Como el bebé que aprende a caminar sobreponiéndose a los golpes de sus primeros intentos, el ser humano ha avanzado en su desarrollo siguiendo la misma línea de pensamiento resumida por Kant, “acrecentar el conocimiento y purgar los errores”.
Como el bebé que aprende a caminar sobreponiéndose a los golpes de sus primeros intentos, el ser humano ha avanzado en su desarrollo siguiendo la misma línea de pensamiento resumida por Kant, “acrecentar el conocimiento y purgar los errores”.
En el último año la humanidad parece verse acorralada en casa por la información que recibe sobre el calentamiento global y el cambio climático, las nuevas amenazas de una potencial nueva guerra mundial y la globalización de una epidemia viral que se transformó en pandemia.
Información que llega a apabullarnos a través de los medios de comunicación.
Pero el conocimiento y la experiencia son más fuertes, y en estos tiempos de coronavirus se expuso la cantidad de información “basura” circulando por las redes sociales y la necesidad de chequearlas en fuentes responsables con profesionales relacionados a la temática en cuestión y no las emanadas por “profesionales” advenedizos con poca ética profesional e irresponsabilidad social creyéndose expertos en “todo” y “la voz del conocimiento”.
Un pequeño repaso
Es necesario recuperar el papel de los centros de investigación, consejos profesionales y centros de altos estudios como fuentes de información confiable y segura para los medios, la política y la gente en general.
Que las escuelas enseñen a sus alumnos a desconfiar de los mensajes sensacionalistas que bombardean desde las redes y que aprendan a ser lo suficientemente humildes como para decir: “No sé, pero ya lo averiguaré”.
Por eso creo que la sociedad en estos días y ante esta situación de estrés social que representa el quedarse en casa, reconocer las limitaciones de la vida moderna y la necesidad de abrazar a sus seres queridos, está por dar un salto importante en el conocimiento.
Quizás, ese salto ayudará también a reconocer con humildad que lo que llamamos mundo no es más que nuestra aldea global y que lo que en ella hagamos mal, seremos nosotros los principales afectados, no la tierra.
La tierra nos acoge, pero no nos necesita para seguir su historia de tectónica de placas, volcanes y terremotos, creación y destrucción de vida. El ser humano precisa de ella para desarrollar su mundo y es a ese mundo al que se debe. Mundo donde todos somos uno y uno somos todo.
En el último año, la humanidad está presenciando el más pequeño de los mundos que probablemente haya conocido, visto o imaginado en sus miles de años de historia.
Un mundo donde cada día es más evidente que la tierra y el mundo son cosas diferentes.
Tierra y mundo
La tierra tiene 4.500 millones de años y a lo largo de su historia ha creado mares y montañas, desarrollando la vida, y ha extinguido especies enteras de animales o plantas.
Su energía interna se expresa en fuerzas naturales como terremotos, volcanes o tsunamis, cuyas capacidades de creación o destrucción son inconmensurables para esa especie llamada homo sapiens.
El mundo, por el contrario, es la parte de la tierra conocida por el ser humano, limitándose a unos pocos kilómetros cuadrados hace 15.000 años pero que hoy la abarca por completo; aunque tan solo superficialmente y desde una visión limitada al mismo conocimiento del ser humano.
Vale aclarar que abarcar la tierra representó enfrentar grandes desafíos para ese ser humano. Debió controlar el fuego y el agua, los minerales y los vegetales, el tiempo y el espacio.
En esa lucha de supervivencia para abarcar la tierra hubo, como en todo desarrollo, aciertos y desaciertos. El ser humano desarrolló idiomas y aprendió a transcribirlos para registrar la historia y difundir el conocimiento, investigó la vida para curar a los enfermos, e inventó las matemáticas y la física para poder crear vehículos, casas, transformar la energía y prácticamente todo lo que nos rodea.
Pero en esa lucha continua llevó también a la desaparición de especies animales y plantas, y afectó la calidad del ambiente donde vive, incluyendo aguas, suelos y aire.
La curva del conocimiento
Hoy participamos de foros virtuales de fútbol, ciencia, medioambiente, literatura y tantos otros como una realidad asumida y necesaria.
Olvidándonos que llegar a este punto fue el fruto de esa lucha constante del ser humano a lo largo de mucho más de 15.000 años por sobrevivir, crecer, desarrollarse y abarcar tanto éste como nuevos mundos en el espacio exterior.
Entendiendo que el conocimiento no es algo que se adquiere de un día para otro.
Le llevó al ser humano mucho tiempo entender que las piedras a su alrededor podrían transformarse en herramientas para la caza primero y la labranza después o que la comunicación era necesaria para coordinar estrategias de cacería o supervivencia colectiva, pasar experiencias a las nuevas generaciones, coordinar comunidades y gobernarlas, hasta alcanzar las redes sociales actuales donde podemos saber casi al instante lo que pasa en el mundo, el país, el barrio y en la casa del vecino.
La ciencia y la tecnología parecen haber alcanzado en los últimos siglos un crecimiento exponencial típico de una curva del conocimiento, con posible quiebre de pendiente con la aparición de las “enciclopedias” en tiempos de pre-revolución francesa.
Como resultado, desde 1800 a la fecha la expectativa de vida mundial mejoró desde los 30 años a los 70 años, la mortalidad infantil cayó cien veces.
En el último medio siglo, se confirma el crecimiento exponencial del conocimiento gracias a las experiencias acumuladas, tanto positivas como negativas.
Y entre estas últimas podemos incluir la afectación de la capa de ozono, la lluvia ácida, las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación de suelos y aguas con agroquímicos y metales pesados, las guerras y dictaduras y hasta los “fake news” que aterrorizan a la sociedad moderna.