La política argentina se convirtió en una suerte de reality show con un solo espectador activo. Recluida en su intimidad, Cristina Kirchner ve a sus ministros actuar y después elige quién gana el premio. Uno puede imaginar incluso que lo hace por teléfono, como el televidente que vota a su bailarín preferido.
Es un fenómeno curioso, no tanto por el desconcierto que transmite un gobierno con sus rivalidades tan a la vista, con esa rutina de anuncios, desmentidas y explicaciones titubeantes. Más sintomática es la distancia casi ausente con que los opositores observan el mar revuelto del kirchnerismo.
La Presidenta perdió las elecciones legislativas y enterró su sueño de reelección. Atravesó una convalecencia que tal vez aún no haya superado, salieron a la luz nuevos datos sobre sus negocios privados con el contratista estatal Lázaro Báez, estalló una ola de saqueos que costó 14 vidas, la crisis energética transformó las Fiestas en un tormento, la inflación y la devaluación siguen galopando... Pero, como en las épocas felices, la iniciativa política se limita a su control remoto.
Descansa en uno de los grandes objetivos políticos que se fijó su marido hace 10 años: debilitar a los rivales, dividirlos y condenarlos a la intrascendencia. Lo logró. Los partidos, ya en crisis, caminaron hacia su desarticulación, incluido (y en eso puso especial interés) el peronismo.
Tal vez por ser hijos de ese big-bang sigiloso, los dirigentes que hoy sueñan con gobernar en 2015 se acomodan al libreto. Les interesa más remar un titular ingenioso en los medios que ejercer el poder que les otorga la Constitución, por limitado que sea. De controlar la gestión desde el Congreso a motorizar las investigaciones judiciales cuando arrecian sospechas sobre la cúpula del poder. La debilidad de los partidos alienta la cautela en el torneo opositor de individualidades y le permite a la Presidenta tener callado a un oficialismo poblado de gente preocupada.
Con todas las diferencias históricas del caso, la realidad de España aporta un paralelismo interesante. El presidente Mariano Rajoy acumuló la mayor cuota de poder en casi 40 años de democracia. Tiene mayoría absoluta en el Congreso, sumó influencia en los tribunales, casi todos los gobiernos regionales son de su partido y la oposición sufre un feroz desprestigio. Sin embargo, vive chocando con paredes que le levanta el sistema.
La Justicia avanzó en una causa de financiamiento ilegal del PP que salpica al propio presidente. La oposición obligó a Rajoy a someterse a una interpelación parlamentaria sobre la corrupción. Organiza movilizaciones, presenta planes alternativos, fuerza a los ministros a recular ante errores evidentes. Incluso el gobernante PP lo complica estos días con una creciente resistencia a aprobar una ley para eliminar el derecho a abortar.
Y no es Disneylandia, sino un país sacudido por una severísima recesión económica que puso en entredicho todo su andamiaje institucional. En la Argentina hace tiempo que se asume como natural la reforma virtual del modelo democrático que impuso el kirchnerismo.
Los opositores jugarán con esas reglas, al menos este 2014 de transición. Con la lógica de que sentarse a ver el derrumbe es la mejor manera de no golpearse con los escombros.