Recién ahora, con las encuestas en la mano y las noticias que le llegan de deserciones de dirigentes que ella consideraba como propios, Cristina Fernández ha comenzado a dudar sobre cuál es la realidad verdadera. "Una cosa es construir y sostener el relato y otra muy distinta es creérselo", afirma con cierto cinismo un legislador oficialista que siempre votó disciplinadamente las órdenes presidenciales, pero que ya tiene las valijas listas para subirse a otro colectivo.
La sangría que sufre por dirigentes que ya se han decidido, sumados a los que se mantendrán en silencio hasta el momento de hacerlo, no es un dato menor para el Gobierno. Son terceras y hasta segundas líneas de un kirchnerismo que se siente impactado porque no esperaba que a esta altura de su gestión la sociedad comenzara a mostrarle la espalda y a amenazar su poder electoral.
Cuentan habitantes de la Casa Rosada que este nuevo escenario que ofrece la aparición de Sergio Massa como alternativa de moderación, convocando también a sectores de centroderecha, pone de muy mal humor a la Presidenta. "Se queja a los gritos de los traidores y promete que en los dos años que le quedan los destruirá políticamente", afirman los confidentes.
Sería un error creer que esta mirada sobre lo que está ocurriendo en la cima del poder significa que el kirchnerismo ya debe darse por derrotado.
Se equivocan también aquellos sectores de la oposición que creen que solamente la suma de hechos que influyen negativamente sobre la imagen del Gobierno, como los exabruptos del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, o los obsesivos ataques presidenciales a la Corte Suprema de Justicia, alcanzan para pronosticar una catástrofe electoral. El oficialismo tiene un aceitado aparato de militancia organizada y recursos suficientes para hacerlo funcionar. Eso, en una elección, no debe subestimarse.
Otra cosa es el análisis que puede hacerse de cómo se van conformando los espacios del tablero político nacional para 2015 y la sucesión de Cristina. Los procesos políticos tienen siempre una dinámica pendular que modera y corrige los impulsos hacia los extremos. Lo que hoy podemos preguntarnos es si el discurso setentista de izquierda populista propuesto por el kirchnerismo ha llegado a un límite del péndulo.
Hay indicios dentro del propio peronismo que así lo evidencian. El espacio creado por Sergio Massa apunta a contener a una buena parte del electorado peronista que votó a Cristina y también a sectores de centro y de centroderecha.
Ésa era la idea que motorizaba las aspiraciones del gobernador bonaerense Daniel Scioli hasta que el intendente de Tigre se le anticipó y le ganó la posición. También el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri tiene la ilusión de liderar ese segmento desde afuera del peronismo, aunque todavía no se ha mostrado capaz de armar una estructura nacional que lo sustente.
Hay dirigentes vinculados a esos tres sectores que aseguran que Massa, Scioli y Macri han tenido conversaciones conjuntas en las que se mostraron dispuestos a formalizar algún acuerdo básico con la mirada puesta en 2015. La prioridad es por ahora conocer el mapa electoral previo que ofrecerán las primarias del 11 de agosto y los posicionamientos que surgirán de las legislativas de octubre.
Aunque en política nada asombra, no es imaginable por ahora que el kirchnerismo duro, o lo que quede de él si sufre una derrota significativa en las urnas, se suba al péndulo que lleva a la moderación.
Ser o parecer
El procesamiento y detención del ex secretario de Transportes Ricardo Jaime, ordenados por el juez Claudio Bonadío, agregó un nuevo ingrediente político a la campaña electoral que el propio Gobierno intenta capitalizar. Jaime es un símbolo de la corrupción kirchnerista, pero desde las usinas oficiales que reinterpretan los hechos a su conveniencia, se sostiene que es el Gobierno el que le soltó la mano al ex funcionario y que eso demuestra que no acepta corruptos en sus filas. A veces, como en este caso, es imposible evitar una sonrisa.
Desde la Justicia, en cambio, se afirma que es una respuesta más a las provocaciones y continuos ataques del Gobierno a jueces y fiscales que no se disciplinan con sus deseos políticos. Las críticas y amenazas oficiales han instalado un clima de confrontación pocas veces visto. En medio de ese clima, el máximo Tribunal ya está en condiciones de decidir finalmente sobre la constitucionalidad o no de los artículos objetados de la ley de medios. Eso es justamente lo que alguna vez el kirchnerismo definió como "la madre de todas las batallas".