La tranquilidad que se experimenta en las últimas jornadas, parece animar a funcionarios y adeptos al gobierno en el sentido de que las medidas tomadas para frenar la escalada del dólar han dado resultado y pueden descansar. Nada más equivocado.
La tranquilidad del mercado cambiario obedece a decisiones tomadas por el Banco Central para absorber la liquidez en pesos, para lo cual subió la tasa de interés que les paga a los bancos a niveles de casi el 28%. Pero también contribuyó la decisión de levantar parcialmente la restricción para comprar dólares para atesoramiento.
La menor liquidez generada por la suba de tasas, sumado a los impuestos para compra de autos de alta gama y las mayores cargas para adquirir paquetes turísticos y hacer compras en el exterior, también han contribuido para ello. Pero detrás de esta tranquilidad transitoria hay varios aspectos escondidos sobre los cuales el gobierno debe actuar con velocidad para evitar repeticiones de ciclos.
Una nueva bicicleta financiera
Ante la estabilidad del dólar oficial, provocada porque el BCRA obligó a los bancos a desprenderse de la mayoría de sus activos en dólares. La suba de las tasas, a su vez, generó un gran atractivo para los operadores. Es que mientras el BCRA mantiene estable el dólar en 8 pesos, los bancos pagan tasas del 24% anual. Esta tasa termina siendo una tasa real en dólares ya que, al mantener quieto el valor de la moneda norteamericana, el gobierno genera una especie de seguro de cambio para los especuladores.
Esto ha provocado que muchos operadores salieran a vender dólares en el mercado paralelo (aprovechando que hicieron una buena ganancia) y hacen colocaciones a 30 o 60 días a tasas que pueden alcanzar el 27%, según el monto y la entidad. El cálculo es que cuando venza el plazo fijo, entre la imposición y los intereses se podrán comprar más dólares de los que vendieron para hacer la bicicleta.
Esto no puede durar mucho y el tiempo límite es mayo, cuando termina el grueso de la liquidación de la cosecha de soja. Por eso, esta bicicleta genera una mentirosa estabilidad de no más de 60 o 90 días. ¿Por qué tan poco? Por la inflación.
La suba de precios, con el nuevo sistema de medición, fue del 3,7% y se calcula que en febrero rondará un 4% como mínimo, combinando la inflación con la devaluación, algunos arriesgan un dato más alto, cercano al 6%. Pero esto no es producto de la maldad de los comerciantes, sino del déficit fiscal y la emisión monetaria.
Los datos oficiales muestran que el déficit se cuadruplicó en febrero, respecto del mismo mes del año anterior. Recibiendo ayudas del Banco Central, la Anses, el Pami y otros organismos públicos, que sufragaron la mitad, el déficit quedó en 3.000 millones.
Los rubros que más crecieron fueron los subsidios, que subieron un 73% y los intereses de la deuda por efecto de la devaluación. Lo peligroso es que el gasto aumentó un 47% mientras la recaudación lo hizo un 33%, lo que muestra un peligroso desfasaje que debe cubrirse, finalmente, con emisión.
Además, existe un riesgo muy grande y es que las tasas de interés generen una mayor paralización de la economía ante lo cual, las subas de recaudación serán porcentualmente menores, pero negativas en términos reales. A pesar de ello, la inflación no bajará mientras el gobierno no equilibre los gastos con la recaudación.
El mecanismo de emitir para financiar déficit y luego absorber liquidez subiendo tasas puede ser útil un tiempo pero luego se transforma en una trampa enfermiza.
Pasos impostergables
Frente estas realidades, el gobierno corre el riesgo de sufrir una nueva corrida que lo obligue a devaluar nuevamente en un círculo vicioso sin fin. Es que, en estas condiciones, devaluar volvería generar inflación y eso neutralizaría cualquier suba en el precio del dólar.
Ante este panorama, lo único que le queda por hacer es comenzar a ajustar tarifas mediante la eliminación de subsidios. El año pasado, este rubro le costó al país casi 140.000 millones y este año podría ser mucho más.
Además, debe hacerlo anunciando un conjunto de decisiones que cambien expectativas futuras y permita dar certezas que estimulen nuevamente las inversiones, que hoy están ausentes ya que el único horizonte es de inflación y devaluación.
Con este panorama, el gobierno debe tender a unificar el tipo de cambio, haciendo que el Banco Central se retire y no venda reservas, dejando que quien necesite divisas las consiga en el mercado.
Con el actual stock estaría en una posición cómoda para arbitrar y evitar tensiones graves. Pero si se deja estar, le puede ocurrir lo mismo que le sucedió a Raúl Alfonsín, después del fracaso del plan Primavera: debió hacerlo cuando las reservas bajaron de 1.000 millones.
La tranquilidad actual es solo transitoria y el gobierno debe aprovechar este escenario para tomar decisiones y retomar la iniciativa. Si se la deja al mercado, no le irá bien.
