A fines de 1809 el éxito de los franceses en la batalla de Ocaña puso en jaque la autoridad de la Junta Central la cual se vio obligada a trasladarse a Cádiz, para luego ser remplazada por un Consejo de Regencia que se replegó a la isla de León. El tembladeral abierto en el corazón de las instituciones metropolitanas que se habían arrogado la representación del rey Fernando VII, y aspiraban gobernar los reinos americanos y españoles en una sola nación, reverdeció la polémica sobre su legitimidad para gobernar las colonias americanas.
En el Río de la Plata, el debate afloró en reuniones secretas, calles, plazas y cafés. Un estado de opinión que ni el virrey Cisneros ni sus seguidores desconocían por lo que ocultaron información con el fin de frenar cualquier acto sedicioso. Pero la pretensión del virrey cayó en desgracia cuando el jefe del cuerpo de Patricios, el coronel Cornelio Saavedra, el secretario del consulado, Manuel Belgrano, y el Dr. Juan José Castelli, pusieron en juego sus influencias para convocar a un cabildo abierto y decidir los pasos a seguir.
La reunión se llevó a cabo el 22 de mayo. El obispo Lué argumentó a favor del Consejo de Regencia; en cambio, la mayoría de los oradores invocaron que el gobierno en España estaba vacante por lo que soberanía, según la tradición jurídica española, había revertido del Rey a los súbditos, o al “pueblo”. Pero la común opinión sobre la vacancia del poder no era equivalente a los diferentes significados que tenía la voz “pueblo”. Para Castelli, la reversión de la soberanía debía recaer sólo en la capital virreinal; en cambio, el fiscal de la Audiencia, Manuel Villota, adujo que la soberanía recaía en todas las ciudades del virreinato. El contraste entre ambas posturas fue saldado por Juan José Paso, quien propuso una solución transaccional al aceptar el argumento de Villota, y justificar la creación de una junta de gobierno que tuviera como base lo decidido en la capital, bajo el compromiso de invitar a los “pueblos” o ciudades del interior a elegir representantes para integrar el gobierno o reunirse en “congreso”. Concluido el debate, se dio paso a la votación que bajo el influyente voto de Saavedra, puso fin a la autoridad del virrey y delegó en el cabildo la formación de una Junta provisoria de gobierno a nombre de Fernando VII. Cisneros acarició la ilusión que podía encabezarla. Pero la presión ejercida por las milicias y la agitación popular sepultaron sus aspiraciones por lo que la Junta resultó integrada por criollos y peninsulares.
Por consiguiente, la decisión adoptada en Buenos Aires expresaba el quiebre del sistema institucional, y daría origen a un largo ciclo de guerras dirimida entre los partidarios del autogobierno y los funcionarios de la monarquía española, y entre los promotores de una conducción centralizada de la revolución y los defensores de la soberanía de los pueblos proclives a organizar el gobierno libre en base a criterios descentralizados o federales.