Cuando surgió el movimiento "Ocupemos Wall Street" en parques y carpas, una de las muchas cuestiones que señalaban quienes protestaban era la desigualdad económica. Entonces, al empezar a recrudecer el invierno, la policía desalojó a los manifestantes. Por todo el país menguaron las multitudes y el entusiasmo y, con el tiempo, el movimiento prácticamente se disipó.
Pero nos quedó uno de sus lemas, hirviendo a fuego lento en el fondo de la conciencia: "Somos el 99 por ciento". El 99 por ciento es la gente de menores ingresos del país -el resto de nosotros- que lucha por lograr un cambio, hacer algo importante y mantenerse con vida mientras el envarado y artrítico dominio del 1 por ciento superior trata de manipular las palancas sociales, políticas y económicas del poder.
Esta idea de una cumbre diminuta contra una amplia base incluso se convirtió en un tema común en la elección presidencial del año pasado.
En su discurso sobre el estado de la Unión, en enero de 2012, el presidente Barack Obama dijo: "Podemos conformarnos con un país en el que a un número cada vez menor de personas les va muy bien, mientras que un creciente número de estadounidenses apenas sobreviven. O bien, podemos restablecer una economía en la que todos tienen una oportunidad justa, donde cada quien hace lo que le corresponde y todos juegan conforme a las mismas reglas".
El presidente después despotricó contra las facilidades fiscales para "el 2 por ciento de los estadounidenses más ricos" y contra las lagunas del código fiscal y los paraísos fiscales que permiten que los millonarios paguen menos impuestos que "millones de hogares de clase media".
Luego lanzó una frase que repetiría varias veces después: "Ahora, Warren Buffett paga una tasa impositiva mucho más baja que su secretaria".
No podía haber mejor escenario para Mitt Romney -uno de los candidatos más ricos que ha buscado la presidencia en los años recientes-, llamado por algunos el Thurston Howell de nuestros días.
Andando el tiempo, el propio Romney precipitaría su caída con la política del porcentaje, al echar pestes contra el famoso "47 por ciento". Con eso se fueron al caño sus sueños de transcurrir sus días entre caviar y tostadas en la Casa Blanca.
Empero, no estaba claro si la narrativa de la desigualdad del ingreso tenía piernas y si avanzaría conforme se recuperara la economía.
Yo creo que sí las tiene.
Hay indicios de que esa narrativa se asentó entre algunos sectores del electorado, más allá de los manifestantes en los parques y más allá de una campaña presidencial entre un titular carismático que va de la base hacia arriba y su incómodo rival aristocrático.
El martes, la ciudad más grande del país -la muy demócrata ciudad de Nueva York, donde surgió el movimiento "Ocupemos Wall Street"- le envió un mensaje de punzante repudio al alcalde más rico del país, Michael Bloomberg: ¡Ya basta!
El candidato demócrata más progresista, Bill de Blasio, que de hecho hizo campaña como el "Anti-Bloomberg", fue el claro ganador en las elecciones primarias demócratas.
Y, en términos generales, los ciudadanos parecen haberse abstenido de la política de identidad para favorecer la política de clase. De Blasio, que es blanco, estuvo muy fuerte en las áreas mayoritariamente negras de Brooklyn, Queens, Harlem y el Bronx; Bill Thompson, que es negro, estuvo fuerte en Staten Island, básicamente blanca; y Christine Quinn, abiertamente lesbiana, perdió el área de Chelsea-Union Square en Manhattan.
También hay indicios nacionales de inquietud. De acuerdo con una encuesta del Centro de Investigaciones Pew, dada a conocer el jueves, menos de 8 por ciento de los entrevistados piensan que, después de la recesión reciente, las políticas del gobierno han ayudado mucho a los pobres, la clase media y las empresas pequeñas. Y casi 40 por ciento piensa que más bien han ayudado a los ricos, los grandes bancos y otras instituciones financieras y a las grandes corporaciones.
Y si bien el mercado accionario emprende el vuelo para aquellos que tienen el dinero necesario para participar en él, una encuesta Gallup publicada también el jueves encontró que 1 de cada 5 estadounidenses ha tenido que luchar para comprar comida en el último año y que la satisfacción de las necesidades básicas está cerca de un nivel bajo sin precedentes.
Según la Oficina de Estadísticas Laborales, el mercado de trabajo está deprimido, diga lo que diga el índice de desempleo. Como dice Bloomberg Businessweek (sí, ese mismo Bloomberg):
"Lo preocupante es por qué bajó el índice. El tamaño de la fuerza de trabajo se redujo en unos 300.000 y la tasa de participación cayó de 63,4 a 63,2 por ciento, la más baja desde agosto de 1978."
Los ricos se han recuperado pero los demás siguen luchando. Esto no puede durar mucho.
Así pues, el movimiento "Ocupemos Wall Street", que muchos descartaron por considerarlo los lamentos de los jóvenes e indiferentes sin objetivos claros, líderes distinguibles ni agenda política definida, a fin de cuentas quizá nos haya dejado un legado en claro: arraigar en la conciencia nacional la idea de que el nivel tan extremo de desigualdad es políticamente insostenible y moralmente inaceptable. Y que, con el tiempo, el 99 por ciento va a exigir algo mejor.
De acuerdo con una reciente encuesta, menos de 8% de los norteamericanos piensan que, después de la recesión reciente, las políticas del gobierno han ayudado mucho a los pobres, la clase media y las empresas pequeñas. Y casi 40% cree que más bien han ayudado a los ricos, los grandes bancos y otras instituciones financieras y a las grandes corporaciones.
