14 de septiembre de 2014 - 00:00

Lo que develó el kirchnerismo

El régimen que se expresó en las últimas tres presidencias argentinas nos mostró el peor rostro de nosotros mismos.

El proyecto que agoniza dejó al desnudo la debilidad de la democracia en nuestro país. Un matrimonio feudal se impuso por una década manejando el Estado como distribuidor de bienes y prebendas y logró la adhesión de varios restos ideológicos que se ocuparon de justificar los peores manejos de la economía y de la justicia. Néstor Kirchner tenía una concepción despiadada del poder, no se creía obligado a explicarle a nadie sobre sus manejos del Estado.

Y esta idea central es la que lo llevó al acercamiento con Hugo Chávez. Un esquema simple ocupó el espacio del Bien: del otro lado están el imperialismo y los intereses oscuros. Así, quedan todos obligados a aplaudir bajo la amenaza de haberse pasado al bando enemigo. Néstor en su primer gobierno se dedicó a ensayar para analizar qué diferencias había entre Santa Cruz y la Argentina, hasta que decidió que con el poder en sus manos podía amontonar a los obedientes y que la cuota de rebeldía no alcanzaba para cuestionar su proyecto.

Hubo un alarido con el que desafió a la oposición: “Qué te pasa Clarín”; no necesitaba traducción, era una amenaza a los disidentes, un cuestionamiento a la esencia de la democracia. Al inicio fui parte de un intento de diálogo originado en el cardenal Jorge Bergoglio; lo intenté tres veces, me fue quedando claro que Néstor no soportaba enfrentar a quienes no podía dominar. Esa era la historia con la Iglesia en principio, la de un patrón de estancia a quien el cura le puede poner límites a sus desmesuras. Ya en su ciudad se había enfrentado con un cura que era un santo y representaba a los pobres, el tema no era la Justicia sino el Poder. Y esa concepción la heredó Cristina. Néstor amaba los silencios, en su gobierno sólo hubo una cadena oficial. Cristina nos apabulla con su discurso como si una cuota semanal del relato nos sirviera de consuelo para soportar lo atroz de la realidad.

Los países hermanos, aun los más humildes, encontraron un camino para la convivencia y el desarrollo económico en democracia. Nosotros quedamos aterrados frente al espejo de Venezuela, donde la fractura social es infinita y las mejoras sólo son retrocesos. Aquel espejo nos lleva a la Cuba de Castro, ejemplo triste de una utopía que terminó en calamidad.

Y viene entonces el análisis del kirchnerismo, espacio donde empresarios asociados al poder generaron una nueva burguesía, defendida por los restos de las izquierdas fracasadas de los setenta a las que conformaron con un pedazo marginal del festín. Y la deformación del pasado, el relato de la violencia de los setenta como si la guerrilla albergara la virtud y la utopía. El Estado es el plato fuerte de este supuesto partido del poder. Decenas de miles de nombramientos con salarios sin límites y prebendas sin contraprestación. Si la revolución soñaba con tomar “el cielo por asalto”, estos muchachos se lanzaron al “Estado por asalto” y encontraron en el disfraz ideológico el éxito que ya no necesitaban forjar con su esfuerzo.

La Ley de Medios es un engendro que lleva en su seno las peores intenciones. Está disfrazada de guerra entre el Estado y los poderosos privados, pero pensada como si ellos se pudieran instalar en el Estado para siempre. En la medida que un no oficialista gane la elección, que así será, en esa medida va a quedar una turba de alcahuetes en la calle, y nadie podrá seguir sosteniendo esa enorme masa de dinero para alimentar obsecuencias. Confundieron micrófonos con audiencias, y en rigor solo querían vivir la ilusión de ser periodistas famosos financiados por el dinero de los pobres. Porque eso hicieron, se gastaron el dinero que deberían haber dedicado a los necesitados.

El oficialismo agoniza, los discursos presidenciales se convierten en una melodía para acompañar la decadencia. Los peores personajes se sienten candidatos a presidente. Cuando los oportunistas que se dicen peronistas y solo hacen negocios con el poder se distancien buscando nuevos rumbos, va a quedar al desnudo el supuesto partido que integran Carta Abierta y Página 12, sin duda una fuerza que no llega al diez por ciento de los votos.

Hace unos días falleció Héctor Leis. Ricardo Roa lo despidió en Clarín con una nota que desnuda el debate que tenemos pendiente. Escribe Roa sobre Leis, “y no permitir que se reescribiera la tragedia de su generación en términos épicos”. Fue un intelectual en serio, escribió un maravilloso libro titulado “Un testamento de los años setenta”. Y compartió con Graciela Fernández Meijide una película que todos deberíamos tomar como esencial para la reflexión.

Juntos hicieron “El diálogo”, un ex guerrillero y la madre de un desaparecido son capaces de analizar el pasado con grandeza. Haber intentado lo contrario es la peor herencia que nos deja el kirchnerismo. El mal de los setenta era la violencia, en todas sus acepciones, el hecho de que los genocidas fueran nefastos no le otorga lucidez a la guerrilla. Debemos leer a Héctor Leis; solo asumiendo la verdad del pasado estaremos en condiciones de ingresar al futuro.

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