Es sabido que la Pascua es la celebración fundante del cristianismo, como así también del judaísmo. La Pascua nos remite a un “tránsito”, a un “paso” a un “camino”. Para los creyentes cristianos es el paso de la muerte a la vida, de la maldad al bien, de lo inacabado a la plenitud, de lo transitorio a lo perenne. Es un impulso de nueva vida. Nueva vida que debemos manifestar en la forma de comportarnos, tanto personal como socialmente.
Desde otra angulación, la evidencia histórica nos pone ante el indiscutible hecho de que, desde los ’60 del siglo pasado se ha ido produciendo un “cambio de época” en la sociedad mundial. En cincuenta años -impulsados, sobre todo, por los avances tecnológicos y por los medios de comunicación- las formas de pensar y de vivir, la cultura y las costumbres, el modo inmediatista y pragmático de llevar adelante la existencia son algunos indicadores de esta trasmutación.
Quienes -desde hace tiempo- siguen mi trayectoria de vida, mis convicciones y mi pensamiento, seguramente están al tanto de mi actitud crítica (de análisis y de discernimiento) respecto de la singular situación que estamos viviendo en el seno de nuestra Iglesia Católica y de cómo el papa Francisco está tratando de poner, paternal pero firmemente, blanco sobre negro en las distintas instancias de la institución.
Cerca ya de la Pascua, deseo ofrecerles mi mirada sobre cómo hoy se siente y se vive -a nivel global y argentino- nuestro cristianismo, nuestra conducta cristiana.
Estoy convencido de que el pueblo católico (obispos, consagrados y fieles) no ha terminado de entender ni de aceptar los cambios señalados más arriba, y continúa con un hábito religioso que no atina a “componer” con los nuevos tiempos. Además, se sufre una auténtica crisis ante la asintonía de la Iglesia oficial con la sociedad y con la ciencia, y se ensancha el abismo abierto entre la jerarquía y los fieles. Hoy por hoy, uno de los pocos -gracias a la Providencia- que se está esforzando por mantener la credibilidad de la Iglesia es el papa Francisco.
La gran mayoría de los obispos y sacerdotes miran a Roma y utilizan las palabras del Papa intentando convalidar, así, su propia autoridad moral sobre los creyentes y, en ciertas situaciones, utilizan aquellas mismas palabras para argumentar en favor del estatus quo que se continúa viviendo en un catolicismo bastante venido a menos; un catolicismo caracterizado por costumbres sociales, normas y ritos.
Obispos y sacerdotes conocemos, sobradamente, los motivos por los que la mayoría de la población católica bautiza a sus hijos, los inducen a la comunión o confirmación y continúa con el casamiento por la Iglesia.
Prevalece la tradición y la costumbre, y está bastante ausente la verdadera fe (que supone el compromiso de vivir según Jesús). El papa Pablo VI calificó a esta costumbre como “barniz superficial”. Y la tan meneada afirmación de que la Argentina es un país católico, está clamorosamente desmentida por la corrupción rampante en todos los niveles y por los males que nosotros mismos nos estamos causando.
Es del caso, entonces, preguntarnos: ¿somos conscientes de todo esto que nos está sucediendo?, ¿somos más fieles al poder de la institución que al del Evangelio?, ¿pensamos que es suficiente con administrar los Sacramentos para que una persona acepte a Jesús en su vida?
Veo que hoy muchos fieles católicos han perdido el miedo a pensar y a equivocarse. Tampoco conforman sus conciencias ni a la llamada recta doctrina ni a su praxis. Porque, recorriendo el Evangelio, se comprende con claridad que lo que nos dejó Jesús no es un "libro de doctrinas" sino un ejemplo y una palabra "inspiradores de actitudes". Lo dice, también, Francisco.
Interesa recordar que la verdadera autoridad estriba en la coherencia de vida y en la ejemplaridad.
Quien quiera ser el mayor, que se ponga al servicio de los demás (Jesucristo). En este sentido, es de desear que, cuando la jerarquía señala los males que afligen a nuestra sociedad, antes que nada se detenga a examinar cuántos “fieles católicos” están contribuyendo a que existan dichos males.
Al mismo tiempo, estoy convencido de que el Evangelio nos concede la libertad del espíritu y de conciencia a la que debemos obediencia; y de que el único que puede juzgarnos es el Espíritu de Dios, ante quien asumimos nuestra responsabilidad. “El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia”. (Encíclica “ La Iglesia vive de la Eucaristía “, N° 37).
Reafirmo, por otra parte, que el hecho religioso -consciente y responsablemente vivido- es un excelente medio, “un instrumento” para buscar y unirse a Dios, pero que el “hecho religioso” no es Dios. Y que, además, nunca he aceptado la utilización genérica de la palabra “Dios”, ya que encierra muchos significados -las más de las veces contradictorios y esclavizantes- por lo que, personalmente y en mi fe, prefiero utilizar la palabra Padre-Madre de todos.
Seguramente habrá muchos católicos y cristianos que no compartan, en parte o en todo, lo que estoy expresando. Respeto sus opiniones. Pero no deseo ocultar la mía. Sería muy bueno que alguna vez estas distintas opiniones o convicciones dieran lugar a un sano intercambio entre “todos” los que nos sentimos parte de la gran comunidad. Creo que es a lo que nos está urgiendo el papa Francisco.
Hago votos para que, a mí y a todos los creyentes, la luz de la Pascua ilumine el camino de nuestras vidas a fin de que la Iglesia sea, cada vez más, la comunidad creyente que Jesús soñó, “la casa y el regazo”, más allá de todo hecho sociológico e institucional.