24 de noviembre de 2018 - 00:00

Lenguaje exclusivo - Por María del Rosario Ramallo

En este tiempo y por todos los medios, se insiste en la necesidad de lograr que el lenguaje sea inclusivo para abarcar realidades sociales y humanas que, hasta ahora, no habían sido tomadas en consideración. Se lo denomina con este adjetivo porque se juzga que, por la etimología del término, es el más adecuado para abarcar esas variaciones de género. En efecto, el adjetivo 'inclusivo' tiene raigambre latina, pues se relaciona con el participio pasado de "includere", que era "inclusus"; como tal, su traducción era "incluido, encerrado"; a ese participio se le adiciona el sufijo '-ivo', para indicar una capacidad o una inclinación. Así, entonces, 'inclusivo' resulta, por definición, "que incluye o tiene virtud y capacidad para incluir". Resultaría también adecuado usar para este fin el término 'incluyente', forma adjetiva, derivada de los participios presentes latinos, en relación con el verbo 'incluir', con la misma acepción que 'inclusivo' ("que incluye"), pero que, por ser presente, no se da como acabado sino que se proyecta hacia el porvenir.

Muchas voces se alzan para aprobar este tipo de lenguaje, mientras otras lo critican; no es propósito de esta nota abundar sobre el tema que, por su naturaleza, tendrá defensores y detractores y que, por estar el idioma en permanente cambio, va a acoger nuevas formas, que nos sorprenderán bien o mal. Pero podemos afirmar que nuestro objetivo es contraponer el lenguaje inclusivo o incluyente a un lenguaje que podríamos denominar 'exclusivo'. Para entender el motivo de esta contraposición, detengámonos unos instantes en el valor significativo de 'exclusivo': nos dice el diccionario que, como adjetivo, este término puede ser equivalente a "que excluye o tiene fuerza y virtud para excluir" y, también, "único, solo, excluyente de cualquier otro". Por su parte, 'excluyente' queda definido como "que excluye, deja fuera o rechaza". Para entender acabadamente el significado de cualquiera de estos dos vocablos, nos remitimos a 'excluir' y vemos que, contrariamente a lo que sucedía con 'incluir', hay siempre una connotación negativa: "quitar a alguien o algo del lugar que ocupaba o prescindir de él o de ello", como en "Excluyeron a Mercedes de ese equipo de trabajo"; también, "descartar, rechazar o negar la posibilidad de algo", como en "Me duele que se haya excluido mi propuesta".

Tomando en consideración estas definiciones y mirando todas las realidades que pretende abarcar el llamado lenguaje 'inclusivo' o 'incluyente', me atrevo a presentar una variedad del lenguaje actual al que podríamos titular de 'exclusivo' o 'excluyente'; en efecto, las normas de cortesía, en muchos casos, parecen omitirse o rechazarse. Se utilizan términos que se consideran más efectivos en la medida en que más ofenden, atacan o increpan al interlocutor; no quiero decir con esto que nuestro código se encuentre ya obsoleto o que esté perimido y que debamos escandalizarnos porque los términos que más se usan están tabuizados; nos sorprende y molesta que se pretenda, con su uso, herir al receptor, molestarlo, burlarse de él, denigrarlo. Alguien puede argumentar que es un modo espontáneo y más auténtico de hablar; que de este modo se es frontal y directo y que se habla sin tapujos; pero… no se trata de perder espontaneidad y autenticidad sino de dirigirnos al otro en un lenguaje en el que no queden excluidos aquellos vocablos que puedan atenuar el efecto negativo de un insulto, de una ofensa, de un exabrupto o de un dicho fuera de lugar.

Se trata también de volver a una forma de comunicarnos que no deje excluida la amabilidad: el agradecimiento sincero y oportuno, no el halago motivado por la obsecuencia y el interés; el saludo siempre cordial y correspondiente, en el momento y en el tono adecuados; las disculpas sinceras cada vez que una palabra haya sido o parecido ofensiva o que haya podido ser hiriente o molesta para el interlocutor; la solicitud de permiso para acceder al uso de algo que no es nuestro; el pedido precedido de un 'por favor' que suavice el tenor de lo requerido. Hay que animarse a ser claros y a llamar las cosas por su nombre, pero sin que, por ello, caigamos en la vulgaridad, en la ofensa o en la chabacanería. ¿Por qué gritar y elevar la voz con expresiones llenas de odio y violencia si podemos hablar con suavidad, eligiendo las formas más corteses de nuestro riquísimo español, que nos brinda un amplio espectro de vocablos para hacernos entender?

Si lo logramos, si podemos transmitirlo así a las generaciones jóvenes que se forman junto a nosotros, habremos adoptado un 'lenguaje exclusivo', entendiendo por 'exclusivo' que es único, que excluye absolutamente la violencia en el decir. Recordemos como adecuadas, en este sentido, las afirmaciones de Ivonne Bordelois, en su obra El país que nos habla: "El lenguaje es el depósito sagrado de nuestra conciencia, la condición de nuestra sabiduría, la garantía de nuestra identidad y de nuestra libertad, y también una fuente de placer inagotable, si sabemos encontrarla. […] Cuando el agua de un torrente se contamina, todo el aljibe sufre. Como de algún modo los aljibes de la tierra se comunican en sus napas más profundas, el riesgo de contaminación aumenta.

[…] El guaraní llama al hombre "sonido de pie", es decir que caracteriza al ser humano por su capacidad de alzar la palabra a su estatura plena. Es necesario preservar lo sagrado, lo sonriente, lo poético, lo inagotable de nuestra lengua nativa, hermosa como todas las lenguas enigmáticamente diversas del planeta".

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