Para cualquiera que sienta curiosidad por el futuro de la democracia, dos acontecimientos, uno en Brasil y otro en Alemania, plantean una especie de misterio.
Para cualquiera que sienta curiosidad por el futuro de la democracia, dos acontecimientos, uno en Brasil y otro en Alemania, plantean una especie de misterio.
La elección de Jair Bolsonaro en Brasil se parece demasiado a la ola de populismo derechista y antisistema que arrasa Europa y Estados Unidos como para desestimarla llamándola una coincidencia. Bolsonaro, conocido por alabar la dictadura militar que sufrió su país e insultar a las minorías y a las mujeres, ha defendido la ira en contra del sistema de Brasil al prometer un mandato de puño de hierro.
Para enfatizar la sensación de un cambio a nivel global, a unas horas de la victoria de Bolsonaro, Angela Merkel, quien durante mucho tiempo fue la canciller de Alemania y el pilar de la estabilidad europea, anunció que no buscaría la reelección.
Sin embargo, no hay una relación evidente entre el ascenso de Bolsonaro y el de los populistas de Occidente. Figuras como el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, y los partidos populistas de Alemania ascendieron por despotricar en contra de la Unión Europea y la inmigración, ninguno de los cuales es un problema en Brasil. Bolsonaro atacó la corrupción y la epidemia criminal distintivas de América Latina.
Tal vez las elecciones en Brasil, junto con el resto de la tendencia populista, representan algo más perturbador que una simple ola con un solo punto de origen. Las investigaciones sugieren que este fenómeno ejemplifica las debilidades y las tensiones inherentes de la misma democracia liberal… y eso, en épocas de tensión, puede despedazarla.
Cuando esto sucede, los votantes tienden a rechazar ese sistema en todos los sentidos menos en el nombre y siguen sus instintos humanos más básicos hacia estilos de gobierno más antiguos: mayoritarios, de puño de hierro, de nosotros contra ellos.
Es un patrón que quizá parezca impactante o nuevo en Occidente, pero es demasiado familiar en Latinoamérica, una zona que ha experimentado varias explosiones populistas como la que elevó a Bolsonaro.
Hay una brecha entre la manera en cómo se vende y cómo funciona la democracia liberal, la cual protege los derechos individuales y el Estado de derecho. Se suele retratar como un gobierno del pueblo. Sin embargo, en la práctica, las elecciones y la opinión pública son solo parte de un sistema que gobierna las instituciones y las normas que protegen el bien común.
Esa brecha suele ser la raíz de los problemas. Cuando las instituciones no cumplen, como sucedió en Brasil, los votantes se pueden volver más escépticos sobre la idea de que el poder recaiga en los burócratas y las élites que han fallado, de tal forma que la brecha se ha hecho más marcada. Por lo tanto, los votantes se movilizan para remplazar las instituciones con un estilo de gobierno que se siente más como una democracia según sus consideraciones: el gobierno directo de la gente.
A menudo, esto implica elegir líderes como Bolsonaro, quienes prometen desmantelar el sistema tradicional y gobernar por medio de la autoridad personal.
En la práctica, ese tipo de líderes tiende| a consolidar el poder para ellos mismos, como lo hizo Silvio Berlusconi después de llegar al poder en Italia sobre una ola de indignación en contra de la corrupción. Tomó el control de las burocracias del Estado, detuvo su progreso, el cual alguna vez fue promisorio, y reemplazó el viejo sistema de asistencia con uno nuevo leal a él.
En algunas ocasiones, una reacción negativa antisistema llega cuando en verdad hay un deterioro profundo del mismo, como sucedió en Brasil o Italia. Sin embargo, también puede llegar cuando los gobiernos hacen cosas que simplemente son impopulares.
Esta es una de las razones que están detrás de gran parte de la inestabilidad en Europa, donde los líderes perciben la Eurozona y las reformas migratorias como una pieza esencial de la supervivencia europea a largo plazo.
Sin embargo, esas medidas son impopulares entre los votantes, y esto enciende una chispa reveladora que les muestra que, a veces, el sistema está diseñado para ignorar lo que quieren.
Nadie quiere creer que sus líderes están desafiando sus deseos porque una democracia funcional necesita fijarse en la demanda popular. Es más fácil pensar que esos líderes sirven a otro electorado inadvertido.
Esto crea una oportunidad para que una persona ajena y astuta ascienda al poder culpando a los intereses extranjeros o de dinero -el filántropo liberal George Soros es un blanco popular- y prometiendo la restauración de la voluntad del pueblo.
La Unión Europea, la cual nunca alcanzó una identidad alejada de los banqueros y los tecnócratas, ha sido fácil de representar como una enemiga de la voluntad popular. Los partidos dirigentes, los cuales tienen vínculos cercanos con ese proyecto, han colapsado.
En América Latina, los fracasos institucionales fueron más graves, pues la corrupción deterioró los partidos políticos. Los votantes se percataron de esta corrupción porque los sistemas judiciales habían adquirido la solidez necesaria para erradicarla.
Un tecnócrata dirá que esto demostró la necesidad de que haya instituciones incluso más fuertes y más independientes. Sin embargo, para los votantes, se sintió como una denuncia de todo el sistema, una razón para demolerlo y elevar a alguien que pudiera imponer el orden.
No es un fenómeno tan distinto del ocurrido en Estados Unidos, donde los funcionarios de los partidos se percibieron como indiferentes y endeudados con los intereses del dinero. El presidente Donald Trump ascendió en parte porque argumentó que su riqueza le daba independencia -aunque, en la práctica, ha empoderado a las personas con información privilegiada dentro de las industrias- y porque prometió políticas que los líderes de los partidos habían considerado demasiado extremas.
Las reacciones populistas, aunque se concentren en las élites distantes, tienden a emerger como un deseo por un gobierno de la mayoría, lo que los miembros de la mayoría sienten como algo democrático y, bajo ciertas circunstancias, como un asunto de vida o muerte.
Los humanos son tribales por naturaleza. Nuestros instintos nos dictan que debemos poner en primer lugar a nuestro grupo y pensar que estamos en una constante competencia con otros grupos. La democracia liberal, la cual promete que todos ganan cuando todos tienen garantizados los derechos, nos pide que reprimamos esos impulsos.
Pero no es una petición sencilla. Además, los instintos tribales tienden a salir a la superficie en épocas de escasez o inseguridad, cuando es más débil nuestra capacidad para albergar los ideales nobles y la planeación a largo plazo.
Cuando la gente cree que está en riesgo de ser el blanco de violencia, su sentido de comunidad se hace más estrecho, de acuerdo con una investigación de Daphna Canetti-Nisim, psicóloga política de la Universidad de Maryland. Apoya más políticas para controlar a las minorías y respalda menos el pluralismo o la democracia.
Esos impulsos pueden ser explotados. La campaña espeluznante de violencia justiciera aprobada por el Estado que promovió el presidente Rodrigo Duterte en Filipinas culpa a una clase social indeseable de los problemas de su país -según su visión, un gran ejército de narcotraficantes y drogadictos- y promete controlarlos por medio de la fuerza.
Bolsonaro ha prometido su propia guerra extrajudicial en contra de las drogas.
Ese tipo de tácticas funciona mejor cuando se reúne un grupo mayoritario. La democracia liberal, a pesar de todas sus protecciones a las minorías, aún delega el poder por medio de elecciones que favorecen a quien obtenga la mayoría de los votos.
En Europa y Estados Unidos, esto ha motivado una sensación sutil pero inconfundible de que los cristianos blancos están sitiados. Los votantes blancos se han vuelto más defensivos de su palidez y más temerosos de las minorías, lo cual los ha tentado a percibir la democracia como una lucha de suma cero.