El siglo XIX se forjó alrededor de un fuerte discurso de la domesticidad femenina. El papel de la mujer era realizarse como esposa, quedando limitada al hogar. En este contexto “las cárceles de mujeres -señala el español Fernando Hernández Holgado- no pudieron menos que jugar precisamente un papel importante en la imposición y repetición de dicho modelo de domesticidad, cuya sombra ya se había anticipado en épocas anteriores. El «ángel del hogar» fue también, y con mayor motivo, el destino ideal de las mujeres encarceladas o recogidas en instituciones de «moralización y reforma»”.
En este contexto la mujer era vista como un ser sin maldad y, en cierto modo, la sociedad justificaba sus delitos. En las páginas de Los Andes leemos hacia 1888: “Hay mujeres, muchas, que tienen la neurosis del robo y moralmente no son responsables de sus actos, porque obran inconscientemente, obedeciendo a un impulso involuntario, a una especie de seducción del objeto que el comerciante les enseña en sus muestrarios tan deslumbrantes”. Esta nota denominada “Las mujeres que roban” fue publicada el 19 de octubre del citado año. Basada en estudios científicos de la época, como los del francés Letulle, hace hincapié en que la inocencia de las damas por el sólo hecho de ser seres femeninos. De hecho, se culpabiliza a los comerciantes por exhibir sus mercaderías de modo fastuoso.
En caso de ser atrapadas infraganti, cometiendo algún hurto por ejemplo, las señoras -o señoritas- eran conducidas aparte. Se les solicitaba devolver lo robado y, tras escuchar algún sermón, eran liberadas sin presentarse cargos. El sexo femenino estaba en una especie de limbo entre la infancia y la adultez.
En este sentido no dejan dudas las reflexiones de la Revista Caras y Caretas, refiriendo a las presas de la época del siguiente modo: “¿Culpables? Si, nadie se atreverla a negarlo; pero culpables como el niño que con tranquila crueldad va quitando una por una las plumas al pobre pajarillo caído en sus manos, sin comprender que le hace”.
En Argentina, la mayoría de los penales de mujeres eran antiguos monasterios. Constituían una especie de híbrido entre cárcel y convento. Sobre casi todas las presas no pesaban condenas graves. En contraposición, uno de los casos más resonantes fue el de Cayetana Prisco de Viola. La joven esperaba su segundo hijo y tras recibir una golpiza de parte de su marido lo asesinó. Descargó sobre él un revolver y fue condenada al presidio por tiempo indeterminado.
Tras las rejas, todas asistían a diversos talleres donde eran obligabas a trabajar. Podían tejer, confeccionar ropa, zapatos, etc. La vestimenta incluía cofias cuyo color dependía de la gravedad del delito cometido. Los sótanos de aquellas antiguas casas monacales solían servir como calabozos de rigor. Murallas de unos cuatro metros separaban ese mundo del resto.
En Mendoza las reas eran encerradas en el Hospital Municipal, espacio que compartían esporádicamente con niños detenidos. Su número era ínfimo y casi nunca superó a las veinte reclusas. Entrando en el siglo XX llegarían cambios rotundos, pero ese es ya tema de otra nota.