5 de marzo de 2015 - 00:00

La solución nacionalista

La lucha contra el extremismo islamista se ha visto obstaculizada por la falta de conciencia histórica y de comprensión cultural. Desde el mero principio hemos tratado los problemas del terrorismo a través del prisma de nuestros propios supuestos y valores.

Encerrados en nosotros mismos, hemos supuesto que la gente se dirige al terrorismo porque no puede conseguir lo que nosotros queremos y no nos damos cuenta de que ellos no quieren lo que nosotros queremos sino algo que consideran superior.

El ejemplo más reciente de lo anterior es el discurso que el presidente Barack Obama dio la semana pasada en la cumbre para responder al extremismo violento. Fue un mal discurso pero eso no es cosa de Obama, pues fue el mismo discurso malo que han dado todos los presidentes estadounidenses durante la última generación.

El extremismo religioso existe en tres niveles. Surge de disfunciones económicas y políticas. Está alimentado por un ardor espiritual perverso. Está organizado por las convicciones teológicas. Los presidentes estadounidenses se concentran casi exclusivamente en el nivel económico y político pues eso es algo de lo que puede hablar cómodamente la gente de las capitales occidentales.

En la reunión cumbre, Obama ofreció la explicación materialista convencional de por qué la gente se convierte en terrorista. El terrorismo se difunde, explicó, cuando se carece de oportunidades económicas y de buenas escuelas.

La forma de combatir el terrorismo, concluyó, es con mejores programas de capacitación laboral, mejor reparto de la riqueza, regímenes políticos más abiertos y un mensaje general de tolerancia y pluralismo.

En pocas palabras, el presidente tomó su agenda interna secular y la proyectó como forma de prevenir que los jóvenes se incorporen en el Estado Islámico y se dediquen a cortar cabezas.

Pero nadie entra al Estado Islámico porque quiera mejor empleo y más prestaciones. El Estado Islámico es uno de una larga sucesión de movimientos contra la ilustración, encabezados por quienes desdeñan las metas materialistas y burguesas que dominan nuestra política.

A esa gente no le interesa si su nivel de vida en esta Tierra avanza en unos cuantos puntos porcentuales cada año. Les disgustan los placeres que nosotros valoramos, el pluralismo que apreciamos y el énfasis en encontrar la felicidad en este mundo, cosa que consideramos el máximo fin de la vida pública.

No se incorporan en el Estado Islámico por estar reprimidos sexualmente. Lo hacen porque piensan que eso les ennoblecerá el alma y purificará la creación.

El jueves, Mona El Naggar, de The New York Times, trazó el perfil de un joven egipcio llamado Islam Yaken, que asistió de chico a una escuela privada pero terminó combatiendo a nombre del Estado Islámico y posando orgulloso al lado de un cuerpo decapitado en Siria.

Él fue marginado por la sociedad. Parece haber rechazado todo el cálculo de lo que nosotros llamamos interés propio a nombre de una concepción del mundo electrizante y apocalíptica y lo que él imagina ser un destino heroico ilimitado.

La gente que vive de acuerdo con el código puro del honor no está regida por la motivación de las ganancias; está regida por el deseo de reconocimiento. Busca la gloria que sólo puede alcanzarse mostrando fuerza en el enfrentamiento con la muerte.

En los extremistas islamistas, esa ansia heroica se combina con la visión del fin de los tiempos, la culminación de la historia provocada por una batalla climática y la purificación de la Tierra.

El extremismo es un fenómeno espiritual, un deseo de excelsitud espiritual que en algún momento se pervirtió. No se puede contrarrestar un impulso heroico con una respuesta mundana y burguesa.

Se puede contrarrestar solo con una visión heroica más atractiva. Siempre habrá jóvenes enajenados impulsados por el ardor espiritual. El terrorismo será derrotado solo cuando encuentren una realización diferente, aun más audaz y trascendente.

En otros tiempos, el nacionalismo ofrecía esa visión más convincente. Solemos pensar en el nacionalismo como una fuerza destructiva y, en efecto, puede serlo. Pero el nacionalismo vinculado con la democracia universal siempre ha sido enaltecedor y ennoblecedor. Ha organizado vidas llenas de heroísmo en Estados Unidos, en Francia, Gran Bretaña y otras partes.

Walt Whitman se inspiró en la idea de que su país estaba involucrado en un gran proyecto, “haciendo una nueva historia, una historia de democracia, haciendo que la vieja historia fuera enana, inaugurando el tiempo culminante de la grandeza”.

Lincoln se comprometió con la verdad sagrada de que su país representaba “la última esperanza” de la humanidad. Millones de personas se han inspirado en el credo estadounidense que “ha logrado unir nacionalidad y universalidad, ser cívico y espiritual, la historia sagrada y la secular, el pasado del país y el paraíso por venir, todo eso en una sola meta trascendente”, como escribió el gran historiador Sacvan Bercovitch.

Los jóvenes árabes no se van a apartar del extremismo porque de pronto puedan darse el lujo de comprar un helado. Lo van a dejar atrás cuando puedan dedicarse a revivir el nacionalismo egipcio, el libanés, el sirio; algún llamado a servir a una causa que conecte el nacionalismo con la dignidad y la democracia y que trascienda sus años de vida.

El extremismo no es básicamente cosa del Islam. Es más bien una añoranza por la rectitud vuelta malévola por la teología apocalíptica. Los clérigos musulmanes pueden arreglar la teología. El resto de nosotros podemos ayudar a redirigir el ardor espiritual a fines más humanos y productivos.

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