Los mendocinos tenemos una fobia a la lluvia, porque es este el Cuyum Mapu, de los pueblos originarios, donde llueve muy poco, entonces no hay en nosotros ni historia ni costumbre de agua de arriba. Por lo tanto la lluvia modifica conductas y procederes. Distinto es lo que ocurre en los pueblos del Litoral, que son mi origen.
Ellos deben vivir semanas enteras con lluvia y nada se detiene, nada cambia, todo sigue igual. Inclusive forma parte de la cultura humorística de la zona. Así me contaba el Alberto Carlos Senos, paisano del lugar, reflexionando sobre la lluvia en su pueblo.
“Usted sabe don Sosa, que en mi pueblo llueve mucho. Al principio no, porque como mi pueblo estaba lleno de ignorancia, había lluvia pero no sabía llover. Aura, cuando aprendió se inundaba todo. A tal punto llovía que una vez estuvo todo un año nublado. Los músicos de mi pueblo tocaban la escala musical ‘do, re, mi, fa, la, si’, porque no tenía sol.
Como las calles eran de tierra se anegaban por todos lados, pasaban los caballos salpicando y la farmacia vendía muchos productos para la piel porque andaban todos con barritos en la cara.
Salía la gente preparada para la lluvia con piloto, galochas, que eran unas protecciones de goma para los zapatos, paraguas y lazo. El lazo era por las dudas se los chupara el barro y antes de hundirse del todo trataban de enlazar algo, un árbol, un poste, un buzón, y de esa manera podían salvarse.
Todos se valían de esa protección salvo el Bertoldo Agujereado, que era muy malo pa’enlazar. Así que se augó tres veces, según los datos que tengo. Una vez voy andando en pleno diluvio, con las calles llenas de agua, parecían ‘paranases’ las calles y lo veo al Pánfilo Perolisto, que así se llamaba, parao en el medio de la calle y avanzando.
Ahí nomás le grité: ‘¿Qué te pasa, Pánfilo? ¿Te creís Jesucristo que caminás sobre las aguas?’. Y el Pánfilo me contestó: ‘No, lo que pasa es que mi caballo está abajo’. Dicen que ese fue el día que se inventó el waterpolo. Un día en medio de la lluvia aparece en el boliche del pueblo el Herculano Brotado, que era pastor de ovejas, y pregunta: ‘¿No saben dónde está el rebaño?’. Uno de los presentes intervino: ‘¿Perdiste las ovejas por eso andás buscando el rebaño?’. Y el Herculano le contesta: ‘No, busco el rebaño porque estoy que me remeo’.
Claro, con las muchas lluvias proliferaban los mosquitos. Un día viene el Abraham Tirado Gases y el Aitor Menta Brava le pregunta: ‘¿Sabés chistes de moscas?’ - ¡Pufff!, le contesta el otro.’¿Y de mosquitos?’ - ¡ Off ¡Una vez al Leo Diario lo agarró un rayo y quedó vivo pero electrificao, así que entró a trabajar en la estación de servicio del pueblo.
La gente iba con un cable con un enchufe de un solo pituto se lo enchufaba al Leo en el poto y cargaba la batería. Una tarde que no paraba de llover me lo encuentro al Juanjo Dido del Todo, con un piloto flamante. Y le pregunto: ‘¿Cómo te trata la lluvia?’. Y el Juanjo me contesta: ‘Y, ya ves, la voy piloteando’.
A tal punto llovía en el pueblo que se hacía en él el Festival Nacional de la Lluvia, que yo no pude presenciar ninguno porque siempre se suspendía por mal tiempo.
Pero lo que más recuerdo en el pueblo era la acción del Noe Comido, que era el chamán de la zona, descendiente de los indios más pobres, los die guita. Él era el más indicado para parar la lluvia con sus ceremoniales.
Se ponía en el centro de la plaza y primero bailaba acompañándose por cantos tribales; después hacía malabarismos, tiraba la lanza hacia arriba y la paraba con la nuca al caer; después caminaba de árbol en árbol y por último insultaba a las nubes:
‘A vos nube negra, guacha, inhumana, sos un pobre montón de vapor que lo único que sabés hacer es joder a la gente, estúpida. Rajá de acá, rajá de acá’. Los del pueblo iban a ver la ceremonia.
Nunca cortó lluvia alguna, pero la gente se divertía mucho. Fue famoso en mi pueblo, entuavía se comenta. En fin, Sosa, es todo lo que tengo para decirle de la lluvia. Ojalá que con el relato que he hecho le llegue un poco de agua al tanque”.