24 de febrero de 2019 - 00:00

Las cucarachas - Por Jorge Sosa

Son varios los insectos que pueblan nuestras casas a pesar de lo combativos que seamos. De todos ellos se destacan las moscas que son más molestas que las moscas, los mosquitos que hacen su agosto en pleno enero y obliga a poner en práctica diversos sistemas de disuasión, no siempre efectivos; y las cucarachas que son las más permanentes, las más resistentes. No basta un pisotón para eliminar las cucarachas de una casa.

Son conocidas con otros nombres, en realidad su nombre más preciso es “Blatodeos”, aunque en ciertos lugares se las llama cutias o baratas. El nombre científico es “hemimetábolos paurometábolos pero mire si uno va a andar diciendo, cuando ve una ¡Fuera hemimetábolos paurometábolos! Dice cucaracha, directamente.

Su antigüedad es asombrosa, las primeras datan del período carbonífero hace 300 millones de años, por lo que se supone que todas las de aquel período deben de estar muertas.

Hay 4500 especie de cucarachas. No vamos a dar todos sus datos porque esta nota se haría insufrible.

Han perdurado sobreponiéndose a distintos cataclismos que ocurrieron en el planeta y algunos científicos suponen que de ocurrir uno que termine con casi todas las especies animales (incluyéndonos) las cucarachas seguirían vivitas y coleando.

Suelen habitar donde nosotros habitamos sobre todo en lugares húmedos como el baño o la cocina y la verdad es que su aspecto es francamente repudiable.

Hubo (todavía se canta) una canción que pobló las radios allá por las décadas del cuarenta y del cincuenta del siglo pasado que decía: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le faltan las dos patitas de atrás”. Hermosa pieza literaria hecha canción que fue alguna vez emblema de la Revolución Mexicana a comienzos del siglo XX (no sé porqué a los siglos hay que escribirlos con números romanos, los siglos son de todos).

Fue Francisco Rodríguez Marín quien la registró y puede que sea de autoría anónima y popular. La canción no aparece en ningún otro país latinoamericano.

Aparecen en cualquier momento aunque la oscuridad las ampara y provoca distintas reacciones. Las de fastidio posiblemente que impulsa a desinfectar las zonas afectadas y las de temor que generalmente suele ocurrir con las mujeres.

¡”Negro, una cucaracha”! grita la mujer con voz de espanto y allí debe ir el negro a lidiar con un bichito que no mide más de cuatro centímetros, pero se hace respetar. Pero el marido actúa, con algo de incipiente temor (no sé por qué si la cucaracha no lo va a picar) porque debe demostrar que él es capaz de lidiar contra los enemigos de su hogar por más insecto que sea ese enemigo.

En algunos lugares es posible combatirlas, pero derrotarlas, minga, son más resistentes que calzoncillo de lona. Vuelven a aparecer en algún momento. Uno llega a la casa y prende la luz y se produce un desparramo de cucarachas, porque pueden ser varias. Entonces, en medio de un desagrado creciente, va a buscar los elementos para combatirlas, si tiene algún aerosol, macanudo, pero si no a escobazos planos y certeros. Pero eso solo elimina a una de las cientos que deben andar pululando por el lugar.

El problema es cuando se las encuentra en lugares que no son admitibles para esta clase de bichos: la cama por ejemplo.

Hay gente que no quiere acostarse en la cama donde ha sido detectada una cucaracha, prefiere aguantar el sueño antes de entregar su cuerpo a los circuitos transitados por las cucarachas.

Son un lugar común de nuestras alternativas domésticas y una preocupación cuando aparecen.

Uno lucha incansablemente, pero lucha en vano, está luchando contra una especie que habrá de sobrevivirnos.

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