1 de junio de 2019 - 00:00

Las candidaturas de ayer y de hoy - Por Luciana Sabina

En el siglo XIX estaba muy mal visto que el primer mandatario apoyara abiertamente alguna candidatura. Valdría la pena retomarlo.

Actualmente somos testigos  de un despliegue surrealista de candidaturas políticas destinadas a saciar intereses más bien personales. Cualquier político se adapta en horas a destinos legislativos o ejecutivos que difieren entre sí notablemente. Parecen estar listos para ser presidentes, vicepresidentes, gobernadores -o en su defecto- intendentes, senadores, diputados, etc. Lo que sea, siempre que el poder no se escape de sus manos y puedan así seguir trabajando por el pueblo, claro.

Mientras estas escenas desbordadas de oportunismo e inmediatez nos acosan a diario, algunos recordamos a aquellos políticos que construyeron el Estado y las grandes lecciones que nos legaron.

En 1873, el país danzaba en torno a las candidaturas presidenciales de don Adolfo Alsina y don Bartolomé Mitre, mientras que Nicolás Avellaneda no era tomado muy en serio. El periódico El Nacional -alsinista- se mofaba de él utilizando siempre diminutivos, haciendo eco de una broma bastante generalizada sobre su estatura. Lo llamaban “chingolo” o “taquito”, esto último porque agregaba a su calzado tacos que incidían en su forma de caminar.

Pero el tucumano estaba decidido a ser el próximo mandatario, nada lo detuvo. Renunció a su cargo en el gobierno para callar el rumor -verdadero- de que era el candidato del presidente Sarmiento. Por entonces estaba muy mal visto que el primer mandatario apoyara abiertamente alguna candidatura. Costumbre que no estaría de más retomar en todos los niveles democráticos.

Escribió entonces Avellaneda: “En agosto dejé el Ministerio (…  ) desoyendo la opinión de todos mis amigos, que era adversa. Ellos creían que mi separación del Ministerio comprometía mi candidatura presidencial”.

Hay que decir que a Sarmiento no le importó mucho la costumbre y lo favoreció abiertamente.

Hubo elecciones legislativas en febrero, extremadamente violentas. En algunos lugares de Buenos Aires, alsinistas y mitristas disparaban desde las terrazas a los electores contrarios.

Todos realizaron fraude y una vez más ganó el más hábil. Alsina entendió inmediatamente que no tenía los votos suficientes para imponerse a Mitre o a Avellaneda en las presidenciales. Concretó así una alianza con el tucumano que, por otro lado, también necesitaba de su partido y sus votos. Renunció una vez más al sueño de ser presidente. No era el momento se dijo a sí mismo pero luego, lamentablemente su muerte temprana se encargó de terminar de truncar aquél sueño por el que trabajó siempre.

Alsina era el vicepresidente de Sarmiento -puesto que abandonó por no considerarlo ético con el resto de los candidatos- y comenzó a trabajar de inmediato en la “campaña presidencial”.

En agosto de 1874 -gracias al fraude y al apoyo del interior- Avellaneda se quedó con el sillón de Rivadavia.

No obstante, aún con sus imperfecciones, con estos hombres siempre ganó la República. A pesar del reprochable fraude a través del que accedieron al poder -con una idea de ciudadanía y democracia en construcción a nivel mundial-, supieron siempre a que aspiraban y se prepararon para ello durante toda la vida, sin especular con amoldarse para conservar un espacio en la esfera pública a como dé lugar.

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