para tratar de llevar el asunto lo mejor posible. Aun así, no sufrió ni un rasguño. Lisandro terminó bañado en su propia sangre. 

"Ambos duelistas -cuenta un testigo- peleaban a matarse". Era lógico. Habían sido amigos íntimos. De la Torre recibió un tajo cuya huella escondió por el resto de su vida bajo su barba. Los padrinos terminaron la contienda tras media hora y cuando Lisandro ofreció su mano a Hipólito éste lo miró con desprecio y se retiró.

El duelo se repitió en 1916, las armas fueron esta vez los comicios. Durante las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal masculino, secreto y obligatorio De la Torre fue el candidato del Partido Demócrata y enfrentó a Yrigoyen, representante ilustre de la UCR. Como sabemos, nuevamente venció el radical.   

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